65
Tisaanah
El encuentro con Reshaye aún resonaba en mi cabeza mucho tiempo después de que amaneciera.
Se sumió en un silencio tan absoluto que yo no podía más que dar por supuesto que todavía estaba recuperándose de lo del día anterior, solo que eso no significaba que no siguiera acechando hasta el último de mis pensamientos.
Me sentía enferma, sobre todo cuando salí de la tienda de campaña a la luz cruda del sol y vi a Max por primera vez desde que todo había cambiado entre nosotros.
Se detuvo en seco y se me quedó mirando, logrando, no sé cómo, parecer serio a pesar de aquella sonrisita reticente que asomaba por el lado izquierdo de su boca.
Se me encogió el pecho y no pude pensar más que en el sabor de su piel, pero solo durante una décima de segundo, porque Reshaye y sus celos volvieron a ocupar mis pensamientos.
Me fastidiaba que su rabia y su ausencia me aterraran por igual.
Y, sobre todo, me repateaba que hubiese anclado aquella rabia en Max.
¡Qué egoísta! ¡Qué egoísta me sentía! Porque, si esa cosa le hacía daño por mi culpa, si se lo hacía con mis propias manos...
Yo solo había conseguido dedicarle a Max una sonrisa desganada, distante, antes de liarme con los preparativos logísticos del día.
Reunimos al campamento a primera hora de la mañana y, aunque yo les daba pánico, tuve que dirigir a las personas que habíamos rescatado.
A fin de cuentas, Zeryth y yo éramos los únicos que hablábamos thereni, y el archicomandante tenía peor acento de lo que yo recordaba.
En medio de todo aquello, Max me agarró y me llevó un momento a un aparte, detrás de unas de las tiendas que quedaban en pie. Sin soltarme el brazo y con un amago de caricia del pulgar, me miró preocupado.
—¿Qué pasa?
—No pasa nada.
—No me trates como a un niño —respondió, frunciendo aún más el ceño. Y después de titubear un segundo, me preguntó—: ¿Es que...? ¿Tienes dudas sobre...?
—No —dije enseguida—. No, eso nunca.
Se mostró aliviado, aunque solo un instante.
—Entonces, ¿qué?
No contesté. La sola idea de empañar también su recuerdo de lo que había pasado entre nosotros me producía todavía más náuseas de las que ya tenía. Y aún era peor pensar que Reshaye pudiese ser testigo, de algún modo, de mi confesión...
—¿Me vas a hacer conjeturar? Porque eso siempre se me ha dado fatal, pero...
Me pasé los dedos por la mente una, dos, tres veces, para comprobar si había actividad, antes de bajar la voz y susurrarle:
—Reshaye lo sabe.
Se le tensaron de golpe todos los músculos de la cara.
—¿Qué ha hecho?
—Nada, nada... —Volví a comprobar: solo oscuridad—. No se lo pienso permitir.
Ojalá hubiera podido creérmelo.
—Ninguno se lo vamos a permitir —terció Max.
Ojalá él hubiera podido creérselo también.
Me pasó las manos por la cintura. Yo no quería otra cosa que ceder a aquella ternura, retirarme a la noche anterior y no volver jamás a la realidad. En cambio, apenas era capaz de mirarlo a los ojos.
—Hazme caso, Tisaanah, porque va en serio. Ayer lo controlamos, y vamos a volver a controlarlo. TÚ vas a volver a controlarlo.
«Yo no lo controlé ayer».
Guardé silencio, no quería verbalizar mi incertidumbre.
Me estrechó entre sus brazos, acariciándome la oreja con su aliento.
—Entramos juntos y saldremos juntos.
Intentaba convencerse a sí mismo, yo lo sabía, disfrazando de seguridad su desesperación.
Se me encogió el pecho. Subí la mano a su hombro y noté a través de la camisa el relieve de la cicatriz que yo le había provocado, un simple rasguño, para lo que era capaz de hacer.
Si Reshaye decidía atacarlo sirviéndose de mis manos, de mi cuerpo, ¿Max lo permitiría?
—Anoche me hiciste una promesa —conseguí decir—. Necesito que la cumplas, independientemente de lo que exija.
Y antes de que pudiera decir nada, lo atraje fuerte hacia mí y le di un beso largo y apasionado.
Luego me aparté a regañadientes y retomé los preparativos sin mediar palabra.
La organización ya estaba muy avanzada y habían pasado horas —horas de dudas tortuosas— cuando Zeryth me llamó desde el otro lado del campamento. Una vez que estuvimos fuera del alcance de oídos curiosos, me comunicó, con sospechoso desenfado, que tenía previsto regresar a Ara con los refugiados.
Se me cayó el alma a los pies.
