Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 74
90%

74

Tisaanah

Caía tan rápido que el mundo se emborronaba a mi alrededor. Buscaba el control, pero no palpaba más que oscuridad y sombra.

Sin ser dueña de mi cuerpo, recorrí a grandes zancadas el pasillo, rumbo al salón de baile, donde aguardaban centenares de personas, entre ellas mis amigos más queridos.

Estaba muerta de miedo.

— Tranquilo —le susurré a Reshaye, lo más serena que pude en medio de mi pánico creciente—, no pasa nada.

— Te lo he dicho un montón de veces: a mí no me puedes mentir.

Hasta la voz le sonaba distinta, distorsionada por un extraño poder intermitente. Me envolvía una luz fría semejante al fuego, que reptaba por el suelo y trepaba por las paredes a cada paso que daba.

— Me has traicionado —espetó con desprecio—. Como todos, como siempre.

La imagen de Max acariciándome el vientre me vino de nuevo a la cabeza, dos segundos repetidos con una frecuencia vertiginosa.

El miedo me cerró la garganta. Max. Max, que había creído tanto en mí. ¿Dónde estaba? ¿Había muerto? ¿Habían muerto todos? Les había fallado. ¡Por los dioses, me habían seguido y yo les había fallado profunda y absolutamente!

— Por favor —le rogué.

Silencio.

Doblé una esquina y me encontré, de pronto, en el salón de baile.

La música me abrumaba los oídos, me reventaba la cabeza.

La estancia seguía repleta de invitados exquisitamente vestidos, aunque muchos ya se disponían a marcharse, cuchicheando entre ellos, sin duda chismorreando sobre lo que habían presenciado.

Al menos hasta que entré yo.

Los rincones del salón se oscurecieron. Las llamas y la podredumbre se esparcieron por el suelo como dedos serpentinos. Los invitados se quedaron de piedra y se volvieron a mirarme, con los ojos muy abiertos de espanto o fruncidos de confusión y repugnancia.

Reshaye me hizo girar la cabeza y pasear la vista también por los esclavos, los guardias alineados contra la pared y las doncellas acurrucadas en los rincones, aterradas.

— Fíjate en cómo nos miran.

Como si fuera un monstruo.

Me quedé allí un momento, mirándolos.

— Hay que encontrar a los otros —me atreví a susurrarle—. Hay que...

Entonces un dolor intenso me encendió la espalda, abrasándome las heridas aún supurantes, y solté un bramido entrecortado. Brotaron a mi alrededor unas brasas frías.

Al volverme, vi a uno de los generales de Ahzeen encima de mí, blandiendo aún la espada ensangrentada.

Lo agarré por la cara y contemplé cómo se pudría antes de que le diese tiempo siquiera a moverse.

Luego llegó otro y después otro: un señor impaciente por alardear de sus aptitudes para el combate, un mercenario a sueldo que pretendía lo mismo...

Me atacaron por detrás, atizándome en la espalda y en el hombro.

Reshaye aulló, soltó un alarido que me sacudió los pensamientos y la garganta.

Me di la vuelta bruscamente y les di un zarpazo.

Murieron en mis manos. Uno de los generales de Ahzeen chilló desde la otra punta del salón, para movilizar a las hordas de guerreros esclavos titubeantes.

Torcí el gesto, iracunda, a la vez que lanzaba la mano al aire para reclamar a Il’Sahaj.

Mis dedos no tardaron en asir su empuñadura.

¡Por los dioses, no! No iba a luchar contra aquellas personas. No podía.

Intenté recuperar el control. Lo intenté y no conseguí encontrar un asidero. Reshaye me había arrebatado el gobierno de mis músculos, empujándome aún más al fondo de la oscuridad. Se me nubló la visión.

Volví a intentarlo, una y otra vez, en vano.

Y cuando aquellos soldados corrieron hacia mí, mientras Reshaye levantaba a Il’Sahaj con un grito de guerra letal, bramé una súplica muda.

¡No!

