Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 76
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Tisaanah

La cara de mi madre se convirtió en un cadáver profanado, la de Serel le gritaba al rostro desfigurado de Vos, la de Esmaris se alzaba y se fundía con un demonio entre las sombras. Las cicatrices de mi espalda se multiplicaban, se abrían, supuraban, sanaban y volvían a abrirse una y otra vez.

Veía cómo mataban a mi familia a latigazos en las minas, a Serel quedar enterrado bajo los cascotes de mármol, igual que aquel muchacho en el edificio lleno de esclavos, la cara perfecta de Max descomponerse cuando yo lo tocaba.

Los hilos plateados de mi mente se enrollaban cada vez más fuerte a mi alrededor, atándome a mi horrible pasado y a mi horrible futuro, como si estuvieran atrapando una mosca en la tela de araña.

«Nunca lo ibas a conseguir. Has causado la muerte de todos tus seres queridos. Has dejado que se sacrificaran por ti, ¿y así es como se lo pagas?».

No sabía si aquella era la voz de Reshaye o la mía.

Apenas vislumbraba fragmentos de lo que estaba sucediendo allí fuera, destellos de azul y de naranja, llamas y putrefacción. Con cada uno de ellos, intentaba desesperadamente liberarme, pero él terminaba mandándome aún más al fondo que antes.

La tela de araña de mis pensamientos se estaba apagando, consumida por aquel fuego azul.

Se estaba yendo todo a la mierda, y así iba a terminar, con Reshaye sirviéndose de mi cuerpo para matar, para destruir.

Y, entre el terror y las pesadillas, yo solo deseaba que Max acabara conmigo antes de que eso ocurriera.

Entonces vi otro destello: una imagen, un recuerdo, pero no mío, que se paseó por mi cabeza. Una niña de larga melena negra con una mariposa dentro de un tarro. «¿Sabías que, cuando las mariposas son crisálidas, su cuerpo se disuelve por completo?». Kira, la hermana de Max.

Se convierten en nada para poder ser algo.

Y, de pronto, me sobrevino la idea. Me empeñaba en salir de mi propia cabeza, pero Reshaye vivía en mí.

Se alimentaba de un tipo de magia más profunda, que yo llevaba de algún modo en mi interior aunque estuviese enterrada muy por debajo de mi consciencia, aunque tuviera que adentrarme en pozos oscuros para alcanzarla.

Los hilos se tensaron más, llamándome, estrangulándome.

«¡Te voy a matar!», gritaba, furiosa, una parte de mí. Pero decidí hacer caso omiso de mis miedos, ignorarlos. Cuando la siguiente oleada de pánico se apoderara de mi ser, me arrojaría a la oscuridad.

Abrí los ojos a un mar de negrura moteada y a un dolor tan intenso que hasta me vibraba la vista.

El mundo se materializó, partido: un cielo y una tierra, y una línea del horizonte.

Caí de pronto en la cuenta: era una pradera.

Estaba en medio de una pradera silenciosa, una extensión interminable de hierba apenas agitada por la brisa, y nada más.

La luz de la luna dibujaba sombras plateadas en las puntas abiertas como espigas de trigo maduro y en los pétalos de las flores silvestres.

Sus movimientos eran raros, entrecortados, como si la brisa fuera racheada.

Las flores brotaban, se marchitaban y morían en una extraña sucesión, hacia atrás, hacia delante, una y otra vez.

Al mirarme las manos, descubrí que también variaban, como si el límite entre mi persona y el mundo fuera raro, difuso. Estaba desnuda, pero mi piel se diluía en el cielo como se diluye la medusa, traslúcida, en el mar.

A mi alrededor, manaban de la tierra hilos de luz en dirección al cielo. Solo uno, muy lejano, era de un violeta intenso, se zambullía en la tierra y la recorría entera por una grieta terrible abierta en ella. Un trazo de pura magia.

Max.

Lo supe de inmediato. La otra única persona que podía extraer una magia tan profunda. Además, lo percibí a él: el eco de una presencia que, a esas alturas, ya conocía tan bien como la mía propia.

Luego, alzándose imponente sobre mí, noté otra presencia familiar.

Levanté la vista al cielo y vi que de mí también emanaba un chorro de luz. Pero el mío se coagulaba por encima en una nube de sangriento carmesí.

¡Y tenía ojos!

