Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 66
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Max

Estudié las manos tendidas del guardia, haciendo un esfuerzo por disimular lo mucho que me fastidiaba.

—No pongas esa cara de amargura —me dijo Tisaanah, cruzando los brazos y mirándome con una ceja enarcada—. Sabes que no nos queda otra.

Vale, disimulo no conseguido.

A regañadientes, me desenganché el arma que llevaba a la espalda y lancé un último vistazo a la ciudad mientras me daba la vuelta. Todo me inquietaba en aquel sitio.

No sé bien lo que esperaba, pero no era exactamente aquello.

Nada más llegar a la corte de Mikov, entendí por qué la gente hablaba con tanta admiración de las tierras de los señores de Threll.

Aquello no era una hacienda, ¡era una ciudad!

Una ciudad que se alzaba desde las praderas como una montaña de resplandeciente marfil, con hileras de mármol blanco cayendo en cascada hasta conformar el palacio de Ahzeen Mikov.

Era hermoso, sí, pero de la forma más fea posible. Al contemplar todas esas exquisiteces, no podía evitar preguntarme cuántas espaldas había sido necesario destrozar para levantarlas y cuántas chispas harían falta para derrumbarlas.

Me detuve en particular en la última parte, sobre todo cuando vi que a Tisaanah le cambiaba el gesto, muy levemente, tan pronto como entrábamos en la ciudad por medio de un estratagrama.

En el campamento, me había aliviado verla entusiasmarse otra vez con ese nerviosismo tan suyo en cuanto tuvo claro el plan, porque ¡lo que le gustaba un plan a aquella mujer!

Pero esa fuerza se había apagado un poco nada más poner un pie allí aunque intentase ocultarlo.

Seguía manteniendo la apariencia de una reina, pero estaba asustada, y me fastidiaba que aquel sitio tuviera ese efecto en ella, sobre todo cuando empezamos a reunirnos entre las sombras con un esclavo tras otro, amigos de Tisaanah que habían accedido a ayudarnos en nuestro pequeño proyecto, corriendo un peligro que no nos pasaba inadvertido ni un segundo, y me recordaban constantemente el pasado al que ella estaba teniendo que enfrentarse.

Estábamos a las puertas que rodeaban la residencia de Ahzeen Mikov, alojada en un recoveco entre edificios, mientras, a sus pies, seguía bullendo la actividad.

La fiesta ya había empezado y teníamos delante a dos guardias: uno que se apoyaba en un pie y luego en el otro, incómodo —y, al parecer, angustiado—, y otro, que era el que quería quitarme el arma y nos miraba con una fascinación que me hacía sentir como una rareza enjaulada.

—Tampoco es que podamos entrar en una fiesta armados hasta los dientes —terció Nura, soltando los puñales de las cinchas de las caderas. Para ella era fácil, porque seguro que llevaba como siete armas escondidas solo por la ropa interior.

—No veo por qué no —protesté.

En realidad, sí que lo veía, pero me apetecía poner pegas.

Suspirando, le entregué el arma al guardia y vi cómo la apoyaba en la pared.

A las syrizen parecía incomodarles la perspectiva aún más que a mí. Ariadnea y Eslyn se aferraron a sus lanzas hasta el último momento posible y renunciaron a ellas con la reticencia de un padre que entregase a su primogénito.

—Las recuperaremos cuando las necesitemos —nos tranquilizó Tisaanah.

La miré un instante y volvió a asombrarme, una vez más, su aspecto.

Llevaba un vestido rojo de seda sujeto a la cintura, con unas mangas abullonadas cuyo tejido resplandeciente se cerraba en las muñecas y una falda que caía en vuelo alrededor de los tobillos.

Sencillo pero perturbadoramente impresionante, sobre todo porque el tejido era tan ligero y delicado que se acomodaba a cada pico y a cada valle de su cuerpo.

Y todo aquello se sostenía solo con un nudo en la cintura.

A pesar de las circunstancias, no pude evitar imaginarme tirando de un extremo de ese lazo y viendo cómo el vestido se deslizaba por su piel y terminaba en el suelo.

Por lo visto, era suyo cuando vivía allí. Una doncella de la que era amiga nos lo había dejado, junto con otras provisiones, en un paquete escondido al otro lado de las puertas.

«En realidad, era un camisón —me había dicho, algo avergonzada, cuando se lo probó, dando una vuelta para enseñármelo—. ¿Se nota?».

Sí, pero de la mejor de las formas.

Solo que luego la había pillado frotando la seda entre los dedos, ceñuda y abstraída, y había caído en la cuenta de pronto de quién le había regalado aquel camisón y en qué circunstancias habría tenido que ponérselo, y me habían dado ganas de arrancárselo por una razón muy distinta.

Tisaanah dio las gracias a los guardias en thereni y cruzó con ellos unas palabras que yo no entendí, pero me sonaron alentadoras. El guardia nervioso no paraba de mirar, de un modo que me inquietaba, a la multitud que se agolpaba en la calle.

Indicó a los guardias que podían marcharse y se volvió hacia nosotros.

—Estamos listos —declaró.

Vi a los guardias doblar la esquina y desaparecer con nuestras armas.

—¿Seguro que podemos fiarnos de ellos?

—Sí. —Me siguió la mirada y mostró una sonrisita de suficiencia—. Tranquilo, que esos trozos de metal no son nuestras armas más peligrosas.

Cierto: la que acechaba en la mente de Tisaanah me daba más miedo que cualquiera de las personas a las que estábamos a punto de enfrentarnos.

Transcurrido un tiempo prudencial, nos dirigimos a la calle y nos acercamos a las puertas de la hacienda. Como estaba previsto, llegábamos bastante tarde a la celebración, con lo que la entrada había empezado a despejarse y solo quedaba en ella un puñado de invitados rezagados.

Las puertas se abrieron, como gigantescas mandíbulas doradas.

Me quedé al lado de Tisaanah. No me hacía falta mirarla para sentir cómo se agarrotaba al pasar bajo la sombra del arco de mármol. Le cogí un momento la mano y se la apreté, y luego dejé que nuestras manos se separaran despacio.

Entrábamos juntos y saldríamos juntos, se lo juraba. Y, entre medias, haríamos lo que habíamos ido a hacer allí. Tenía que ser así de sencillo.

Me froté los dedos y me tranquilizó el calor de las llamas que me lamían la piel.

Sí, el metal no era mi única arma y, llegado el caso, puede que hasta me gustara hacer pedazos a esos cabrones con mis propias manos. Cuanto más despacio, mejor.