—¿Por qué? —pregunté, con más ímpetu del que pretendía.
—Alguien tiene que escoltarlos y yo hablo thereni —dijo, metiéndose las manos en los bolsillos como si nada—. Además, tengo asuntos de las Órdenes que atender en casa.
¿Se había pasado seis meses deambulando por Threll y precisamente ahora tenía que volver corriendo a su despacho? La ansiedad había devorado la paciencia que me quedaba, con lo que tuve que hacer un esfuerzo considerable por controlar el tono.
—A ti se te respeta mucho. Nos sería útil contar hoy con tus aptitudes y tu reputación.
Se limitó a esbozar aquella sonrisa deslumbrante y forzada tan suya.
—No me necesitáis. Si lo que vi ayer es indicio de algo, tú eres más que capaz de hacer lo que sea menester.
Eso había sucedido con Reshaye, que a lo mejor ya no me ayudaba más, que igual era demasiado peligroso para desatarlo tan cerca de mis amigos.
—Pero en nuestro pacto...
—Nuestro pacto no menciona nada de mí. Te ofrece respaldo, que, sin duda, tienes a espuertas —añadió, y lanzó una miradita a Max al otro lado del campamento que no me pasó inadvertida.
Abrí mucho los ojos, agaché la cabeza, la ladeé.
—Pero tú eres importante.
La desesperación me estaba haciendo perder la sutileza. Estaba convencida de que Zeryth iba a detectar en mi conducta lo que había, pero, si fue así, lo disimuló bien, porque se limitó a darme una palmada en el hombro.
—Tú haz lo que tengas que hacer aquí, yo haré lo que tengo que hacer allí y nos vemos en las torres.
—La ambición que le brilló en los ojos casi me hizo estremecer—.
Seguro que te lo pasas en grande en esa hacienda, incluso más de lo que piensas.
—Lo miré sorprendida, intrigada, y él sonrió satisfecho—.
Me he tomado la libertad de escribir a Ahzeen Mikov para informarlo de que llegáis hoy.
Como le entusiasma tener invitados ilustres...
Desde luego. A Ahzeen no le preocupaba más que su posición social, y albergar a miembros destacados de las Órdenes era sin duda un honor para él, sobre todo si era a petición expresa del archicomandante.
—De hecho —continuó—, le ha alegrado tantísimo recibir una visita tan ilustre que me ha enviado invitaciones para un acto que ofrece esta noche.
Una celebración, al parecer, de su victoria sobre uno de sus nobles enemigos, para dar la bienvenida a casa a los generales, presumir de su gran riqueza y su vasto poder, y todo eso.
Conocía bien el percal: había bailado en muchas de esas fiestas, coqueteando por unas monedas de plata. Sin embargo, la cabeza se me quedó enganchada en una frase concreta: «dar la bienvenida a casa a los generales».
Serel formaba parte de la Guardia, estaba luchando en las guerras de Ahzeen y, quizá, se encontraría entre los soldados que regresaban.
—Esta es tu misión y tú decides cómo quieres abordarla —dijo Zeryth, encogiéndose de hombros—, pero por si quieres asistir...
—Se llevó la mano al interior del abrigo y sacó dos papeles doblados: uno era un estratagrama, supuestamente el compañero del que Zeryth había dejado en la hacienda Mikov, y el otro, metalizado, era una invitación escrita en una caligrafía floreada, en thereni—.
Si no recuerdo mal, eres muy aficionada a hacer alegatos dramáticos en fiestas de gala.
Volvió a encogerse de hombros, esbozó una sonrisita de suficiencia, dio media vuelta, se largó y me dejó allí plantada, contemplando aquel papel que brillaba como el platino y pasando el pulgar por el sello en relieve de la azucena.
Allí estarían todos los señores poderosos de Threll. Todos en la misma sala, dispuestos a ser testigos de lo que era capaz una antigua esclava. Y qué justicia poética habría en devorar el legado de Esmaris en el lugar donde él me había ido devorando a mí, poco a poco, noche tras noche.
Habría mentido si hubiera dicho que no me atraía la idea, pero Zeryth me subestimaba al presuponer que el espectáculo iba a ser mi interés principal. La fiesta me ofrecía eso, sí, pero también algo mucho más valioso: la oportunidad de disfrutar de la más hermosa de las distracciones.
Según iba forjándose aquella idea, fue dibujándose en mis labios una sonrisa.
Podía conseguirlo.
Podía liberar a los esclavos de la hacienda Mikov, sin recurrir siquiera a Reshaye.
En algún lugar de lo más hondo de mi ser, bajo la inquietud y la ansiedad que me habían asolado todo el día, echó raíces una flor perversa.