Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 60 #2
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—No eran nada del otro mundo, la verdad.

El artista había pintado, más que nada, a su esposa holgazaneando en un jardín, y digamos que se veía a la legua que no era más que un aficionado.

Pero había algo muy auténtico en aquellas pinturas.

Casi me lo imaginaba desviviéndose por cada pequeño trazo borroso —dijo con una risa incómoda—.

Es que iba muy borracho. —Cerré los ojos y me imaginé allí con él—.

Pero lo que me tumbó del todo fue aquel cuadro inmenso, una verdadera obra de amor, y la fecha escrita en él...

—Se aclaró la garganta con un ruidito—. El cuadro era del día de lo de Sarlazai, cuando yo estaba en los montes, haciendo...

, bueno, ya sabes... En algún lugar, lejos de allí, ese hombre estaba sentado en su jardín, pintando a su esposa corriente con la admiración con que se pintaría a una puta diosa.

Y eso... me impactó. Me impactó tanto que lloré como un adolescente con el corazón partido. Porque lo había olvidado.

—¿Lo habías olvidado? —susurré.

—Había olvidado que uno podía ser así, que alguien, en algún lugar, estaba pintando unos cuadros horrendos de su mujer en un jardín.

Estaba tan ido que ni me acordaba de que existía realmente ese tipo de satisfacción sencilla, y menos aún que a la vez podían estar sucediendo cosas terribles.

—Se me encogió el corazón. Asentí—. Tampoco es que yo tuviera una esposa a la que pudiese pedir que se tumbara por ahí para pintarla, aparte de que pinto de pena, pero después de llorar hasta el agotamiento y recuperado ya de la melopea, me dije...

—Se encogió un poco de hombros a la vez que se volvía despacio a mirarme—.

Me dije: «Pero me puedo hacer un jardín».

«Plantó hasta la última flor, de forma obsesiva», me había dicho Sammerin una vez. Entonces lo entendí. Cerré los ojos y busqué a tientas el colgante, acariciando con el pulgar el tercer estratagrama de la parte posterior, el que me llevaría de vuelta allí.

—Era un jardín precioso.

—El mejor de Ara.

¡Por los dioses, no pensé que fuese a echarlo tanto de menos!

Tras un silencio largo, Max dijo con voz más solemne, casi vacilante:

—Tú también me produjiste esa sensación, Tisaanah.

—Se me cortó la respiración—. No enseguida, aunque reconozco que con «Esa cosa que hace chaschás» me encandilaste, sino unas semanas después, cuando me contaste a qué habías ido a Ara y lo que tenías pensado hacer...

Se me había olvidado que la gente podía ser así, que había personas que no querían más que hacer algo bueno por el mundo.

Se me empañaron los ojos. Yo quería eso, con desesperación, lo quería aunque ahora ese objetivo quedase tan lejos de mi alcance.

Mi madre y Serel se habían sacrificado por mí porque creían que podía convertirme en algo grande, pero, con el eco de los sollozos de aquella mujer destrozándome los oídos, no sentía más que vergüenza.

Eché un vistazo a Max, a su mirada solemne, y hubo algo en ella que lo atravesó todo, todas las dudas, las inseguridades.

—Pero también tú eres mucho más que eso, Tisaanah —me dijo con ternura—.

Creo que se te olvida. Le has puesto tanto empeño como yo, has visto todo lo que merecía la pena ver, me has obsequiado con tus chistes francamente malos y te has...

convertido en mi amiga. Tus objetivos me hicieron respetarte, sí, pero ha sido todo lo demás lo que me ha...

—Cerró la boca, se aclaró la garganta, miró a otro lado y de nuevo a mí—.

Ya te dije que juntos encontraríamos una forma de hacer esto, y lo decía en serio.

Te voy a apoyar hasta el final, Tisaanah.

¡A ti! Si decides huir, te juro que hallaremos el modo.

Y si arde todo, me quemaré a tu lado y seguirá siendo lo mejor que...

No me di cuenta de que me había echado a llorar hasta que la boca me supo a sal.

—Para...

De pronto tenía sentido.

«¿Qué es lo que buscas tú?», le había preguntado a Max hacía muchos meses, y no había llegado a obtener respuesta, no del todo. Pero ahora lo entendía, entendía por qué tenía tanta fe en mí. Porque Max quería, por encima de todo, creer que había una persona capaz de cambiar las cosas. Porque...

«Si tú puedes, yo también».

—Tú puedes aunque yo no pueda —logré decirle, frunciendo el ceño—. Es fácil morir por alguien, pero es mucho más valioso vivir. No te doy permiso para fracasar si fracaso yo. ¿Te enteras? —Al ver que no contestaba, insistí—: Que si te enteras.

—Sí —susurró.

—No te creo —dije, cogiéndole la cara con ambas manos y apoyando mi frente en la suya.

Seguía oliendo a ceniza y a lilas, como si se hubiera llevado consigo los restos de su jardín hasta el otro lado del océano—.

Eres el mejor de los hombres, Maxantarius Farlione, por más que te empeñes en convencer al mundo de lo contrario.

Prométeme que continuarás librando tus batallas aunque yo pierda la mía.

—No la vas a...

—¡Prométemelo!

Sus dedos se arrimaron a mi rostro y me acariciaron la mejilla. Y entonces, como si se hubiera roto un hilo, me estrechó en un abrazo súbito, feroz. Cedí a él con naturalidad, deslizando los brazos por sus hombros, acomodando las rodillas para poder enroscarme en él.

—Te lo prometo —me susurró contra el pelo.

Confiaba en que no esperase que lo soltara, porque no pensaba hacerlo. Quería ahogarme en él, en la sensación que me producían su pecho, los latidos de su corazón, su respiración. Un recordatorio que necesitaba desesperadamente: «Seguimos vivos y seguimos juntos».

Giré la cabeza un poco para pegar la cara a la piel suave de su cuello y poder respirarlo y retener su olor en los pulmones.

Le rocé el cuello con los labios.

Me apretó fuerte la espalda y el tacto de sus dedos me abrasó de arriba abajo, haciendo asomar mis latidos a la piel. Y, en aquel instante, una verdad se consolidó en mi corazón, en mi alma, en mi sangre: en el fondo, no había deseado otra cosa que aprovechar aquella ocasión.

Porque deseaba a aquel hombre.

Lo deseaba de muchísimas formas: como amigo, como alma gemela, como feroz compañero de equipo, como piel, labios, dientes, como jadeo de aliento contenido en la oscuridad o abrazo perezoso al amanecer. Deseaba eso. Lo quería todo.

Volví a acariciar su piel con los labios, saboreando la sensación de aquel gruñido mudo que se le escapó al soltar el aire. Continué hacia arriba, hacia la esquina de su mandíbula, paseando la boca por su contorno afilado, por encima de la textura elevada de la pequeña cicatriz que tenía allí.

Una pregunta muda.

Se estremeció.

Se estremeció y se apartó bruscamente de mí, lo justo para clavar su mirada intensa y espeluznante en la mía... mientras soltaba de golpe:

—Esto no es lo que quiero.