61
Max
«Esto no es lo que quiero».
Todo dependía de la definición de esto : aquellas palabras podían ser una verdad irrefutable o la mentira más gorda que le había soltado a nadie, o a mí mismo, en toda mi vida.
Aun así, la frase se me escapó de entre los labios sin que pudiera pararla y la cara de pena que puso Tisaanah me destrozó.
—Ah —dijo, haciendo un mohín.
Tenía una boca perfecta, con el labio superior algo más grueso que el inferior y unas comisuras que siempre, ¡siempre!, se curvaban ligeramente hacia arriba justo por el extremo, incluso en momentos como aquel.
Costaba no mirarla fijamente. Me había pasado desde el principio.
Pues eso: que todo dependía de la definición de esto .
Si esto era notar sus labios en el cuello, o aquel sonidito que sospechaba que ni siquiera era consciente de haber hecho, o la sensación que me producía estrecharla en mis brazos... Si era el sonido de su voz, o su forma de ver el mundo, o sus chistes malos...
—No me esperaba esto de ti, Tisaanah —conseguí decirle. Aún estábamos tan cerca que nos rozábamos la nariz y me era imposible centrarme en las palabras que le acababa de decir con dificultad—. Casi todas las personas a las que has conocido te han utilizado y yo no... Esto no...
Y yo no iba a ser otra de esas personas, ni queriéndolo ni sin querer.
«Esto no es lo que quiero».
Si esto eran sus labios, su cuerpo, sus besos, sus caricias..., mentiría si decía que no había pensado en esas cosas, que no había tenido que empujarlas a un rincón oscuro de mi mente, donde no perturbarlas nunca, donde no sopesarlas jamás.
Pero si esto era su amistad, su compañía, su confianza, su felicidad, su seguridad...
Eso valía más para mí de lo que valdría nunca ninguna otra cosa.
Eran absolutamente irreemplazables. Y por ellas guardaría todo lo demás en una caja, bajo llave, para no volver a pensar en ellas si hacía falta. Ya estaba dispuesto a hacerlo.
Le acaricié con el pulgar la mejilla izquierda, donde la piel dorada se volvía blanca.
—Podemos borrar el último minuto y medio, Tisaanah. No volver a hablar de ello.
—¿Eso es lo que quieres? —me preguntó.
—¿Es lo que quieres tú?
Estábamos tan cerca que nuestros alientos se fundían en uno. El suyo temblaba, ¿o era el mío?
—No —contestó sin dudarlo.
Noté en el pecho un tirón que no supe —o quizá no quise— identificar.
—Hoy ha sido un día duro —masculló—. He visto cosas que me han dado miedo. He hecho cosas que me han dado miedo. Quiero hacerte mío esta noche porque tal vez no haya un mañana, así que, no, no me apetece borrar nada.
¡«Hacerte mío»! No estaba en absoluto preparado para la reacción que eso me produjo: un deseo casi primario, vertiginoso, que me abrasó todos y cada uno de los músculos. Jamás pensé que aquellas palabras pudieran sonar tan atractivas.
—¿Es lo que quieres tú? —me preguntó—. ¿Olvidarlo?
Me miró fijamente, con la luz de la luna reflejada en los ojos, aquellos ojos desiguales e impresionantes que en ese momento, como de costumbre, me calaban.
Tenía la mirada cansada, llevaba el pelo sucio y alborotado, y una ropa corriente y demasiado grande, y, sin embargo, de pronto sentí que me costaba respirar, porque decir que era guapa habría sido quedarse corto hasta límites insultantes.
Se me encogió el pecho y caí en la cuenta de qué era lo que había estado sintiendo: pánico, puro pánico.
«Esto no es lo que quiero».
Porque aquella mirada siempre detectaba mis mentiras.
Y aquello iba mucho más allá de un beso, una caricia, un abrazo, sexo... Si abría esa puerta, estaría entregándole algo mucho más profundo; sabía que ocurría lo mismo por su parte: que me estaba confiando algo valiosísimo.
—¿Max...? —dijo con los dedos a ambos lados de mi cara.
Negué con la cabeza.
—No —murmuré—. No, no es eso lo que quiero.
Y con aquellas palabras se rompió la tensión.
Nos movimos a la vez: ella se me echó encima y yo le pasé los brazos por la cintura, atrayéndola hacia mí.
Busqué su boca con la mía, primero como una caricia, por ver qué sensación me producía el contacto con sus labios, y luego de una manera más intensa, cuando empezamos a hablar el mismo idioma mudo.
Un toque de su lengua me produjo un escalofrío por la espalda y mis juegos le hicieron soltar un pequeño gemido.
¡Por todos los putos Ascendidos! Ese sonido. Decidí que bien podía pasarme el resto de mi triste vida aprendiendo formas nuevas de provocárselo.
Noté que asomaba a sus labios una sonrisa pícara.
—A la tienda —susurró con dificultad porque no dejamos de besarnos lo suficiente—. Ya.
Joder, ¿quién era yo para cuestionarla?