Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 59
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Max

Exploré su rostro en busca de algún indicio de mi amiga, pero no vi rastro de Tisaanah en esos rasgos ni en esa voz. Se me cayó el alma a los pies.

«Vamos, Tisaanah, vuelve».

—Ya has terminado —le dije.

Arrugó la nariz con una mezcla de pena y desdén.

—No es suficiente.

—Ya has terminado —insistí.

Las mariposas rojas seguían brotando de su piel, amontonándose a su alrededor como si estuvieran formando unas alas para después alzarse al techo, pero ya salían deformes y eran poco más que bultos voladores.

—Vuelve, Tisaanah. Aún estás aquí.

Se me quedó mirando un segundo y bulló en mi pecho la esperanza.

Luego el desdén se acentuó.

—No hemos terminado —bramó furiosa, y me lanzó un tajo brutal con Il’Sahaj.

Joder.

Lo paré, y luego otro y otro. Cada vez que su espada chocaba contra mi arma, la negrura trepaba por el fuego líquido que rellenaba los relieves.

Su magia se estaba apoderando de la mía, propagándose a las venas talladas del asta de mi lanza.

Empezaron a arderme las palmas de las manos, por donde la piel estaba en contacto con el metal.

Una mariposa chocó con mi frente y el dolor que me provocó me hizo arrugar el gesto.

Bloqueé otro tajo con violencia, arrojando a Tisaanah contra la pared.

Topó con ella, se tambaleó y tardó un momento en recobrar el equilibrio.

Por cómo le flojearon las piernas, supe que Reshaye aún no tenía un control absoluto de su cuerpo.

Una oportunidad perfecta. El luchador avezado que yo llevaba dentro conocía tan bien aquel lance que me vibró en los brazos.

Con cualquier otro rival, habría sido el fin, pero no se trataba de un rival cualquiera, sino de Tisaanah, y solo me cabía rezar para que el momento de estupefacción por el impacto le permitiese recuperar el control.

En cambio, ella ladeó brevemente la cabeza antes de posar los ojos en mí y atacar.

Paré el golpe y puse cara de dolor cuando empezó a arderme la piel de las manos.

¿Dónde estaba Sammerin? No veía nada con la mierda de mariposas.

Solo podía apartar la vista de ella un instante cada vez, pero, cuando lo hacía, buscaba su espalda en aquella montonera de rojo.

Otro ataque, otro bloqueo, otro brote de negrura putrefacta.

—Te estás conteniendo, Maxantarius —me dijo, inflando las aletas de la nariz—. ¿De qué tienes tanto miedo?

Me aparté. Me moví saltando por encima de los cadáveres, con cautela, para no resbalar en el suelo cubierto de sangre y de podredumbre oleosa, solo para que volviéramos a chocar mientras se dibujaba en sus labios una pequeña sonrisa pensativa.

—Ya sé lo que eres de verdad. Lo sé todo de ti. —Se le agrió la sonrisa—. Yo te he regalado esos dones y, aun así, nunca...

La negrura siguió trepando por las venas de mi lanza.

¡Por todos los Ascendidos, mis putas manos...!

Me lanzó otro tajo y, una vez más, lo esquivé.

—Este sería el momento perfecto para volver, Tisaanah —bramé.

«Por favor, Tisaanah, sé que lo puedes conseguir».

El mundo se volvió rojo, luego blanco. De pronto, tenía la espalda pegada a la pared y me ardía el costado. Al abrir los ojos, vi sangre fresca chorreando de la hoja resplandeciente de Il’Sahaj, una hoja que Tisaanah levantó y...

Ignoré los berridos de mi cuerpo cuando me aparté de ella rodando.

Volvió a atacarme, con torpeza, demasiado despacio. Y volví a ver una oportunidad: podía asestarle un tajo en las pantorrillas. Eso la derrumbaría, y se arreglaría fácilmente si el corte era lo bastante limpio. Si no, quizá nunca volviera a andar en condiciones.

Levanté el arma y preparé el ataque, pero entonces nos miramos a los ojos un instante, me dio un vuelco el corazón y tardé en mover la mano más de la cuenta.

De pronto, salió de la nada otra figura, como una sombra que surgiera entre aquellas mariposas rojas, y golpeó a Tisaanah en la espalda con precisión letal.

Solo oí la voz de mi amiga gritando de dolor y supe que debía aprovechar la ocasión al ver que, tras lanzar a Ariadnea por los aires, se tambaleaba con la espalda ensangrentada.

Pero mis manos no se movían mientras ella se erguía y se volvía hacia mí con mirada asesina, frenética, mientras volvía a levantar la espada con un alarido.

Sin embargo, se detuvo en seco. Se le agitó el cuerpo y empezó a dar tumbos. Yo había vivido aquello y, aunque nunca lo había visto desde fuera, sabía perfectamente lo que estaba pasando.

No me hizo falta mirar para saber que Sammerin estaba a mi lado, con un brazo en alto y el ceño fruncido de concentración. Se llevó los dedos a la palma de la mano. El cuerpo de Tisaanah soltó una serie de chasquidos y cayó al suelo, con las extremidades retorcidas.

Las mariposas chorreaban por las paredes como sangre coagulada.

Tisaanah me miró fijamente. La furia se convirtió en pánico. Dejó escapar un sonido estrangulado que no parecía humano, probablemente porque Sammerin le estaba anudando los músculos, obligando a sus pulmones a encogerse hasta que su cerebro perdiera la consciencia.

Me hinqué de rodillas a su lado. La podredumbre aún avanzaba pulsante por el suelo de madera, ablandándolo bajo nuestros pies. Ni me di cuenta. Solo reparé en la forma en que los ojos aterrados de Tisaanah se anclaban a los míos sin mirar a ningún otro lado.

«Lo siento —quise decirle—. Lo siento mucho».

Con una respiración convulsa, aguantó todo lo que pudo, hasta que se le cerraron los ojos.

¡Zas!

Si hubiera podido dejar de mirarla, habría visto que las vigas de madera del edificio empezaban a ceder bajo los tentáculos de descomposición.

—Esto se cae. —Oí que Nura se ponía a mi lado—. Hay que largarse.

Cogí en brazos a Tisaanah, con las extremidades de pronto inertes cuando Sammerin dejó de controlar su cuerpo. Me puse en pie y la saqué del edificio sin mirar a nadie.