78
Max
Me encontraba en un cobertizo que conocía bien, que olía a animales y en el que se oía el rumor de patitas minúsculas.
Kira tenía en las manos una lagartija azul, que correteaba entre sus dedos y por el dorso de sus manos mientras ella, entusiasmada, me contaba todo lo que la hacía repugnante y preciosa.
—... y luego es cuando vomita los cadáveres para alimentar a sus crías.
Recostado contra la pared, solté un resoplido de asco.
—Qué agradable —dije con la voz empapada de sarcasmo, como si no estuviera exactamente donde quería estar.
Llevaba horas oyéndola hablar de eso. En circunstancias normales, a esas alturas ya habría estado buscando excusas para largarme.
Ese día, por la razón que fuese, era distinto.
Había algo de fugaz en aquella tarde fresca, como si un fantasma se me escapara entre los dedos.
No fui capaz de identificar la sensación hasta que Kira dejó de hablar y se volvió a mirarme, y aquellos ojos oscuros, reflejo de los míos, asomaron entre cortinas de pelo negro.
Su imagen parpadeó, como si por un instante estuviese hecha de humo, y luego volvió a consolidarse tan rápido que pensé que lo había imaginado.
Se me hizo un nudo en la garganta. Una realidad lejana empezó a formarse al borde de mis pensamientos, pero la ignoré voluntariamente.
—Enséñame el siguiente —le dije.
—Este no te gusta.
—Enséñamelo de todas formas.
«No dejes de hablar».
Se arrodilló y cogió del estante de abajo una última cajita de cristal, la abrió y metió la mano con la delicadeza con que una madre coge en brazos a su querido bebé.
Cuando se volvió, me sonrió con picardía.
—¿Seguro? No quiero que te asustes.
Me tendió las manos. La culebra verde me miró con cautela mientras se enroscaba en sus brazos.
Y otra vez: un parpadeo de humo.
«No, quédate».
—Si te atreves, hasta la puedes coger —me provocó.
Ver a la criatura, sin duda, me produjo cierta inquietud en el estómago, pero no le tenía miedo, no como en otro tiempo.
Extendí las manos y dejé que la culebra se deslizara de sus dedos a los míos y se enroscara con naturalidad en mis antebrazos.
—¡Eh, le caes bien!
Su voz sonaba muy lejana, pero, cuando levanté la cabeza, vi que la tenía justo delante, mirándome con la nariz ladeada y una especie de orgullo, una expresión que, como muchas de las suyas, yo identificaba como mía.
Me dolió el pecho. La realidad aporreó la puerta, pero yo quería quedarme allí un minuto más aunque ella empezara a diluirse y sus capas fueran deshaciéndose en una niebla.
—Cuéntame qué cosas asquerosas hace esta —le dije, desesperado por recuperarla.
—A mí esta no me parece nada asquerosa.
Sopló una ráfaga de viento, no sé cómo, porque estábamos en el interior, que le convirtió el pelo en nubes de polvo.
Alargué la mano libre para atraparla, pero no conseguí más que atravesarle la piel.
El cobertizo se deshizo a nuestro alrededor como un pergamino hecho jirones y quedó al descubierto un cielo tormentoso.
—Para —supliqué, aferrándome a la tela del borde de su manga.
Ella se encogió de hombros, con desenfado y torpeza.
—Tranquilo, seguro que hay muchísimas cosas interesantes por ahí.
No, no estaba preparado. Todavía había muchas cosas que quería contarle, a ella y a todos, a Atraclius, a mis padres, a las gemelas...
—No era yo —le dije—. Quiero que sepas que...
—¡Por todos los Ascendidos, cierra el pico, Max! —contestó con un resoplido—. Siempre hemos sabido que no eras tú. —Giró la cabeza para mirarme—. Me tengo que ir, y tú también. Procura no asustarte de todo ni todo el tiempo, ¿vale?
No estaba preparado.
Pero abrí la mano y la dejé marchar.
«Max...».
El sueño fue abandonándome despacio, con una parsimonia angustiosa.
«Moooaaaks...».
Joder, estaba muerto.
Estábamos muertos los dos. Tisaanah y yo habíamos ardido juntos. Había peores formas de morir, supuse.
«Moooaaaksantaaariiiooouuusss...».
Primero llegó el sonido, mi nombre con aquella voz melodiosa; luego vino el dolor, un murmullo leve que me caló hasta el último poro de la piel, hasta el último músculo, hasta el último hueso. Y una especie de cosquilleo en las mejillas.
Abrí los ojos con dificultad.
El rostro de Tisaanah se hallaba suspendido sobre el mío, su pelo colgaba por encima de mi cara y la luz de fondo hacía que se formase un halo dorado alrededor de su contorno. Era tan hermosa que no podía ser humana.
Estábamos muertos, definitivamente.
Debí de decirlo en voz alta, porque Tisaanah me contestó:
—No estás muerto.
Según iba recobrando la consciencia, el dolor se hizo más intenso. Eso confirmaba que lo que decía era cierto. A un muerto probablemente le habría dolido menos.
—¿Cómo lo hemos conseguido? —gemí.
