Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 64
81%

64

Tisaanah

Hacía solo unos minutos que se había ido y ya percibía su ausencia como un vacío doloroso en el centro del pecho. En la tienda hacía más frío sin él. Se me estaba poniendo la carne de gallina. Y empezaba a notar la sombra alargada de la ansiedad invadiendo los límites de mi pensamiento.

Ansiedad. Realidad.

Pero procuré quedarme un rato más allí tumbada, disfrutando de la sensación de bienestar. Pegué la palma de la mano al colchón, a mi lado. Estaba calentito. El aroma de él, el de los dos, aún se hallaba suspendido en el aire, dulzón, familiar y desconocido a la vez.

Había oído hablar de ello, claro, de todo lo que podía ser el sexo, pero sexo ni siquiera me parecía la palabra adecuada para lo que había pasado allí.

El sexo era el instrumento que yo había empleado para sobrevivir, ensayado e impersonal.

Lo nuestro era... más. No se trataba solo de algo corporal o placer físico, sino que implicaba vulnerabilidad, confianza.

Jamás pensé que abrirme de esa forma pudiese hacerme sentir tan bien.

Pero ¡por los dioses que lo había hecho! Tanto que me aterraba.

Todavía estaba tumbada así, con la mano pegada a la sábana, pidiendo que no se enfriara, cuando lo noté.

Una voz. La voz.

— Ya tienes lo que querías.

Reshaye estaba débil y cansado; su voz rezumaba un agotamiento que resonaba en mis huesos.

Eso me devolvió enseguida a la realidad.

Me asaltó tan de improviso que no tuve tiempo de mentalizarme antes de que se me agarrotara el cuerpo.

Los recuerdos del día anterior y las pesadillas que había sufrido me invadieron como una fuerza física.

Se me revolvió el estómago y recé para que no se refiriera a Max.

— Te he dado lo que querías: venganza —susurró. Mi alivio fue momentáneo. El recuerdo de las pesadillas, de mi mano en la puerta, del rostro de Max, de los gemidos de esa madre...—. Y tú te enfadas conmigo.

Se me paró el corazón.

— No —le dije.

— Sí, te lo huelo, lo percibo.

Volviéndose cada vez más frío, empezó a enroscarse en mis pensamientos como una serpiente.

— No estoy enfadada contigo.

— A mí no me puedes mentir.

Su pesar confuso se me propagó por la sangre, extendiéndose en volutas interminables. Me fastidiaba que les diera la vuelta así a todos mis pensamientos, que se arrimara peligrosamente a aquellos que quería para mí sola.

— Por favor... —empecé.

Pero entonces todo se detuvo.

Sentí su súbita punzada de traición, aguda y feroz.

Reshaye acarició un recuerdo de la noche anterior, la imagen tenue de Max acariciándome el vientre con la mano.

Aparté de él esos recuerdos antes de que pudiera ver más y los escondí en el fondo de mi mente.

Pero él se aferró a aquella imagen, a aquel pedacito, de los dedos de Max en mi piel.

Vuelta al principio. Lo mismo. Vuelta al principio. Lo mismo.

— ¿Qué es esto?

— Una ensoñación.

— Enséñame qué es esto.

— Me da vergüenza que veas mis fantasías...

— ¡A mí no me puedes mentir! ¡No puedes!

Estas palabras me sacudieron con un bramido que me desgarró desde dentro.

— Ahora lo entiendo: me vas a abandonar como lo hizo él. Los dos, juntos...

— ¡No! Nunca...

Pero sus siguientes palabras resonaron en mi interior con la acritud de los celos.

— Te lo he dado todo, os lo he dado todo a los dos, ¿y ahora me traicionas tú también?

— Yo...

¡Por los dioses, qué cansancio! Estaba agotada y asustada, mi cabeza no era capaz de encontrar las palabras adecuadas... ¡Y todo eso cuando Reshaye me había encerrado...!

— ¡Te he encerrado, sí! ¡Igual que vosotros a mí!

— Ibas a matar a gente inocente y a...

— Te estaba dando lo que me habías pedido. Yo te doy lo que quieres ¡y tú te entregas A ÉL! Habéis conspirado los dos contra mí. —Aquellos dedos en mi piel. Un recuerdo de dos segundos, repetido una y otra vez, obsesivamente—. Enséñame el resto.

No. No podía. Me negaba. Aquello era lo único real que tenía, lo único que era mío. Me obligué a serenarme. La situación era peligrosa. Debía ser cauta, contar mis pasos de baile.

— Tú me has hecho regalos que jamás habría imaginado. Yo nunca...

Un dolor intenso me quebró la visión, robándome el aire de los pulmones. Me agarré con fuerza a las sábanas de lino. Reshaye se estampó con fuerza contra mis pensamientos, arañándome con rabia la parte posterior del cráneo, inundándome la lengua con el dolor agudo del despecho.

Yo no podía pensar más que en los recuerdos de Max, en sus recuerdos de Reshaye, del día en que se lo había arrebatado todo. Solo podía pensar en todo lo que yo tenía que perder, allí, tumbada sobre aquellas sábanas que aún guardaban el calor de lo que me era más preciado.

Y, presa del pánico, le arrojé lo único que se me ocurrió ofrecerle, lo que más quería de todo, lo que siempre había vendido a cambio de mi propia seguridad y de la de mis seres queridos.

— Yo te quiero, Reshaye. Te quiero.

Un momento terrible. Aquellos dedos en mi piel, una y otra vez.

— A mí no me puedes mentir —dijo rabioso al tiempo que se sumía en el silencio, como una ola que se retira de la orilla, sin dejar atrás otra cosa que los restos mancillados de su furia.

— ¡TE NECESITABA! —le grité.

Con crudeza, con sinceridad, la verdad más fea de todas.

Pero, para entonces, ya se había ido.