77
Tisaanah
Desperté sobresaltada de un letargo sin sueños, con el aire burbujeándome en la garganta. Todo me asaltó a la vez: mi cuerpo, mis sentidos, el recuerdo de todo lo sucedido en la hacienda...
—Inspira hondo. —Tardé un instante en ser consciente de la presencia que tenía a mi lado, alguien que me susurraba en voz baja y serena instrucciones relajantes—. Con cuidado, con cuidado. No vayas demasiado rápido. Inspira, espira.
Una mano me acariciaba la espalda al tiempo que iba dándome las órdenes. Mi respiración y mis latidos no tardaron en ralentizarse.
Me encontraba en una alcoba pequeña, aunque muy bien amueblada. Con un solo vistazo a la decoración, supe que aún estaba en Threll, probablemente en algún lugar caro. Pero esa era la menor de mis preocupaciones. Giré bruscamente la cabeza y vi a Sammerin sentado al borde de la cama.
Sammerin. Al mirarlo, pensé en Max y, al pensar en Max, me vino a la cabeza el aspecto que tenía la última vez que lo había visto, la gravedad de sus heridas...
—Max... —dije—. ¿Está...?
—Estaba en peores condiciones que tú, pero ya está bien. Sigue inconsciente, pero es lógico y probablemente la mejor forma de que se recupere, teniendo en cuenta cómo se machaca cuando está despierto.
Su voz era como la tierra, reconfortante y estable aun cuando soltaba alguna de esas ocurrencias.
—Quiero verlo.
—Y lo vas a ver. ¿Cómo te encuentras?
Me reventaba la cabeza, me daba vueltas la habitación, pero, cuando me miré las palmas de las manos, no había rastro en ellas de las quemaduras que casi me cubrían por completo.
—De pena, pero viva.
—Es lógico —contestó. Se puso en pie, cruzó los brazos y me dedicó una mirada inquisitiva—. Por lo que dicen, lo has pasado fatal.
Me vinieron imágenes a la cabeza: las llamas azules y rojas, la podredumbre, Max envuelto en fuego —¡por los dioses, aquello daba para mucha conversación!— y, por supuesto, Reshaye...
¡Reshaye!
Sobresaltada, hice una pausa y lo busqué en mi interior.
No encontré nada: ni movimiento, ni susurros, ni indicios de su presencia entre los hilos de mi pensamiento.
No me sorprendía del todo, teniendo en cuenta que solía desaparecer poco después de un gran despliegue de magia. Seguramente estaba tan agotado como yo.
Y no me venía mal el descanso, lo necesitaba, porque a saber a lo que tendría que enfrentarme cuando volviera.
Tenía la cabeza atestada de preguntas.
—¿Dónde estamos?
—En la hacienda Mikov, en una de las casas de invitados. —Debió de parecerle que me alarmaba, porque añadió enseguida—: Las Órdenes se han hecho con este sitio, ahora que la línea sucesoria de los Mikov se ha extinguido.
—¿Las Órdenes se han hecho con la hacienda? —dije, frotándome la sien.
¡Qué raro! ¿Qué derecho tenían las Órdenes sobre la ciudad? ¿Y para qué la querían?
—Yo tampoco acabo de entenderlo. Por lo visto, habían hecho inversiones muy oportunas en estas tierras y en los negocios de la zona, así que al morir Ahzeen...
—¿Han comprado la ciudad? —pregunté espantada.
Nos miramos en silencio un momento. Apreté la mandíbula.
—A mí también me parece sospechoso —dijo Sammerin por fin, en voz baja.
—¿Y los esclavos?
Mientras se los liberara, me daba igual lo que fuese de la ciudad en ruinas de los Mikov.
—Los tenemos —contestó con una sonrisa tranquilizadora—. Yo diría que el viaje ha sido un éxito. Además, hay alguien aquí que está deseando verte. —Se acercó a la puerta y, con la mano ya en el pomo, se volvió hacia mí—. Lo has hecho muy bien, Tisaanah.
Bajé la vista a la colcha.
—Todo ha salido mal.
—Casi —dijo—, pero no del todo.
—Siento que hayas tenido que vivir esto.
Se encogió de un solo hombro.
—Yo no —contestó—. Igual me he agobiado un poco en el meollo del asunto, pero hay cosas que merecen la pena —añadió, señalando la puerta con la cabeza, y enarcó las cejas como preguntándome en silencio: «¿Puedo?».
Asentí, con el corazón en la boca.
Sammerin salió de la alcoba. Yo me miré las manos, hasta que oí unos pasos.
—Tisaanah...
¡Por los dioses, cuánto hacía que no oía pronunciar mi nombre así, con el acento cantarín de mi lengua materna! Vi cómo mis dedos se agarraban unos a otros y se me nubló la vista.
Dos pasos más que se acercaban a la cama.
—Tisaanah...
No me atrevía a mirarlo, por tantas razones...
Porque sabía que iba a arderme el corazón al verlo.
Porque había tardado muchísimo en volver a por él.
Porque había visto lo peor de mí en aquel salón de baile, había sido testigo de mi fracaso, había conocido al monstruo en que Reshaye me había convertido.
—Mírame...
«Mírame. Mírame. Mírame».
Unos dedos calientes me hicieron girar la cara, como lo habían hecho en aquel día terrible, hacía siete meses. Y al volverme, igual que aquel día, me encontré con unos ojos azul claro que eran como un trago de agua en pleno desierto.
Serel me sonrió y algo se me abrió por dentro. Me abalancé sobre él y enterré la cara en su cuello bronceado, pegada a aquella piel que olía a casa, en un abrazo que era como un sueño hecho realidad.
Y lloré, con todo mi cuerpo y toda mi alma.