—Solo conozco una parte de la respuesta. La otra me la vas a tener que explicar tú, misterioso hombre serpiente.
Reí, y la vibración me dolió.
—Misterioso hombre serpiente. Ahora me vas a tener que llamar siempre así.
Aquella parte aún me parecía un sueño, no un recuerdo ni una página robada de la historia de otra persona.
Me costaba creer que yo hubiera hecho eso.
Me había pasado los últimos diez años evitando lo que Reshaye había creado en mí cuando me lo habían arrancado del alma, negándome a reconocer que un pedazo de ella había cambiado para siempre, y resulta que había terminado no solo aceptando ese poder, sino ¡usándolo!
No tenía claro si me parecía aterrador o liberador, o ambas cosas. A lo mejor la libertad siempre era un poco aterradora.
Tisaanah se ladeó y se dejó caer en la cama, junto a mí. Giré la cabeza para que nos miráramos directamente a la cara, casi rozándonos la nariz. Con gran esfuerzo, levanté la mano y le acaricié el rostro con los nudillos, recorriendo la línea de su mandíbula y la suave calidez de su mejilla.
Era ella de verdad. ¡De verdad!
Había habido un momento en que había dudado de que esa realidad volviera a existir.
—¿Entonces...? —me dijo expectante.
—Entonces, ¿qué?
—Entonces, misterioso hombre serpiente...
—¡Por todos los Ascendidos, dame un minuto, exigente diosa de la podredumbre!
—Un minuto, ¿para qué?
—Un minuto para alegrarme de tenerlo.
Se esfumó su sonrisa juguetona y asomó a su semblante una expresión más pensativa. Mi propia mente reorganizó las piezas sueltas y borrosas de lo sucedido en la hacienda. El plan, la cena, el secuestro, Nura y las syrizen y...
Me incorporé de golpe.
—¡Sammerin...!
—Está bien —me dijo Tisaanah, deteniéndome y obligándome, con delicadeza, a tumbarme de nuevo.
Un suspiro de alivio.
—¿Y los otros?, ¿los esclavos?, ¿Serel? —Asintió—. O sea, que lo hemos conseguido...
Volvió a asentir.
Dejé escapar un suspiro hondo. Era alucinante que seis individuos hubiésemos conseguido, en cinco días, liberar a cientos de personas y acabar con una de las casas más poderosas de Threll. Claro, aunque hubiera requerido un breve desvío al infierno.
Pero si alguien podía conseguirlo...
Me acordé del pacto de sangre que Tisaanah había hecho con las Órdenes, de la guerra que nos esperaba en Ara, y se me hizo un nudo en la garganta. Pude ver el millar de maquinaciones que empezaban a gestarse en su cabeza. Por la forma en que fruncía el ceño, supe que estaba pensando justo en eso.
Le deshice la arruga con el pulgar y me desprendí así de mi propia angustia.
—Solo un minuto —masculló.
—Solo uno.
Y nos acercamos el uno al otro a la vez, yo envolviendo con los dedos sus mejillas y ella deslizándome los suyos por los hombros.
Nos fundimos en un beso que decía todo lo que no éramos capaces de expresar con palabras, uno que empezó como un susurro suave y pronto se convirtió en una canción más apasionada.
Entonces recordé cómo se movían sus labios, el sabor de su lengua, el roce suave de sus dientes en mi piel...
La última vez que la había besado pensé que jamás volvería a hacerlo, y me alegraba una barbaridad haberme equivocado.
Se apartó, haciéndome cosquillas en la nariz con la suya, con ojos risueños, y sirviéndose de aquella voz suave y erótica, me susurró:
—Te apesta el aliento.
La miré ceñudo y le solté una bocanada de aire directamente en la cara, a lo que ella respondió con una risita tonta, que seguramente era el sonido que más había agradecido en mi vida. Y tampoco debía de olerme tan mal el aliento, porque contuvo aquella risa con otro beso, y otro y otro.
Mientras tanto, yo no pude pensar más que en una cosa: en que, por todos los putos Ascendidos, ¡estaba vivo!
No me habría importado en absoluto pasar al menos unas horas más así, pero Tisaanah, por desgracia, no era tan fácil de distraer.
Me vi obligado a narrarle toda la historia, la que aún no le había confesado, la que no le había contado a nadie.
Sabía que algún día tendría que hacerlo, pero era un secreto que había enterrado incluso más al fondo de mi ser que la verdad sobre Sarlazai o la muerte de mi familia, quizá porque era uno que aún me veía en la cara cada vez que me miraba al espejo.
Ahora, sin embargo, había abierto una puerta que ya no podía cerrar.
—Ocurrió cuando me sacaron a Reshaye —empecé—.
Después de lo de mi familia, necesitaba quitármelo de dentro, eso no era negociable, y las Órdenes eran un caos tremendo por entonces, así que no quedaba nadie por allí que fuera a ponerme demasiados impedimentos.
Zeryth estaba muy dispuesto, porque la guerra ya había terminado de todos modos y, la verdad, creo que a ese cabrón más que nada le daba miedo que yo tuviera tanto poder.
—¿Pensaba que ibas a usarlo en su contra? —preguntó Tisaanah.