Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 67
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Tisaanah

Las paredes de la hacienda Mikov parecían cerrarse en torno a mí como dientes que amenazaban con aplastarme hasta convertirme en la niña que había sido seis meses atrás.

No estaba preparada para aquel impacto puramente físico: que el mero hecho de ver esas columnas blancas, esos cuerpos vestidos de blanco, esos sellos de oro con la azucena me azotara como me había azotado Esmaris, y me abriera las heridas del alma que ya creía curadas desde hacía tiempo.

Mientras cruzábamos aquel arco tan familiar para mí y entrábamos en la guarida de lujo y exceso que un día fue mi hogar me dolían todos los músculos del cuerpo.

Además, era una fiesta como lo habían sido siempre todas, con lo que el presente se superpuso al pasado y me sorprendí buscando instintivamente a Esmaris, dispuesta a someterme a él, a amoldarme a su estado de ánimo y a sus expectativas.

Solo que... había entrado en un reflejo invertido de mis recuerdos.

Antes acudía a aquellos actos como esclava, pero ahora los asistentes nos miraban con recato, los sirvientes agachaban la cabeza, las doncellas se apartaban modosas.

Sonaron las cornetas y el heraldo anunció nuestra llegada, no como criados, sino como invitados de honor.

—¡Abrid paso a los invitados de honor de Ahzeen Mikov, los delegados de la Orden de la Medianoche y la Orden del Alba!

Se volvieron hacia nosotros centenares de ojos —montones y montones de tela blanca vaporosa—, pero yo no los miré.

Solo me fijé en alguien a quien conocía bien; estaba al fondo de la estancia, repantingado ante una mesa que se hallaba bastante más alta que las otras: Ahzeen Mikov. Verlo convirtió mi miedo en rabia.

Clavó la mirada en nosotros y sonrió.

—¡Ah, sí, delegados, permitidme manifestaros el gran honor que es para mí que hayáis podido acudir! Nos complace mucho a todos teneros entre nosotros.

¡Por los dioses, había olvidado lo mucho que se parecía a su padre! Sí, era más joven y más delgado, y, sí, llevaba un parche en el ojo, dorado y resplandeciente a la luz mortecina de las velas, pero, cuando me miró, sentí como si aún me marchitara bajo la mirada idéntica de Esmaris.

«No necesito tu dinero».

«Veintisiete».

«¡Zas!».

Reshaye se revolvió entre mis pensamientos, como si el subidón de adrenalina lo hubiera despertado de golpe.

Ahzeen se puso en pie en la mesa presidencial, con el brazo en alto sosteniendo una copa. De hecho, todos tenían una copa de vino tinto. Una sala repleta de blanco vaporoso con salpicaduras carmesí.

—Llegáis en el momento ideal —dijo Ahzeen, instándonos a entrar.

Sonreí.

—Es un honor para nosotros estar aquí, lord Ahzeen.

Me preparé para el momento en que me reconocieran, porque seguramente él —él o quien fuera— sabría quién era, pero su gesto no cambió.

Aguardaba algo que no ocurrió. Ahzeen se limitó a estudiarnos con el interés particular que merecía un grupo de invitados muy importantes, no con la conmoción que correspondía a una antigua esclava.

Nos llevaron a una mesa en el centro del salón y nos ofrecieron una copa de vino. Tuve que agarrar la mía con fuerza, porque las manos se empeñaban en temblar, primero de nerviosismo y luego de creciente indignación.

Verdaderamente no era nada para él, para ninguna de aquellas personas.

Siempre había sabido que a los esclavos se les prestaba escasa atención o consideración en ese mundo, pero solo entonces me di cuenta de lo poco que éramos.

A fin de cuentas, yo había visto a Ahzeen en dos ocasiones.

Una de ellas me había estampado contra la pared, apestando a vino, demasiado borracho para que sus manotazos me soltaran el vestido de baile.

Esmaris me lo había quitado de encima antes de que la cosa llegara a mayores.

Por entonces, pensaba que me protegía; ahora sabía que no hacía más que defender lo que consideraba suyo de un hijo holgazán e indigno.

Esa fue la noche en que terminaron echándolo de la hacienda, después de arrancarle un ojo. Una noche que tenía tan grabada en la memoria que recordaba perfectamente la sensación que me había producido su aliento caliente y húmedo en la mejilla.

Y él no tenía ni idea de quién era yo.

—Uníos a nosotros, por favor —dijo, enarcando las cejas y alzando de nuevo la copa. Una oleada de rojo susurró por el salón cuando los invitados hicieron lo mismo.

Yo también, y con el rabillo del ojo vi que mis compañeros me imitaban aunque no entendieran lo que se decía. Casi pude sentir la repulsión de Max, y, a pesar de que le agradecí que la ocultara de momento, había algo en ella que, aun así, me reconfortaba.

