Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 69
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Tisaanah

Estaba ebria, del vino que me había bebido de un trago, sí, pero también de la atención de la multitud. Un intenso dolor de cabeza me zumbaba en las sienes, pero no tuve que fingir una sonrisa cuando bajé rodando de la mesa de Ahzeen y fui girando hasta el centro del salón.

—¿Y qué me dices de estas? —dije, señalándome las cicatrices—. ¿Sabes de qué son?

No me atrevía a mirar siquiera de reojo hacia la puerta del servicio, ni podía interesarme por lo que estaba sucediendo al otro lado, pero sí que crucé una mirada con Max, solo una. Me encantaba cómo me observaba.

El deleite de Reshaye había empezado a agriarse; me siseaba furioso y me escupía como un gato al fondo del cráneo. Aun así, me ignoraba, se negaba a hablarme.

Por mí, genial. Me las estaba apañando muy bien sin él.

Sonreí a Ahzeen aunque el dolor de cabeza me estuviera yendo a más.

—Me las hizo tu padre la noche en que lo maté.

El único ojo visible de Ahzeen se abrió al máximo.

Una oleada de murmullos sorprendidos recorrió la sala.

No dejé de bailar, disfrutando de la envergadura de lo que acababa de decir.

Ahzeen se levantó de un brinco y, mirándome de arriba abajo, furibundo, de pronto me reconoció. Curiosamente, su reacción no me impactó tanto como había esperado, teniendo en cuenta lo violenta que fue.

—Una simple fulana esclava no pudo asesinar a Esmaris Mikov —bramó con desprecio.

—Pues fue una fulana esclava quien lo hizo.

Exploré la estancia y vi que los nobles cuchicheaban nerviosos entre sí. Me pareció raro no saborear su reacción en el aire, pero pude ver la magnitud de su sorpresa y su censura.

Ahzeen Mikov, yo lo sabía, no quería recordarme aunque pudiera.

Vos ya me había dicho que el hijo de Esmaris disponía de toda la información necesaria para sospechar, por lo menos, que yo era responsable, solo que castigar a una esclava de rostro y nombre desconocidos no le era de ninguna utilidad política.

No, Ahzeen necesitaba poder y respeto, y en el mundo de los señores de Threll el respeto se ganaba con honor y supremacía.

—¡Mientes! —susurró iracundo.

—¿Cuál de los dos miente? —dije, deteniéndome en su mesa y pestañeando seductora—. ¿Cuántas guerras has justificado con la muerte de tu padre? ¿A cuántos señores has matado en su nombre?

De no haber estado tan hipnotizada por la ira deliciosa del rostro de Ahzeen, habría reparado en que el salón volvía a iluminarse, en que, bajo el martilleo de aquel dolor de cabeza, Reshaye había enmudecido, en que no oía ni sentía las oleadas de emoción de los invitados a la fiesta.

En cambio, vi que asomaba a los labios de Ahzeen una sonrisa desdeñosa.

—Zorra fragmentada —dijo, lanzándome salivazos a la cara al acercárseme—. Sabía que las Órdenes se sentían amenazadas por mí, pero no pensé que fueran tan imbéciles de mandar a una ramera a derrocar a la familia más poderosa de Threll.

Y entonces, cuando el gesto de desdén se transformó en una sonrisa fría y terrible, lo vi. Le vi levantar la mano y, un instante antes de que la bajara, intenté lanzarle una ráfaga de aire para hacerlo retroceder. Lo intenté, en vano.

Me atizó tan fuerte que fui directa al suelo, pero no pensé en el dolor. Mientras mis ojos borrosos se posaban en los restos de la copa de vino rota, solo pensé en algo horrible: el mundo se había nublado, como si me hubieran privado de la mitad de mis sentidos.

Había perdido la magia.