Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 71
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Max

Me di cuenta demasiado tarde. No era la primera vez que me drogaban con chryxalis.

El dolor de cabeza, el entumecimiento y el hormigueo en las yemas de los dedos...

Apenas había probado el vino, pero la dosis había sido potente, quizá incluso impregnaba el exterior de la copa.

Claro que los detalles tampoco importaban mucho ya.

Chasqué los dedos y solo conseguí producir unas chispitas.

¡ No !

Me di la vuelta bruscamente, justo a tiempo para ver a Eslyn desvanecerse, despacio, demasiado despacio, antes de que pudiera detenerla. Ariadnea fue a agarrarla una milésima de segundo demasiado tarde y reparó de pronto, horrorizada, en lo mismo que yo.

Podría haber quedado atrapada entre dimensiones si la magia le hubiera fallado antes de que ella y el niño al que se llevaba emergieran al otro lado.

Vi a Ahzeen pegar a Tisaanah, la oí caer al suelo, y me pudo la ira.

—¡Mi arma! —exigí, volviéndome con la mano extendida hacia el guardia joven que se las había llevado antes—. ¡Ya!

Aunque no entendiera mi idioma, captó perfectamente el tono. Lo vi dirigirse a un rincón de la estancia justo antes de que me llamase la atención el silbido característico de un arma levantada de pronto.

La esquivé por los pelos, pero media docena de guardias se nos echaron encima como moscas a la carroña. Cuando me libraba de uno, me topaba con otro. Además, los efectos del chryxalis no eran del todo superficiales y me arrebataban el ingenio y los reflejos a la vez que las llamas.

Atrapé al vuelo la muñeca de un guardia que pretendía darle un tajo en la cabeza a Sammerin y se la retorcí hasta que oí un chasquido; luego le quité la espada de los dedos inertes.

En ese momento, quise más que nunca a mi hermano por todas las tristes noches que me había hecho pasar entrenando sin magia y durmiendo poquísimo, hacía tantos años.

Pero ni siquiera así pude hacer grandes progresos. Cada vez me cercaban más guardias. Yo repartía tajos y estocadas, regateaba, hasta que la sangre me salpicaba la cara entera. Sin embargo, no era suficiente. No paraban de llegar más.

Entre ellos, vislumbré a Tisaanah levantándose del suelo, con Ahzeen alzándose sobre ella.

Resonó un lamento cuando el esclavo que nos había ayudado cayó de rodillas, con un tajo en el cuello, antes de que pudiese llegar a nuestras armas.

Recibí un golpe seco en la nuca, pero seguí defendiéndome, librándome de brazos, armas y manos que intentaban tirar de mí hacia atrás. Las figuras me fueron acorralando, impidiéndome ver a Tisaanah mientras Ahzeen volvía a pegarla.

A mi lado oí a Sammerin soltar un gruñido ahogado, el único sonido que consiguió descentrarme. Al volverme, lo vi doblarse de dolor, agarrándose el costado mientras uno de los soldados de Ahzeen sostenía un arma ensangrentada. ¡Joder! La rodilla izquierda, tendría que haberlo vigilado...

En aquel instante de distracción, un par de manos me agarraron y noté otro golpe en la cabeza. La boca me supo a sangre. Lo último que vi, con los ojos borrosos, fue cómo sacaban a rastras a Tisaanah del salón. Y lo último que pensé fue que me iba a cargar hasta al último de aquellos tipos.