Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 58
74%

58

Tisaanah

Me estaban desgarrando por dentro y me encantaba hasta el último segundo de todo aquello. No olía nada más que la sangre, no notaba nada más que la descomposición de la piel de mis enemigos bajo la mía. Me sumergía en eso y me dejaba ahogar, entregada a mi pena y a mi venganza.

Tardé demasiado en darme cuenta de a qué había renunciado exactamente, de que no solo no quería parar; además, no podía hacerlo.

Los intentos de controlar mi propio cuerpo topaban con el mismo cristal grueso, igual que aquel día con Max en la sala de entrenamiento, solo que eran más dolorosos, más vivos, porque estaba ebria de la euforia de Reshaye, como si cada uno de mis nervios tuviese una potencia cien veces mayor de lo habitual.

Me enfrenté a la bruma y aporreé el cristal.

— Déjame volver adentro —le pedí.

— No.

Me arrojé sobre él, arrastrando las uñas por él como si fueran garras.

— ¡Déjame volver adentro!

Una oleada de placer asfixiante me nubló los sentidos cuando otro cuerpo cayó al suelo, marchitándose bajo mis manos.

— Me has pedido ayuda y te estoy ayudando.

Pero hasta su voz sonaba arrastrada, como si estuviera drogado. Engullía hasta la última pizca de emoción, de pánico, como si fueran tragos de alcohol.

Fue cayendo un cuerpo tras otro.

No, no, no podía dejar que aquello sucediera.

Me obligué a serenarme, a respirar. No era un cristal, era una tela de araña.

Inspiré hondo y volví a ver ante mí el plano de mi mente en forma de hilos de seda lustrosa, solo que esa vez...

algo no iba bien. Los hilos no estaban dispuestos en grupos complejos pero organizados, sino enmarañados, y no los iluminaba una delicada luz blanca, sino que ardían: un fuego negro azulado se propagaba por ellos como si quisiera reunirlos en un puño.

Quise cortarlos, devolver a Reshaye a su rincón, pero recibí un ataque violento, como si me estamparan contra un muro y luego rebotara, con una soga prieta alrededor del cuello.

Solo que la soga era la de mis propios recuerdos: la imagen borrosa y medio olvidada de la capital de Nyzerene ardiendo, la quemazón del beso de despedida de mi madre en la frente y del beso de Serel en la mejilla.

«No necesito tu dinero». Manos, manos en mis muñecas, en mi cuerpo, en mis pechos...

, el látigo que me abría las carnes una y otra vez.

Pánico, un pánico cada vez mayor, tan intenso que ni siquiera veía la cara de Max delante de mí.

— ¡NO! —supliqué, antes de que Reshaye soltara un gruñido fulminante y me echara por encima un manto de oscuridad que me encerró en la negrura y me ahogó en mi terrible pasado.