60
Tisaanah
Llamarlo «pesadillas» habría sido como llamar «llovizna» a un tifón.
Pasé horas enredada en mis peores recuerdos, todos revueltos, todos atacándome y estrangulándome a la vez.
Eran como la realidad, pero degenerada: mi madre despidiéndose de mí al tiempo que se pudría y se le caían los ojos de las cuencas, Esmaris levantando el látigo mientras la piel se le volvía sombra y llamas...
Y, por más que me resistía y luchaba, no conseguía escapar. Volvían a atraparme cada vez.
Cuando desperté, ya había anochecido hacía rato.
Estaba en una cama improvisada dentro de una tienda de campaña, con Max a mi lado desde antes de que estuviese siquiera lo bastante consciente como para reconocerlo.
Por lo visto, habían montado un campamento relativamente rápido.
Zeryth, Nura y Max me explicaron lo que había ocurrido. Yo escuché, algo atontada.
—¡Has estado espectacular! —me dijo Zeryth sonriente.
Yo no me sentía espectacular. Me habían echado de mi propia mente.
Lo miré, pero no le contesté. En su lugar, me volví hacia Max y me puse en pie, sin pensar mucho en cómo se agitaba y resbalaba el suelo que pisaba.
—Enséñamelo —le pedí.
Me obedeció. Subimos juntos a lo alto de la colina donde antes estaba el edificio nyzerense.
La mitad se mantenía a duras penas, mientras que la otra no era más que un montón de escombros de piedra y madera.
Una de las columnas que quedaban en pie se sostenía en equilibrio inestable.
Había manchurrones rojos por algunas piedras, potentes y agresivos, incluso bajo la luz de la luna.
Miré al otro lado de la colina, a las lenguas de humo negro que se alzaban a lo lejos.
—Cadáveres —me dijo Max, siguiéndome la mirada.
—¿De esclavistas?
—Sí, hasta el último de esos cabrones.
Pensé que me iba a impactar más.
—¿Y los esclavos?
—Hay más de ciento cincuenta personas en el campamento —contestó, señalando las tiendas de campaña y las hogueras que salpicaban la loma.
—¿Solo había esos? —Me fastidió el silencio que llegó después. Se me hizo un nudo en la garganta—. ¿Solo esos? —insistí.
—A uno de ellos le cayó un sillar encima cuando se derrumbó el edificio. Sammerin hizo todo lo posible, pero ha muerto.
«Ha muerto». Agradecí su franqueza, nada de: «No ha sobrevivido», ni: «No hemos podido salvarlo».
Había muerto. Había muerto porque yo había perdido el control. Y no habían muerto más porque Max me había parado y Sammerin me había obligado a caer.
Se resquebrajó mi aturdimiento, pero no llegó a hacerse pedazos del todo.
—Quiero verlos —dije, señalando el campamento.
Max asintió y me llevó abajo para caminar entre los grupos de personas.
No había tiendas suficientes para todos, pero la noche estaba despejada y templada, con lo que muchos se habían instalado en torno a los fuegos.
No todos eran nyzerenses, a fin de cuentas los threllianos habían conquistado y esclavizado a casi una decena de países y a, juzgar por los acentos que se oían, casi todos debían de tener representación allí.
Solo que, aunque procediesen de naciones distintas, quizá ya se sintieran hermanados.
Estaban todos juntos, tranquilos aunque extenuados.
Cómodos, por lo menos. Según me dijo Max mientras avanzábamos, habían conseguido recuperar una buena cantidad de provisiones del cuartel general de los esclavistas, lo que explicaba las tiendas de campaña, la comida y las camas improvisadas.
Oí unos gemidos que salpicaban la conversación sigilosa y me detuve. Volví la cabeza hacia unas figuras agolpadas cerca de los límites del campamento. Una mano caliente me agarró del hombro.
—No va a servir de nada —masculló Max—. Créeme, sé lo que digo.
Pero me zafé de todos modos y no intentó detenerme.
El cadáver estaba envuelto en jirones de tela blanca con los que se había improvisado una mortaja nyzerense.
Era un cuerpo pequeño y delgado, quizá de un adolescente.
Egoístamente, agradecí no poder verle la cara.
Una mujer de mediana edad lloraba a su lado, arrojándose sobre él; el pelo castaño encrespado se le agitaba alrededor de la cara con cada sollozo.
Aquello rompió por fin mi aturdimiento y el dolor de la mujer me asaltó con tanta fuerza que me ahogaba.
Abrí la boca, pero no dije nada. ¿Qué iba a decir?
, ¿que lo sentía?, ¿que le ofrecía mis condolencias, mis oraciones, mis respetos?
¿Qué valor iban a tener para ella las oraciones de la mujer que había asesinado a su hijo, las bendiciones de los dioses que habían permitido su muerte?
Se me cerró la garganta. Di media vuelta antes de que sus ojos me encontraran, pero fui algo lenta. Oí los primeros cuchicheos en cuanto empecé a alejarme del fuego y sentí que crecía como el vapor el número de personas que me reconocían, a medida que los ojos iban volviéndose hacia mí.
