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Max
Todos la miraban. Hasta a mí me costaba apartar los ojos.
Nunca la había visto así. Era increíble la forma en que atraía la atención y se negaba a soltarla. Tisaanah interpretaba un número tras otro, contoneándose, con los pies descalzos sobre el suelo liso de piedra, un manchurrón de color en un mundo blanco.
—Ahora —le susurré a Nura, que asintió.
Despacio, nos retiramos a los márgenes del salón de baile. Pan comido: nadie nos miró siquiera, todos estaban demasiado encandilados con ella.
Me pegué al marco de la puerta y, sin quitar ojo a Tisaanah, vi a Eslyn y a Ariadnea desplazarse poco a poco por el fondo de la estancia y salir por la puerta. En el pasillo de detrás de la entrada de los sirvientes, los esclavos estaban alineados contra la pared opuesta.
Según lo previsto, las dos syrizen desaparecieron con todos los esclavos y reaparecieron ellas solas.
Alrededor de la ciudad de Mikov había sellos que impedían los viajes por estratagrama —seguridad básica, a fin de cuentas—, pero las syrizen se desplazaban por capas de magia mucho más profundas, con lo que Eslyn y Ariadnea eran dos de las poquísimas personas del mundo capaces de burlar esos controles.
Se habían llevado con sigilo a los esclavos y los habían dejado en un punto de encuentro, al otro lado de las puertas de la ciudad, a escasa distancia de los más poderosos de Threll, completamente hipnotizados por la actuación de Tisaanah. La distracción perfecta.
La inquietud seguía revolviéndome el estómago y dejándome algo mareado, pero, la verdad, no pensaba que fuéramos a llegar tan lejos.
Contemplé a Tisaanah mientras soltaba una oleada tras otra de mariposas traslúcidas mientras se subía a la mesa de Ahzeen y la estancia se oscurecía cada vez más, generando aspavientos en el público.
De no haber temido que pudieran matarla en cualquier momento, me habría hecho gracia el dramatismo de sus movimientos. Claro que tampoco me sorprendía, porque Tisaanah nunca hacía nada a medias, y si tenía que provocar una distracción, iba a ser la mayor distracción de la historia.
En el pasillo de los sirvientes, los criados desaparecían uno tras otro.
«¡Por todos los Ascendidos, si al final nos va a salir bien!», me dije.
Localicé al guardia joven que se había llevado nuestras armas. Establecí contacto visual con él y me preparé para la señal.
En cualquier momento.