Paseé los ojos por la estancia y se me paró el corazón.

Allí, cerca de otra puerta, casi perdido entre el montón de invitados vestidos de blanco, vislumbré una mata de pelo dorado. Pelo dorado y un par de ojos grandes de un azul acuoso.

Serel.

—Por nuestros distinguidos invitados, que nos obsequian hoy con su presencia, provenientes de las lejanas torres de Ara —empezó Ahzeen—. Por mis honorables generales, que ayer nos llevaron a la victoria frente a la casa de Rivakoff.

Serel, plagado de cicatrices, macilento, más delgado que cuando me fui..., pero ¡vivo! ¡Y allí!

Incluso entre tanta gente, incluso desde el otro extremo del salón, sentí que me llegaba su emoción y se fundía con la mía. La sorpresa ahogó el alivio, y el alivio, un amor profundo e inquebrantable.

¡Estaba vivo!

Se me empañaron los ojos al ver su rostro contraerse, su boca debatirse entre una sonrisa y un mohín. Solo podía lanzarle miradas breves: había demasiados ojos puestos en mí y no confiaba en poder detenerme en él más de una décima de segundo sin perder la compostura.

Aun con todo, le dediqué una mirada minúscula, que, abriéndose paso entre la multitud, le susurró: «Te dije que lo conseguiría». Y él me contestó: «Sabía que lo harías».

Estaba hombro con hombro con los otros guardias de Ahzeen. Reconocí a algunos de ellos, y ellos me reconocieron a mí. Vieron lo que los señores no veían.

—... por la memoria de mi extraordinario padre, Esmaris Mikov, cuyo legado nos reunimos para vengar...

Reshaye se agitó, engullendo la intensidad de mis emociones.

Mi alivio.

Mi amor.

Mi rabia.

Todo aquello..., ellos eran la razón por la que estaba ahí.

—... y sobre todo...

Miré de nuevo a Ahzeen y, por un instante, con el titilar de la luz de las velas, me pareció ver a su padre.

Vi al hombre que me había violado, que me había azotado, que había estado a punto de matarme.

Vi al hombre que había mandado a mis amigos a la muerte, al que había decretado la tortura y la violación de montones de esclavos. Lo vi y sonreí.

Reshaye ronroneó.

Ahzeen me devolvió la sonrisa y yo me bebí su satisfacción desde la otra punta de la sala mientras alzaba aún más alto la copa.

—Sobre todo, ¡por la victoria!

Eché la cabeza hacia atrás y bebí el vino; seguidamente, me limpié con el dorso de la mano el carmesí que me manchaba los labios rojos.

Luego, dejando que la copa de cristal se hiciera añicos en el suelo de mármol, me dirigí a grandes zancadas al centro del salón.

Las bailarinas, mis sustitutas, se apartaron incómodas, mirándose unas a otras.

—Ahzeen Mikov... —dije, ladeando la cabeza y dedicándole mi sonrisa más cautivadora—, ¿no nos conocemos?

Los músicos habían dejado de tocar. Sentí la atención de la multitud como una fuerza física que me envolvía. La agarré y la atraje hacia mí.

Ahzeen frunció el ceño, sonriendo sin ganas. Su desconcierto me supo agridulce, acre, en el espacio que nos separaba.

—No lo creo, señora mía.

El salón empezó a oscurecerse.

Sonreí y tiré del chal de la cintura. La seda de mi antiguo camisón ondeó como el agua mientras se deslizaba por mi cuerpo y se amontonaba a mis pies, dejando al descubierto uno de mis trajes de baile de entonces, una tira de tela que me cubría el busto y una falda de talle bajo con vuelo alrededor de la cadera.

Me acerqué y puse las manos en la mesa presidencial, inclinándome sobre Ahzeen. Lo tenía tan cerca que olía su perfume empalagoso y los aceites que le habían echado en el pelo, que llevaba recogido en una coleta impecable por encima de un hombro.

—¿Y ahora...? ¿Me recuerdas ahora?

Frunció aún más el ceño, confundido.

—Eh...

«Un, dos, tres...».

Absorbí la luz del aire, sumiendo la estancia en la bruma mientras retrocedía dando delicados saltos. Luego abrí las manos para liberar una cacofonía de chispas y unas mariposas plateadas brotaron, danzarinas, de mis dedos.

«Cuatro, cinco, seis...».

—¿Y ahora...? —ronroneé.

«Mírame —ordené para mis adentros, como lo había hecho en aquel mismo salón, centenares de veces antes—. Mírame como si fuera lo último que vas a ver».

Y, como entonces, obedecieron todos.