73
Max
El impacto al chocar contra la pared y un estruendo terrible me devolvieron la consciencia.
Fui recordando pedazos de lo ocurrido: la fiesta, Ahzeen Mikov, el chryxalis y, sobre todo, el cuerpo de Tisaanah cayendo al suelo.
Me incorporé de golpe e intenté levantarme de un brinco, pero, dando tumbos, descubrí que tenía las manos atadas a la espalda. Estaba en un pequeño cuarto de muebles carísimos, una especie de biblioteca o salita. Sin guardias.
—Te necesito operativo ya —oí decir a Nura en voz baja, serena. Volví de inmediato los ojos a la derecha, donde estaba de pie, apoyada en la pared.
Luego vi a Sammerin a su lado y se me paró el corazón.
Me sonrió sin ganas, como anticipando mi reacción, pero estaba recostado contra la pared, con la chaqueta empapada de sangre.
Junto a él, Ariadnea tampoco tenía mejor aspecto, aunque mantenía la espalda tiesa y los hombros rectos, como cualquier soldado bien entrenado.
Solo que, con el canto del brazo, rozaba la pared y el borde de la mesita que tenía al lado, revelando una vacilación difícil de pasar por alto, porque, al fin y al cabo, una syrizen sin magia no era más que una ciega.
¡Por los Ascendidos, menudo panorama! Y yo lo único que veía, una y otra vez, era la figura de Tisaanah cayendo.
—¿Dónde...?
—Deduzco que nos llevaban a las mazmorras, pero ha pasado algo. Había mucho jaleo por la zona del salón de baile.
Se me heló la sangre.
—Nos han metido aquí deprisa y corriendo, y se han ido a investigar, pero dudo que tarden en volver.
Tisaanah. Tenía que haber sido ella.
Me tragué como pude una oleada de puro terror.
«Recula. —Empecé a recitar mentalmente una serie de órdenes de hacía muchos años, con la misma reverencia que si fueran una oración—. Evalúa. Juzga. Actúa. No dejes espacio para nada más».
Volví a mirar a Nura y me centré en la forma en que escondía los antebrazos a la espalda. Teníamos que ser ella y yo. Ni Sammerin ni Ariadnea estaban en condiciones.
—¿Te acuerdas de lo que hicimos en Albreit? —le dije.
A Nura le brillaron los ojos.
—Me has leído el pensamiento.
Justo entonces se abrió la puerta e irrumpieron dos soldados de Ahzeen, con torpeza, histéricos, casi dando tumbos.
Lo que hubieran visto los había dejado conmocionados.
No me detuve a analizarlo. En su lugar, me abalancé sobre el más grande y lo empujé hacia la pared.
Nura nos dio la espalda y se sacó un puñal de la manga.
Con mi empujón, el guardia volcó sobre ella y soltó un berrido cuando la hoja se le clavó en el vientre.
El otro se lanzó a por mí. Con el rabillo del ojo, vi a Nura deshacerse del primero, dándole un puntapié para extraer el arma.
Esquivé por los pelos un espadazo. El impulso frenético del ataque hizo que el soldado perdiera el equilibrio y tropezara con una mesita de manera muy torpe.
Salté sobre él antes de que le diese tiempo a levantarse, le planté un pie en el pecho y le pisé fuerte la garganta con el otro, dificultándole la respiración.
—Nura, ¡suéltame las manos!
El impacto me encendió las muñecas. Puse cara de dolor. ¡Tampoco hacía falta que me desollara, joder...!
Un estrépito a mi izquierda puso coto a mi fastidio.
Al darme la vuelta, vi a Ariadnea y a Sammerin empujando al soldado herido contra una pared, acorralándolo.
Forcejeé con la cuerda deshilachada, que ya empezaba a ceder.
El guardia que había tropezado hacía un esfuerzo por ponerse en pie.
Nura se pegó a la pared y, apoyándose en ella, se cortó las ligaduras.
Yo di otro tirón y, por fin, rompí las mías.
Me abalancé sobre Nura y agarré el cuchillo que tenía entre las muñecas, haciendo caso omiso del dolor que me producía en las palmas de las manos cogerlo por la hoja.
El soldado se puso en pie y levantó el brazo, tambaleándose.
A mi izquierda, oí a Ariadnea soltar un gruñido ahogado cuando el otro guardia la apartó de un empujón.
Cuatro segundos. Disponía, como mucho, de cuatro segundos.
Pasé el cuchillo con violencia por la cuerda que le ataba las muñecas a Nura.
Con eso debería bastar. Solo tenía tiempo para cortar una vez antes de lanzarme contra el hombre que acorralaba a Sammerin, tirar de él hacia atrás y rebanarle el cuello con el puñal.
Aparté la vista del soldado que gorgoteaba justo a tiempo para ver a Nura soltar al otro mientras le sobresalía de la manga un segundo cuchillo ensangrentado.
—En Albreit nos costó menos —jadeó mientras yo les cortaba las ataduras a Ariadnea y a Sammerin.
Apenas la oí. A Sammerin le costaba tenerse en pie. La sangre le goteaba de la chaqueta y formaba un charco resbaladizo en el suelo. ¡Por los Ascendidos, no tendría que haber participado en aquella escaramuza...!
—Sam...
—Escuchad —dijo Ariadnea, levantando un dedo con la cabeza ladeada.
Guardamos silencio.
