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Tisaanah
—Cuando supe que un grupo de magos de las Órdenes iba a venir, bueno, por supuesto que tomé precauciones, teniendo en cuenta que las Órdenes se habían mostrado poco cooperativas a la hora de ofrecer su apoyo.
Me levanté del suelo con un suspiro largo y hondo. Ahzeen daba vueltas a mi alrededor. Hablaba muy alto, muy seguro. Estaba alardeando.
—Pero esto, esto es más de lo que esperaba. Una espía seductora que viene a ponerme en contra a mis aliados, o quizá no es más que una propiedad que me fue hurtada y ahora se me devuelve. ¡Levanta!
Clavándome las uñas en la piel, me levantó de un tirón. Estaba tan mareada que casi no me sostenía en pie, pero, con mucha fuerza de voluntad, conseguí erguirme.
Por segunda vez en mi vida, vi como mis planes se iban al garete.
¿Qué iba a hacer?
Observé de pronto a los esclavos reunidos cerca de la pared del salón, contemplándome horrorizados. El gesto de Serel fue como una puñalada en el vientre. No me atrevía ni a mirarlos. En su lugar, me fijé solo en Ahzeen, enfrentándome a aquel ojo oscuro y lleno de odio con igual intensidad.
Me sonrió, en un gesto desganado y repugnante.
—Ahora sí que me acuerdo de ti. De ti y de tus bonitos bailes. ¿Por qué no actúas para nosotros, fulana?
Fulana. Odiaba a aquel hombre, aquella palabra, el anonimato que suponía.
—Me llamo Tisaanah.
—Te llamas como yo te diga.
Una conmoción me hizo mirar al otro lado del salón y se me encogió el corazón al ver que estallaba una pelea: los guardias intentaban apresar a mis compañeros. Vislumbré sangre.
No, no iba a permitir que eso sucediera, que la cosa terminara así.
«Piensa, Tisaanah...».
Algo me golpeó con fuerza en la cara y volví a caer al suelo de piedra. Y un ataque más, una patada en el estómago que me obligó a hacerme un ovillo.
Oí un murmullo lejano en mi interior.
—¡Levanta!
Lo hice aunque me doliera todo. Procuré disimularlo. En cuanto me puse en pie, me pegó otra vez. El dolor me resonó en el cráneo, pero me erguí como si nada, mirándolo fijamente a los ojos.
Corrieron los susurros entre los invitados: «¡Qué indecencia! ¡Qué ordinariez!».
Se me nubló la vista y tuve que hacer un esfuerzo por no reír a carcajadas. ¡Panda de hipócritas!
Ahzeen nunca había sabido contenerse, y ese fue su mayor delito: no la paliza, sino el que me la diera allí mismo, delante de todos. Aquella gente era demasiado civilizada para esas cosas. Apaleaban a sus esclavos en privado. Los violaban a puerta cerrada.
—Actúa —me ordenó Ahzeen.
—No.
Otro murmullo al fondo de mi mente..., que desapareció antes de que pudiera identificarlo.
Ahzeen me agarró del brazo, clavándome las uñas, atravesándome los ojos con el suyo.
—¿Acaso crees que las Órdenes te pueden proteger? ¿Piensas que con ellas eres menos esclava? ¿Que su poder es mayor que el mío? Es obvio que no —dijo, señalando la puerta—. He apresado a tus compañeros, incluida la segunda al mando de las Órdenes, a la que hemos capturado fácilmente.
Ahí estaba otra vez, interpretando su papel. Los demás no éramos más que peones con los que ilustrar su poderío delante de todas aquellas personas a las que estaba tan desesperado por impresionar. Me mordí el labio por dentro tan fuerte que se me llenó la lengua de sangre.
No miré, aunque estaba claro que quería que lo hiciese. Tenía la vista puesta solo en él. Lo odiaba. Los odiaba a todos.
—Te empeñas en ponerte a la altura de tu padre —dije—, pero los aquí presentes sabemos que jamás lo conseguirás.
Otro golpe en la cara antes de que pudiese terminar la frase. Le había tocado la fibra sensible, que era justo lo que pretendía.
—Has olvidado cuál es tu sitio —bramó con desprecio—, pero yo te lo voy a recordar.
«Has olvidado lo que eres», me había dicho Esmaris.
Sonreí, serena, ensangrentada.
—Si lo que quieres es matarme, adelante.
El ojo expuesto de Ahzeen brilló con una rabia que rivalizaba con la mía. Me agarró fuerte el brazo.
—Muy bien —dijo—. Terminaré lo que empezó mi padre.
Y, abriéndose paso por la multitud, me llevó a rastras hasta la entrada del salón de baile y luego enfiló un pasillo blanco que yo conocía demasiado bien.