Fijé la vista al frente mientras Max y yo regresábamos a mi tienda, pero no me hizo falta mirarlos para notarlo, ni prestar mucha atención para oír sus murmullos. Me tenían miedo. «Bruja —decían sus pensamientos estremecidos—. Monstruo».
La pradera ondulante era tan hermosa a la luz de la luna como bajo el resplandor ambarino del sol. Me recosté contra la corteza lisa de un árbol y observé cómo fluía.
Había estado mirando fijamente el techo de mi tienda hasta que fuera se hizo el silencio. Luego me levanté y paseé descalza por el campamento, hasta llegar a los llanos, donde me instalé junto a un árbol y varias matas de flores silvestres para contemplar el paisaje ondulado, y también para pensar.
No me sorprendió oír poco después unos pasos silenciosos que se acercaban. No tuve ni que mirar para saber quién era. Después de todo, solo había una persona que se unía a mí cuando meditaba a medianoche.
—¿Tú también? —pregunté, y Max soltó una especie de carcajada contenida.
—Yo también.
Se puso a mi lado. Oí un crujido y, al mirarlo, vi que estaba arrancando unas flores muertas de la mata y convirtiéndolas en cenizas con el fuego que le brotaba de las manos.
Igual que lo hacía en su jardín, como lo había hecho la primera vez que nos habíamos sentado juntos por la noche después de un encontronazo con la muerte.
—Perdona —me dijo, y cruzó las manos en el regazo al ver que lo miraba—. La fuerza de la costumbre.
—No, si... —«Si me encanta...»—. Seguramente es bueno para ellas.
Escudriñó las flores, de pétalos índigo rematados de blanco.
—Me pregunto si podría conseguir que estas crecieran en casa.
—El clima es muy distinto.
—Nada que un conjuro adecuado no pueda arreglar.
Deslicé la vista por la colina y observé las tiendas de campaña lejanas y las figuras durmientes esparcidas alrededor de las hogueras humeantes.
Ciento cincuenta personas sin casa. Algunos habían expresado su deseo de volver a sus poblaciones, o a lo que quedara de ellas, pero muchos habían optado por viajar a Ara bajo la protección oficial de las Órdenes.
Ara, un país donde podían ser libres, pero que era tremendamente distinto del suyo y en el que no tenían propiedades, amigos, dinero ni una lengua en común.
Ojalá fuera tan fácil ayudarlos a integrarse.
—Cualquier otro sitio al que vayan será mejor que donde estarían ahora mismo si no los hubieras ayudado —me dijo Max, siguiendo mi mirada.
Pensé en aquel joven amortajado y en los lamentos de su madre. «No todos».
—Lo último que recuerdo —dije en voz baja— es mi mano en la puerta y tu cara.
Nada más. Solo... imágenes sueltas. —Destellos de sangre, de podredumbre, de mariposas rojas.
Imágenes sueltas de mi lucha con Max. Miré su costado, reviviendo el recuerdo vago de haberle pasado la espada por las costillas—.
Sé que estás herido aunque no me lo hayas dicho.
—Estoy bien —contestó, mirando a otro lado.
—Pero ¿y si no estuvieras bien? ¿Y si ellos no estuvieran bien? ¿Y si...? —Cerré los ojos y, en un momento de oscuridad, reviví la voracidad frenética y agotadora de Reshaye—. Era como si estuviese... borracho. Sentía cada muerte y...
—Y se crecía con ellas —terminó la frase Max.
—Esa cosa no habría parado —dije con un nudo en la garganta—. Yo había perdido el control, ¡tanto que ni me acuerdo! ¿Y si vuelve a suceder?
—No lo vamos a permitir.
¿Bastaba con eso?
Las cosas que yo podría haber hecho... El pánico aterrador que me producía la sola idea me estrangulaba. Se me llenaron de lágrimas los ojos. Y entonces dije algo que nunca, jamás, había dicho en voz alta.
—No puedo con esto. No soy lo suficientemente fuerte.
Se hizo el silencio. Estudié las formas abstractas de la hierba y la gravilla, más que nada porque me parecía una alternativa mucho más manejable que mirar a Max a la cara.
—Te voy a contar una cosa —me dijo por fin—.
Al acabar la guerra, cuando terminó... todo, estuve hecho un asco durante mucho tiempo.
Años de tugurios donde se consumía alcohol barato y semillas de seve, de deambular sin rumbo y poco más.
Una noche empecé la típica pelea patética en el típico pub patético y me echaron a la calle de la típica patada patética.
Hacía un invierno gélido ese año, así que iba dando tumbos por la capital, temblando como una rata mojada.
Me llevé las rodillas al pecho y apoyé en ellas la mejilla para mirarlo. También él me miró y a mí me sobresaltó un poco ver que parecía casi tímido, avergonzado.
—Y ya sabemos todos que yo no estoy hecho para eso.
Reí.
—Así que me metí como pude por la primera puerta que encontré —continuó—. Era una pequeña panadería, pero la habían acondicionado para exponer unos cuadros por la noche...
Según se adentraba en el recuerdo, su mirada fue perdiéndose en el horizonte. Me pregunté si sabría lo mucho que su expresión reflejaba sus pensamientos cuando hablaba, o lo que me encantaba eso de él.