Los ojos se abrieron y, sin saber muy bien cómo, reconocí a aquella cosa que me miraba fijamente: Reshaye.

— ¡Tú!

La palabra sonó como un trueno. Tembló la tierra.

Y, de pronto, antes de que pudiera hablar o moverme, Reshaye se abalanzó sobre mí y me rodeó.

Su forma cambió, se transformó en una especie de versión grotesca de un humano, de extremidades largas y delgadas que se movían a trompicones, un rostro nebuloso y un par de ojos blancos y salvajes.

Y unos dedos largos y afilados que, de pronto, me noté en el cuello.

— ¡Me has traicionado! —gimió—. ¡Con todo lo que he hecho por ti, me has traicionado!

El dolor me sobrevino de pronto, tan intenso que casi no podía respirar ni pensar. Las imágenes me bombardeaban. Blanco, blanco, blanco. Destellos de pelo rubio largo.

— ¡Te lo he dado TODO!

Con un solo golpe de aquellos poderosos puños inhumanos, me tumbó. Me hincó las garras en los hombros. Noté la quemazón de la sangre caliente que me corría por la espalda. Cuando Reshaye se apartó, de repente, tenía la cara de Esmaris.

Brotó en mi interior un fogonazo de rabia.

No, ¡ya estaba harta!

—No —gruñí—. ¡Ya no!

Ya no quería nada de eso. Se acabó el dividirme para ofrecerme a más monstruos poderosos, el sacrificar a mis seres queridos por su propia seguridad y el no desatar todo el potencial del poder del que disponía, ¡de mi poder!

Reshaye me apretó el cuello con los dedos. Miré a aquellos ojos vacíos, aquellos ojos que, de algún modo, no eran nada y lo eran todo.

«Es una forma de magia pura», me había dicho Nura en una ocasión. Y eso era: magia que había que manejar. Y eso iba a hacer yo: manejarlo.

Sumergí las manos en el espejismo nebuloso de Reshaye. Soltó un aullido desgarrador, pero yo apenas lo oí, porque el dolor fue tan agudo que, por un instante, perdí el control de mis sentidos.

Pensaba que sabía lo que era el dolor. Me equivocaba. Nada, nada podía compararse a aquello.

En medio de aquella agonía, atraje a Reshaye hacia mí. Manipulé su figura turbia como una vez había manipulado el agua de un estanque, hacía ya muchos meses. Se resistió en todo momento, hincándome los dientes en el alma.

Toda mi vida me pasó ante mis ojos en pedazos sangrientos.

Una niña pequeña sin rostro jugando con flores y mariposas de papel en su pueblo.

Casi una mujer, asustada, sentada en la parte de atrás de un carromato.

La casa de Esmaris, mis ensayos de baile en solitario, mis noches en su cama.

Una adolescente llorando mientras su amigo le curaba las heridas y el corazón partido.

Y luego, claro, unos años después, el chasquido de un látigo, las velas de un barco, el brillo cegador de dos torres en una orilla pedregosa.

Reshaye gimió, se revolvió.

— Me has traicionado, tú, tú, tú... —lloró, y su voz se disolvió, se deshilachó.

Me agarré a Reshaye como me había agarrado a la mente de Esmaris el día en que maté por primera vez.

Y fue entonces cuando lo sentí: su angustia.

No solo mi propia pena, sino también la suya, la agonía de ser tantísimos pedazos distintos cosidos juntos, retazos de recuerdos medio perdidos, dolor por muertes sin rostro y traiciones sin nombre.

Paredes blancas.

Pelo dorado.

Ojos brillantes y plumas de color arena.

Un nombre olvidado, gritado una y otra y otra vez, hasta que se lo tragó la piedra.

Llanto.

— Para —me susurró Reshaye, con voz infantil—. Para, por favor, para...

Ahondé más. Llegué al centro y el mundo enmudeció de pronto, salvo por un soniquete rítmico: los latidos de un corazón.

Allí, en el núcleo de la magia de Reshaye, había una masa informe que palpitaba.

La envolví con los dedos. Descubrí entonces que no era un solo núcleo, un corazón, sino pedazos de muchos.

Estaban calientes y latían al ritmo de mi propio corazón.

— Llevamos dentro muchas historias.

Alcé la vista, en medio de todo aquel caudal de magia, y vi a mi lado un contorno desdibujado, borroso, desvaído, una sombra de una sombra de una sombra...