Un instante después, se oyeron unos gritos lejanos que se propagaban por el aire. Quedos, pero inconfundibles.
El alma se me hizo de plomo y se me cayó a los pies.
Me abalancé sobre la puerta, la abrí de golpe y la crucé mientras escapaba de mis labios una maldición.
¡Estaba ardiendo el puto edificio! En mi vida había visto un incendio igual.
Un extremo del pasillo, el que nos llevaba de vuelta al salón de baile, resplandecía de lenguas de fuego azul que avanzaban quizá demasiado despacio, como si estuvieran dando pequeños saltos, como una luz que se reflejara en un vidrio oscilante.
La imagen que había albergado en la cabeza, la de Ahzeen matando a palos a Tisaanah en medio de aquella fiesta asquerosa, la reemplazó algo aún más aterrador.
Los gritos lejanos se transformaron en ecos inconfundibles de los de Sarlazai, aquellos que me destrozaban por dentro los oídos.
Casi no oí el aspaviento de Nura a mi lado.
—¿Incluso con chryxalis? ¡Es... extraordinario!
¿Extraordinario? ¿EXTRAORDINARIO? ¡Era horripilante!
Me invadió el horror al recordar la cara de Tisaanah cuando era presa de Reshaye, fría, brutal y distante, y pensé en lo distinto que era aquel rostro del que me miraba en la tienda de campaña, exigiéndome promesas a la luz de la luna.
—¿Qué es? —preguntó Ariadnea frustrada, girando su cabeza desprovista de ojos en una dirección y luego en la otra—. ¿Qué veis?
—No es fuego —terció Sammerin con voz ronca, recostándose contra el marco de la puerta y agarrándose el torso.
Miré a mi amigo e intercambiamos un temor mudo. Solo un segundo, hasta que empezó a desplomarse. Lo agarré de un brazo y Ariadnea lo cogió del otro. Estaba perdiendo mucha sangre.
Y Tisaanah estaba perdiendo el control.
Y yo iba a terminar perdiéndolos a los dos.
Todo se iba a la mierda y yo nunca —¡jamás!— había tenido tanto miedo en toda mi triste vida. Inspiré aquel terror lo más hondo que pude y lo exhalé reconvertido en fiera determinación.
—Buscad una salida. Llevaos a todos los que podáis y largaos de aquí.
—¿Y tú? —me preguntó Nura espantada.
—Luego os alcanzo.
Miró las llamas, después a mí, y de nuevo las llamas.
—No seas imbécil —soltó—. Ya te dije que, la próxima vez que intentaras quitarte la vida, no te lo pensaba impedir.
Casi me dio la risa. Ojalá fuera tan sencillo. «Es fácil morir por alguien —oí en un susurro las palabras de Tisaanah—, pero es mucho más valioso vivir».
—Pues no me lo impidas —le dije, y me volví hacia las llamas.
Sammerin me cogió del brazo, clavándome los dedos en la piel. No dijo nada, pero tampoco hizo falta. Por su cara seria, entendí que sabía lo que me disponía a hacer y por qué, y que no iba a conseguir disuadirme. Haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no se me quebrara la voz, le dije:
—Sé que quieres que tengamos nuestro momento, cabronazo romántico, pero no hay tiempo para eso ahora. Ya lo tendremos, cuando todo esto termine, con su puesta de sol y eso.
Apenas frunció los ojos. Sin fuerzas, retiró la mano de mi brazo para hacerme un gesto vulgar. Solté una carcajada que era más bien un suspiro de alivio.
—Así me gusta. Anda, lárgate de una vez, antes de que te desangres.
No di tiempo a que reaccionase nadie más.
Me di la vuelta y enfilé con brío el pasillo para terminar corriendo.
Me costaba menos ver aquellas extrañas llamas azules que verles la cara.
Para entonces, el fuego consumía ya el final del pasillo y yo iba directo a atravesar una pared de luz azul titilante.
Iba directo hacia Tisaanah.
«No te doy permiso para fracasar si fracaso yo».
Solo podía pensar en que la amaba.
No se lo había dicho, pero, según iba acercándome a aquel inquietante fulgor azul, supe que nunca había tenido nada tan claro.
La amaba por su fortaleza, por su hermosa fuerza bruta, por ver lo que nadie más veía.
La amaba por todos los obstáculos que el mundo no paraba de poner en su camino y por seguir adelante de todas formas.
«Prométeme que continuarás librando tus batallas aunque yo pierda la mía».
Estaba con ella, solo con ella, hasta el final de nuestras historias, pero me negaba a permitir que la suya fuese una repetición de la mía.
Merecía algo mejor que pasar el resto de sus días con las manos manchadas de sangre y tener un final amargo fruto de los actos terribles de Reshaye. Merecía algo épico.
Y yo la quería tanto que iba a cumplir la promesa que le había hecho aunque fuera lo más difícil que había llevado a cabo en mi vida, aunque eso me obligase a abrazar una parte de mí que habría preferido fingir que no existía.
Las llamas azules me envolvieron. Estaban algo frías y me producían en la piel un dolor raro y lento que me la recorría entera como un relámpago.
Esperé hasta que ya no pude más para hacer algo que me había jurado a mí mismo que nunca, jamás, haría. Si Reshaye tiraba de un poder más hondo, también yo podía hacerlo. Por una vez, no iba a contenerme.
Se abrió despacio mi segundo párpado y mi cuerpo se volvió fuego.