Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 1 #2
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A la mañana siguiente, Serel y yo estábamos apoyados en la borda. Apenas había vuelto a dormir aquella noche, pero, salvo por el dolor de ojos, no estaba cansada. Al contrario, sentía como si me recorriera una energía especial.

Serel, a mi lado, levantó bien alto la cabeza y parpadeó hacia la brisa marina.

—Llegamos hoy, ¿no? —me dijo.

—Las syrizen dicen que estamos cerca de la orilla. Si despeja un poco, quizá podremos ver ya las torres.

Soltó un silbido largo por lo bajo.

—Las torres, ¡menuda vista debe de ser!

—Es espectacular.

Eso era innegable. Cuando yo llegué a Ara, estaba tan febril que apenas recordaba la travesía. Lo único que tenía presente era aquella vista: la de las torres, enmarcadas sobre los imponentes acantilados aranos. Me pareció tan espléndida que enmudecí por dentro.

Y, por primera vez en semanas, había albergado esperanzas.

Reshaye olisqueó el recuerdo y soltó una risita amarga.

— ¡Qué boba eras! ¡Qué ingenua!

—Jamás pensé que fuera a vivir para verlo —dijo Serel, con una sonrisa permanente en los labios, aunque la voz se le quebró un poco y yo detecté enseguida la profundidad agridulce que escondía esa frase.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Te va a encantar —le aseguré.

Me convencí de que era cierto. Tenía que serlo. A Serel le encantaba casi todo. Era optimista por naturaleza. No había motivos para que Ara le inspirase otra cosa. Aun así..., era tanto lo que él no sabía, lo que tampoco sabía yo...

Me di la vuelta y miré al otro lado de la cubierta. Casi todos los pasajeros se habían levantado ya, con lo que estaba excepcionalmente abarrotada. Todos sabían lo cerca que estábamos y ninguno quería perderse las primeras vistas de Ara.

Las emociones de los refugiados estaban muy desprotegidas en comparación con las de los aranos. La inquietud esperanzada se palpaba de tal forma en el aire que era como respirar una neblina melosa. Además, yo percibía lo que había debajo: nerviosismo, incertidumbre, miedo...

Miré al fondo del barco, donde un grupo se arremolinaba en torno a dos figuras.

Uno era un joven, Filias, algo mayor que Serel, con el pelo oscuro muy corto y barba de varios días.

Tenía unos ojos grandes y profundos que casi siempre estaban fruncidos, como si evaluase el mundo con un recelo innato.

A su lado, una mujer de cincuenta y tantos años, de rostro sereno y pelo rojo entrecano: Riasha.

Eran inseparables y siempre estaban rodeados de gente.

Aunque los dos habían sido esclavos en la hacienda de Esmaris, apenas los conocía, porque mientras que yo estaba básicamente confinada en la casa, ellos vivían en la periferia y trabajaban en las granjas.

Serel había coincidido con Filias unas cuantas veces, cuando a este último le tocaba hacer guardia, pero yo no los había conocido hasta que subieron a bordo del barco, y lo primero que noté fue la determinación que irradiaban.

Casi todos los pasajeros estaban allí porque querían labrarse una vida mejor, pero lo que querían Filias y Riasha era construir algo más grande. Yo lo apoyaba por completo, claro, pero ellos me miraban con recelo, sobre todo Filias.

No me ofendía, ni siquiera me sorprendía.

Habrían oído historias sobre mí y mi magia terrible y, aunque todos habíamos sido esclavos del mismo amo, los que íbamos en el barco éramos muy distintos unos de otros.

Todos procedíamos de naciones caídas muy dispares, algunas de las cuales habían estado en guerra entre sí durante años, hasta que habían llegado los threllianos para convertirse en una amenaza mayor.

Para algunos, yo era una salvadora; para otros, una bruja nyzerense que le había vendido el alma a algún dios oscuro, alguien que los había ayudado, sí, pero no necesariamente alguien de quien fiarse.

A lo mejor hacían bien en pensar eso. Puede que hubiera sacado a mi gente de un país destrozado por la guerra solo para llevarla a rastras a otro igual.

Quizá no pudiera protegerlos si ni siquiera sabía cómo protegerme yo, con el pacto de sangre que había hecho con las Órdenes y Reshaye bien enterrado en mi cabeza.

Sin darme cuenta, deslicé los ojos por la cubierta hasta toparme con Max, que estaba asomado a la borda, al lado de Sammerin.

Parecía entretenido despotricando de algo.

Me pregunté si tendría idea de lo fácil de interpretar que era.

Yo estaba muy lejos y, aun así, casi tenía la sensación de que lo oía.

—Y el sexo, ¿qué tal?

Espantada, me volví enseguida hacia Serel, que me sonrió con picardía.

—¿Qué?

—Ya me has oído.

—No hay sexo.

—Ay, perdona: hacer el amor.

—¡Serel! —Noté que se me encendían las mejillas aunque intentara parecer muy seria y convincente—. No hay sexo ni hacer el amor.

—Sería una lástima si fuera cierto, pero no lo es.

—¿Qué te hace pensar que...?

—Que él te mira como si quisiera devorarte, despacio, con la lengua.

Me ardía la cara ya. No obstante, dediqué un momento a disfrutar de la imagen que esas palabras me habían creado en la cabeza.

—¿Ves? —dijo Serel, señalándolo con un gesto. Y, en efecto, cuando me volví, Max me estaba mirando fijamente. Cuando nuestros ojos se encontraron, me saludó con la mano, con un desenfado poco creíble, y luego miró a otro lado.

¡Por los dioses, era facilísimo de interpretar!

—Pueees...

Aún estaba decidiendo cómo iba a responder a aquello cuando Serel abrió mucho los ojos de repente y se aupó para mirar por encima de mí. Se oyeron vítores en thereni y una oleada de sorpresa se alzó entre la multitud.

Serel masculló una maldición de asombro.

Me di la vuelta.

La bruma se había levantado y el blanco neblinoso había dado paso al contorno de Ara.

Y allí, ante nosotros, por fin, estaban las torres.