Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 72
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Tisaanah

El despacho de Esmaris estaba exactamente igual que el día que había estado a punto de matarme.

Cuando Ahzeen abrió de golpe la puerta y me arrastró adentro, por un segundo creí ver la figura inconfundible de Esmaris delante de la ventana, con los hombros muy rectos y las manos cogidas a la espalda.

—No me agrada pensar que tú y yo podamos tener nada en común, pero parece que a los dos nos encanta montar el numerito —dijo, estampándome contra el escritorio de un empujón.

Apoyé las manos para no caerme. ¡Por los dioses, qué mareada estaba! Pensaba que en algún momento pararía, pero era como si me fuera drenando poco a poco la consciencia. Me di la vuelta y me erguí, aunque para ello tuviese que valerme de todas mis fuerzas.

Al menos estábamos solos. Ya había matado a un Mikov en aquella estancia. Podía matar a otro.

—¿Qué es lo que quieres? —le pregunté. Tiempo, necesitaba tiempo—. Las Órdenes pueden financiarte, si es lo que deseas.

—No necesito vuestro dinero.

«No necesito tu dinero».

«¡Zas!».

Ahí estaba otra vez: una levísima agitación al fondo de mis pensamientos. Ahora, lo bastante pronunciada como para que entendiese lo que era y el corazón me diera un brinco.

— Reshaye —susurré, pero no recibí respuesta. Solo que, si seguía ahí, todavía podía sacarlo, obligarlo a salir.

—Influencia —le dije a Ahzeen—. Dices que solicitaste el apoyo de las Órdenes. Te lo darán a cambio de nuestra liberación.

—¿De vuestra liberación? Tengo encerrada a la segunda del archicomandante.

Ya tengo influencia. Además, los esclavos no tienen derecho a negociar.

—Me agarró de la barbilla, estrujándome la cara mientras me la volvía, examinándome—.

Claro que me acuerdo de ti. Eras su favorita.

Yo no entendía por qué, ni siquiera entonces.

Pareces una vaca pinta. Y, aun así, te protegió por encima de mí.

—Me soltó la cara, pero me agarró del hombro para hacerme girar.

Se me encogió la piel cuando me arañó la espalda con sus manazas, deteniéndose en las cicatrices—.

Pero te inutilizó con estas cosas tan horribles.

Se desplegó un plan en mi cabeza.

—Sin embargo, al final no consiguió matarme.

Ahzeen era muy fácil de provocar. Volvió a pegarme, estrellándome la cara contra el escritorio.

Mientras me incorporaba, imaginé cómo sería verlo marchitarse bajo mis manos, como lo había hecho su padre.

Fijé la vista en el escritorio —¡aquel escritorio blanco!

— y me volqué en mi miedo, en mi rabia, hasta que me consumieron.

— Reshaye —volví a susurrarle.

Noté que se movía, atizado por mi rabia y mi dolor.

—No eres la única aficionada a la poesía —me espetó Ahzeen.

Levanté los ojos un instante hacia el ventanal y contemplé el mármol escalonado de la hermosa ciudad de los Mikov, bloques de plata y sombra bañados por la luz de la luna. Oí a Ahzeen cruzar la estancia y abrir un armario que yo conocía bien. Me pregunté si mi ropa seguiría allí.

— Hazlo —lo desafié cuando el látigo de Ahzeen cortó el aire con un silbido letal y me encendió un dolor insufrible en la espalda.

¡Zas!

Me obligué a abrir los ojos, a centrarme en el escritorio resplandeciente, llenándome de blanco la visión. «Sin otra cosa que blanco durante muchísimos días», me había lloriqueado Reshaye. Me obligué a centrarme en lo que más le aterraba.

¡Zas!

Sin otra cosa que blanco y dolor.

Pensé en Esmaris, en su odio gélido, en lo traicionada que me había sentido. Inundé mi pensamiento del dolor inmenso que me había producido.

— ¡Reshaye!

— ¡Para!

Su dolor se entretejió con el mío, distante, leve.

Puede que la magia que llevaba en la sangre hubiera quedado inutilizada, pero Reshaye era magia.

Quizá procediese de algo más profundo. Además, no iba a permitir por nada del mundo que Ahzeen Mikov me destruyera ni destruyera a la gente que me importaba.

No tenía tiempo de temer al monstruo al que estaba convocando para eso.

¡Zas!

Me corrió por la espalda algo caliente.

— ¡PARA!

— Si quieres que pare, HAZ que pare.

El calor me inundó las venas. Empecé a notar en la boca la furia rápida, pútrida y metálica de Ahzeen y esbocé una sonrisa frenética.

¡Zas!

Sentí el bramido de Reshaye al frente de mis pensamientos, encendiendo los hilos de mi mente con un poder que me robaba el aire de los pulmones.

Vi de nuevo el mundo con nitidez.

Sentí que el aura de Ahzeen se consolidaba y, en cuanto lo hizo, me aferré a ella con garras afiladas. Me di la vuelta justo a tiempo de verlo con el brazo congelado. La rabia que le deformaba el rostro se tornó en confusión, luego en miedo.

La última vez que había estado en aquel despacho, con la vida de un hombre en la palma de mi mano, me sentí aterrorizada por lo que había hecho. Ya no.

Paseé los dedos de mi magia por su mente y se la estrujé.

Se hincó de rodillas. Una ola se alzó inmensa en mi interior.

El bombeo de mi propia sangre me retumbó en los oídos mientras, inclinándome hacia delante, le agarré la cara con una sola mano.

Su carne empezó a marchitarse entre mis dedos y las arañas de podredumbre negra se le propagaron por las mejillas.

Me acerqué tanto a su rostro que el hedor de su aliento endulzado por el vino y el de la putrefacción infecta se mezclaron en mis fosas nasales.

—Dile a Esmaris que te mando yo —le susurré, y junté los dedos de mi magia y los de mi mano hasta hacerle papilla la mente y la mandíbula podrida.

Reshaye soltó un terrible alarido mudo y aquella ola inmensa rompió en la orilla y me arrastró consigo.