75
Max
El mundo era intenso y cegador, e iba demasiado rápido.
Cada movimiento suponía un intento deliberado de templar el poderío absoluto que brotaba de todos mis músculos.
Con cada aliento, parecía inhalar relámpagos.
Estaba en todas partes y en ninguna. Era libre por primera vez, pero me sentía más atrapado que nunca.
Me di la vuelta y me aparté de Tisaanah, serpenteando por el aire por encima de las cabezas de los petrificados asistentes a la fiesta. El dolor seguía recorriéndome por completo aunque mi cuerpo hubiese adoptado una forma muy distinta. Su magia me calaba la sangre.
La estancia fue oscureciéndose cada vez más.
Tisaanah se levantó y dejó que la muerte le hiciera arrastrar los pies por el suelo.
Las llamas azules salían disparadas en ráfagas sinuosas, pero no estaban calientes ni daban luz a pesar de que devoraran, de todos modos, las cortinas, las paredes y la carne de los invitados.
—Me abandonaste —resonó su voz, con una mordacidad inquietante que no era natural en ella—. Te lo di todo y tú te deshiciste de mí.
Avanzó. La podredumbre y las llamas azules fueron acercándose a los guardias y los invitados, que empezaron a subirse unos encima de otros para ponerse a salvo.
Me interpuse entre esas personas y ella con la idea de protegerlas con el muro de fuego que era mi cuerpo.
Unos cuantos soldados imprudentes —¡idiotas!
— se abalanzaron sobre nosotros, pero muchos de sus compañeros dieron media vuelta y huyeron.
Luego, ya delante, la rodeé para blindarla con el escudo de mi cuerpo, solo que no estaba acostumbrado a controlar aquella forma y no podía esquivar como de costumbre. Una punzada de dolor me recorrió la espalda hacia arriba cuando recibí un tajo en dirección contraria.
«¿Qué cojones te pasa? —me dieron ganas de gritarle—. ¡Intento ayudar!».
Se me escapó un resoplido ronco al empujar a los soldados contra la pared con toda la fuerza de la que fui capaz, pero mi situación era complicada: debía protegerla de ellos, y viceversa. Era como querer contener dos fauces que quisieran clavarse en mi cuello.
Solté otro grito cuando recibí el siguiente ataque, mucho peor que el primero.
Me produjo un dolor de los que te cortan la respiración e hizo que aquel cuerpo con el que no estaba familiarizado saliese disparado, dando vueltas en espiral.
Me vi de reojo la cola y la sangre ennegrecida que brillaba entre los destellos de fuego.
Tisaanah estaba allí, con Il’Sahaj en ristre y la rabia agónica de Reshaye grabada en aquel rostro que tan bien conocía, para desgracia mía.
Había albergado la esperanza de que ver el mundo así, a través de esa pantalla de luz roja abrasadora, me distanciase lo suficiente como para facilitarme la labor.
No fue así.
La provoqué y me aparté en el último instante, con lo que terminó rebotando en el muro. Cada vez que me acercaba, por rápido que fuera, me asestaba un tajo y acertaba siempre.
Estábamos ya completamente a oscuras, salvo por el resplandor de mis llamas y las estridentes sombras azules que las suyas proyectaban en su rostro. Se abrieron en el suelo de mármol unas grietas terribles y profundas; la carne ablandada de la piedra terminó cediendo.
Aún había un montón de invitados en el salón, atrapados por las grietas o simplemente demasiado aterrados para echar a correr. Pero la hacienda era inmensa y seguro que había centenares de personas en el edificio, muchas de las cuales probablemente eran amigas de Tisaanah.
Volví a enroscarme en ella.
Otro ataque, otro corte, otra oleada de podredumbre y dolor.
«Vuelve, Tisaanah. Enséñame esa fuerza bruta. Demuéstrame que puedes con esto, que no voy a tener que marcharme de aquí sin ti, cabezota de mierda».
No podía perderla a ella también. No podía.
Adopté mi forma humana, me planté directamente delante de ella, que me miró con ojos de loca y las mejillas llenas de lágrimas.
—¡Traidor! —gimió, sin acento.
Parecía del todo sobrenatural, bañada en cintas de luz azul, cubierta de sangre. Me fijé por primera vez en que tenía la cara destrozada por los golpes y la ropa hecha jirones.
La rabia hizo que se intensificaran las llamas que me envolvían.
Tisaanah, mi Tisaanah, hecha pedazos por un montón de monstruos.
La agarré por los hombros y la empujé contra la pared, ignorando los gruñidos de protesta de Reshaye y el dolor de la podredumbre que me chisporroteaba en las palmas de las manos. La retuve allí, acorralándola, y luego la estreché entre mis brazos.
Lo nuestro no podía terminar así. No podía dejarla marchar de ese modo.
La descomposición fue apoderándose de mi cuerpo y las llamas del suyo: una batalla de azul y negro que danzaba por nuestra piel. Enterré mi rostro en su cuello aunque la carne me bramara por el contacto.
—Vuelve —le susurré—. Aún hay mucho por hacer.
Reshaye gruñó y me arañó la espalda con sus garras. Empezaron a llorarme los ojos por las volutas de putrefacción que iban abriéndose paso.
El cuerpo de Tisaanah se estremeció.
—¿Por qué siempre me hacen lo mismo? —dijo llorando—. Me usan y luego se deshacen de mí.
Temblaba tanto que podría haber sido ella, podría haber habido un rastro de acento en sus palabras. Me dio un brinco el corazón y se me rompió a la vez.
Percibí el sonido ensordecedor del mármol resquebrajándose, noté que el suelo se disolvía bajo mis pies. Me sacudieron los oídos los alaridos lejanos de la gente aterrada, igual que había ocurrido en Sarlazai.
Se me nublaba la visión. El dolor se estaba convirtiendo en algo insoportable. Noté que ella empezaba a ceder en mis brazos.
Me estaba matando. Nos estábamos matando el uno al otro.
Si así era como tenía que ser, quería, lo quería de verdad, arder con ella allí mismo y que nuestros huesos yacieran juntos.
Pero...
«Prométemelo», me había pedido.
—Tisaanah, ¡aún no has terminado, joder, así que regresa!
Y entonces le volví la cara y anclé mi boca a la suya, porque estaba desesperado, porque no se me ocurrió otra cosa. Y le dije a cualquier dios que me estuviera escuchando que aquello no era un beso de despedida.