— Tantísimas historias, tú y yo...

Tronó el cielo, relampagueó. El chillido mudo de Reshaye me llenó los oídos. El dolor se hizo tan intenso que casi no podía pensar. Me estaba desgarrando, pero aquella figura indefinida alargó la mano y me agarró.

— No tendría que haber sido así —susurró—. Llévatelo, por favor, llévatelo todo, llévatelo...

Me puso aquel corazón en las manos, esa masa de magia, de poder y de recuerdos rotos. En aquel instante, al levantar la vista en medio de un trueno violento, vi dos siluetas envueltas en azul y rojo, ardiendo en llamas silenciosas, ancladas en un beso.

— Alguien te reclama...

¡Max! El nombre me sacudió el alma. Me ardió aquel beso en los labios y se sumó al de mi madre en la frente y al de Serel en la mejilla. Las cicatrices que me quedaban de todas las personas a las que había abandonado, sacrificado, perdido.

No, otra vez no.

No iba a aceptar otro beso de despedida.

Contemplé aquel núcleo de poder, de magia que manejar.

La figura se abalanzó sobre mí, hecha jirones y desesperada.

— ¡Ahora!

Y en ese preciso instante, justo cuando notaba que sus garras me arañaban el fondo del cráneo, justo cuando empezaba a tener la sensación de que perdía el contacto con la realidad, cogí aquel corazón y me lo tragué. Engullí su poder. Sentí que me inundaba las venas.

¡Por los dioses! Un poder así, ¿cómo no iba a estar bien? ¿Cómo no iba a ser bueno?

Emanó luz de mis dedos, de mis ojos, de mi boca mientras la abría para soltar un bramido, o una carcajada, o algo intermedio.

Alcé las manos al cielo y el mundo se diluyó en blanco, blanco, blanco.

«Tisaanah, ¡aún no has terminado, joder, así que regresa!».

Lo oí.

Lo sentí, sentí su beso, su aliento en busca del mío.

Lancé un tajo violento con todas mis fuerzas, con aquel nuevo poder que llevaba en las yemas de los dedos. Las imágenes de las pesadillas se disolvieron entre alaridos salvajes.

Mi mente volvió a su sitio. Me vi de nuevo en un mundo de luz, de color y de sonido abrumador. Mi cuerpo era un desastre: la sangre me corría por la piel, las quemaduras se extendían por todas partes...

Pero me limité a agarrar fuerte a Max y apartar mis labios de él lo justo para mirar aquellos ojos oscuros, aquella cara hecha de llamas sinuosas.

—Estás precioso —le susurré.

Invadió su rostro la sorpresa, que luego se transformó en un alivio confuso.

Entonces se le retrajeron unos párpados traslúcidos y el fuego desapareció, y también la podredumbre. Y de pronto fuimos dos humanos rotos de carne y hueso que chocaban el uno contra el otro y casi se desplomaban al suelo.

Me dolía todo.

Max tenía la frente pegada a la mía y me agarraba la cara con las manos, como si no pudiera creer que estuviera allí.

—Me has dado un susto de cojones —susurró por fin.

—Lo siento.

Aturdida, aparté su mano izquierda de mi mejilla y le volví la palma hacia arriba. Luego dibujé en ella un círculo en medio de la sangre.

Aún me notaba conectada a aquella fuente hondísima de magia, pero el hilo que me unía a ella iba haciéndose cada vez más fino, muy rápido, y había algo más para lo que quería usarla.

Una línea, luego otra.

—Tisaanah...

Max empezó a tambalearse.

—¿Qué?

Tracé la última línea de mi estratagrama.

—Te quiero.

Caímos al empedrado de la entrada de la hacienda Mikov. Yo fui a parar al suelo, igual que Max. Después llegaron montones de esclavos que se sumaron, todos los de la ciudad de Mikov, adhiriéndose a nosotros como pétalos de flores del mejor jardín de Ara, al otro lado del mar.

Pero no los miré a ellos. Miré solo a Max, los dos con la mejilla pegada al suelo de piedra, yo cogiéndole aún la otra con la mano. El hilo que me conectaba al pozo inmenso de hechizos se rompió del todo y me dejó en mi frágil cuerpo mortal, desprovista de magia.

El mundo se oscureció.

—Te quiero —susurré, y, tomándole la mano, se la apreté tan fuerte como pude mientras ambos perdíamos la consciencia.