Entonces, antes de que la espada descendiera, algo me cegó. ¡Fuego! Fuego de verdad, del que te calcinaba el vello de la nariz, uno que me abrazó con un calor tan intenso que me hizo retroceder tambaleándome y chocar contra la pared.

Al principio, no sabía qué era lo que estaba viendo. Mis ojos tardaron un poco en adaptarse y comprender que aquel fuego se movía, y rápido, no como se mueven las llamas, sino como una criatura.

La sonrisa de deleite de Reshaye asomó despacio a mis labios.

Y se me paró el corazón.

Era una serpiente, una serpiente inmensa que zigzagueaba por el aire y entre la multitud, con un cuerpo hecho de llamas que fluían juntas como el agua, desprendiendo chispas por las escamas de su piel.

No tenía alas ni piernas, pero se movía con desinhibición de todas formas.

Surcaba el aire con una elegancia exquisita a la vez que desatada y salvaje, como si tampoco ella pudiese controlar del todo su cuerpo.

Y, aun así, era hermosísima: calor, luz, poder, rodeados de magia fría y sombra profunda.

Volvió la cabeza hacia mí y una súbita certeza me asaltó con tanta fuerza que me dejó sin aliento. Habría reconocido aquellos ojos en cualquier parte. Llevaba su forma grabada a fuego en el alma aunque ahora fueran oscuros, rayanos en el negro, en vez de su habitual azul nuboso.

La sonrisa de Reshaye dio paso a una risita.

—Ay, Maxantarius —dijo por mi boca—. Eres aún más hermoso de lo que imaginaba.

La serpiente se detuvo un momento. Luego, con renovada energía, vino hacia mí.

De haber tenido el control de mi cuerpo, me habría encogido para recibir el impacto inevitable, pero, antes de alcanzarme, la serpiente se comprimió y las llamas se transformaron en la figura espectral de un hombre.

Unas garras de calor me picoteaban la piel mientras miraba aquel rostro que me era tan familiar aunque me resultase aterradoramente desconocido: la cara de Max envuelta en llamas y un calor ondulante, y aquellos ojos oscuros que atravesaban la luz con tal intensidad que me dolía mirarlo.

Luego se retrajeron unas membranas y sus ojos recuperaron la mirada fría que conocía tan bien. Las llamas se marchitaron y dejaron en su lugar una piel bañada en sudor.

Y fue aquella imagen, la de Max en su cuerpo humano normal y extraordinario, lo que estuvo a punto de perderme.

—Es hora de parar —dijo.

—Mira lo que hemos hecho juntos. Por fin...

—Es hora de parar —repitió—. Tenemos que sacar de aquí a estas personas y marcharnos —añadió y, colocando las manos en la pared, a ambos lados de mis hombros, se inclinó sobre mí con el ceño fruncido. La desesperación de su mirada me destrozó.

Hablaba conmigo, no con Reshaye, que cayó en la cuenta a la vez que yo.

— Vosotros dos, claro.

Se me heló la sangre con la rabia de Reshaye y mi pavor.

— No —le supliqué.

— ¡No aguanto más!

—No aguanto más —dije, cogiéndole la cara a Max con ambas manos.

— Lo prefieres a él.

— ¡No!

— Lo has dejado claro.

Unas venas de descomposición empezaron a propagarse por las mejillas de Max, que puso cara de dolor y me agarró con fuerza de los hombros.

—Necesito que vuelvas, Tisaanah.

Busqué, desesperada, la forma de recuperar el control, y por un instante pensé que lo había conseguido, por un instante noté el calor de su piel bajo mis manos, ¡las mías! Pero entonces Reshaye me agarró y me devolvió a mi sitio.

— No, tú ya has tomado tus decisiones.

Caí cada vez más al fondo de la tela de araña de mi propia mente, donde las sombras y los recuerdos se oscurecían cada vez más. Los hilos me ataban, me estrangulaban.

Empecé a perder la visión.

Lo último que vi fue la triste determinación en el rostro de Max cuando aquellas membranas aparecieron de nuevo bajo sus párpados y él se diluyó en las llamas.