63
Max
Me encontraba en una situación apurada.
Por un lado, tenía a una mujer hermosa y desnuda encima de mí, con la cara pegada a mi pecho, haciéndome cosquillas en la piel con su respiración lenta, y eso me hacía verdaderamente feliz por primera vez en semanas —joder, en años—.
Sería facilísimo acurrucarme con ella y ceder a un descanso tentador, abrazando la idea maravillosa de que seguiría allí cuando volviera a abrir los ojos.
Por otro lado, en cambio, tenía a una mujer hermosa y desnuda encima de mí, trazando círculos en mi pecho, medio dormida, y ninguno de los dos tenía la menor idea de qué sería de nosotros cuando despuntara el alba.
Puede que uno de los dos, o ambos, no saliera vivo de allí.
O quizá nos devolvieran de inmediato a las Órdenes para que libráramos la siguiente guerra, una vez concluida aquella.
O quizá Reshaye reforzaría su control sobre Tisaanah y nos arrebataría cualquier esperanza de pasar algún momento juntos y a solas en el futuro, una perspectiva que me aterraba de tal forma que prefería quitármela de la cabeza.
De todos modos, ¡a saber cuánto tiempo pasaría hasta que pudiéramos volver a estar así!
Igual necesitaba dormir, pero ¿más de lo que la necesitaba a ella, de lo que necesitaba pasar hasta el último segundo posible dentro de ella, o acariciándola, o mirándola, o escuchándola?
Quería memorizar todos los sonidos que hacía, todas sus expresiones, sus pecas o verrugas, como si fuera un cartógrafo y me tatuara en el alma el mapa de su ser. Aún tenía muchas rutas que explorar.
Estaba cansado, sí, pero había mucho que hacer.
Los círculos que trazaba Tisaanah empezaron a deformarse, convirtiéndose en eses perezosas sobre mi vientre. Me contraje y contuve la carcajada, pero no lo suficiente.
—¡Qué risita tan mona! —bromeó.
—Puede que confesarte que tengo cosquillas haya sido el mayor error de mi vida.
Deslizó los dedos un poco más abajo. Las cosquillas dejaron de ser un problema.
Estiré el cuello para mirarla. Parpadeó e hizo lo propio, con el ojo verde entornado, el pelo enmarañado por la cara y los labios, inflamados de tanto besarnos, esbozando una sonrisa pícara. ¡Por los Ascendidos, aquella sonrisa! Puede que ya supiera desde el principio que iba a ser mi perdición.
Enarqué las cejas como diciendo: «¿En serio? ¿Otra vez?».
—¿Demasiado cansado? —me preguntó, levantando más la cabeza y rozándome la cara con unos mechones de pelo negro y platino—. ¿Prefieres dormir?
Deslicé una mano por su costado, siguiendo el calor de su piel y la curva donde la cintura se unía a la cadera.
Menudo apuro, desde luego.
Atraje su cara hacia la mía, resignado a mi noble sacrificio.
—Si tú puedes, yo también.
Al final, tuve que apartarme de ella, muy a mi pesar.
Aún no había salido del todo el sol cuando, desafiando todos mis instintos, escapé de los brazos de Tisaanah, volví a vestirme y le di un...
, vale, dos..., bueno, tres besos de despedida.
Los dos estábamos de acuerdo en que era preferible evitar las preguntas incómodas que surgirían si nos veían salir de su tienda juntos ya de día.
La oscuridad me recibió con una bofetada de aire frío que me refrescó, pero también me deprimió, como si fuese una manifestación física de lo distinto que era el interior de esa tienda del resto del mundo.
Allí dentro, había podido escapar de la realidad y pensar solo en Tisaanah durante cinco horas gozosas.
En el exterior, estábamos rodeados de personas desplazadas, cuyos hogares se habían destruido, y estábamos a punto de enfrentarnos a la casa más poderosa de Threll.
Bueno, aquello era más eficaz que cualquier jarra de agua helada. «Sí, ya me acuerdo: todo es un horror».
Procuré avanzar en silencio por el camino que conducía a mi tienda, mirando de reojo las otras tiendas a oscuras y los cuerpos dormidos de mi izquierda.
La de Tisaanah estaba en la periferia del campamento, al lado de la mía, así que tampoco tenía que andar mucho.
Aun así, tuve cuidado de no despertar a nadie al levantar la solapa...
—Hueles a desenfreno.
Di tal respingo que tuve que reprimir una maldición y, al darme la vuelta bruscamente, vi a Sammerin sentado junto al camino, cruzado de piernas, delante de su tienda. Con su ropa oscura y su sigilo habitual, casi pasaba desapercibido.
—Joder, Sammerin, no me hagas eso. —Me acerqué y le examiné la cara, intentando que no se diera cuenta—. ¿No tienes nada más productivo que hacer, como dormir, por ejemplo? Igual sería una forma mejor de invertir tu tiempo.
Incluso a oscuras se le veían las ojeras y en su rostro sereno y risueño pesaba el agotamiento.
El día anterior había sido largo y duro para él: muchas personas a las que sanar, y, además, tumbar a Reshaye le había exigido una cantidad ingente de energía.
La última vez que lo había visto estaba tan derrengado que volvía a su tienda casi a rastras.
Sammerin se limitó a estudiarme, con aquella mirada cómplice brillándole en los ojos y las cejas algo enarcadas.
—¿Te lo has pasado bien?
—No sé de qué me hablas.
—Max, ¿qué es esto? —me preguntó, señalando su tienda.
Sabía que aquello no iba a terminar bien para mí.
—Me encantaría jugar contigo, pero tengo muchas cosas importantes que hacer.
—Es una tienda de campaña, un refugio hecho de tela, que no es un material conocido precisamente por su aislamiento acústico.
—Me dijo todo aquello con una voz tranquila y uniforme, pero en sus ojos cansados refulgía la risa—.
Tienes suerte de que yo sea el único que está lo bastante cerca como para haberlo oído.
La sola idea de que Zeryth o Nura...
Me estremecí, pero procuré disimularlo.
—En primer lugar, soy un caballero, e insisto: no sé de qué me hablas. Pero, en segundo lugar, si lo supiera —¡hipotéticamente!—, me parecería muy sospechoso que hubieras estado pegando la oreja.
—Te puedo asegurar que he hecho todo lo posible por no oír nada, pero, mira, al menos nos hemos quitado de en medio lo inevitable. —Entonces le cambió el gesto y se esfumó su expresión risueña—. Espero que los dos estéis preparados para lo de hoy.
Se me hizo un nudo en el estómago. Era cierto, dentro de unas horas, Tisaanah volvería a entrar en el hogar del hombre que...
En fin, no quería ni pensar en todas las cosas que esas personas le habían hecho.
Ella, mejor dicho, nosotros estábamos a punto de asaltar la casa más poderosa de Threll.
Y yo iba a tener que verla ponerse en esa clase de peligro. Y luego, claro, estaba Reshaye...
—Estaré más preparado cuando duerma una hora más —refunfuñé, tragándome la ansiedad.
Sammerin se me quedó mirando un par de segundos más con aquella preocupación inquisitiva y luego se encogió de hombros.
—Al menos, si mueres, lo harás feliz.
—Que te den.
—¿Porque a ti ya no te quedan fuerzas?
Me metí en la tienda de campaña reprimiendo una carcajada.