Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 57
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Max

Ya no estaba mirando a una mujer, sino a una puta diosa, una diosa de muerte y venganza, de destrucción absoluta e indiscriminada.

No podía ser otra cosa, allí plantada, con la chaqueta blanca tan salpicada de sangre que parecía roja, la espada en alto y aquellas mariposas de color escarlata formando una capa alrededor de sus hombros.

—¡Por todos los Ascendidos! —le dije a Sammerin con voz ronca—. ¿Yo también tenía ese aspecto?

—Sí, tú también —me contestó.

Las mariposas invadían el aire y se extendían por los pasillos. Tisaanah se irguió y el suelo de madera empezó a ennegrecerse a su paso.

El esclavista con el que yo estaba luchando palideció y se tambaleó, espantado. Aproveché la ocasión para rebanarle el cuello, sin dejar de mirarla en ningún momento.

—Increíble —oí jadear a Zeryth.

Los demás esclavistas, al menos los que estaban lo bastante cerca como para entender a qué se enfrentaban, iniciaron la retirada.

O lo intentaron, porque no llegaron muy lejos.

Tisaanah los atrajo de nuevo hacia ella, como tirando con manos invisibles, marchitándoles la carne con un simple roce de su espada.

Y su expresión...

No era su rabia ni su dolor, ni siquiera su satisfacción rabiosa, lo que me encontré cuando aquellos ojos desiguales miraron hacia mí. No, era un gozo vacío en unos ojos vidriosos.

Ese era Reshaye. Reshaye y solo Reshaye.

Eran tantas las mariposas pútridas que ya solo captaba atisbos entre las alas. Una de ellas le dio a Sammerin en el brazo y le hizo resoplar de repugnancia cuando, al quitársela de encima, se descubrió una mancha podrida.

Agarré a Nura del brazo.

—Saca a esa gente de aquí —le dije, señalando con la cabeza el pasillo y la hilera de cuartos donde sabía que estaban los esclavos—. Por la ventana si hace falta.

Ahogó mis últimas palabras un alarido de dolor cuando Tisaanah, es decir, Reshaye, pudrió vivo a otro esclavista. Ya quedaban muy pocos.

Di la misma orden a las syrizen, que desaparecieron y aparecieron un poco más allá, en la dirección opuesta.

Tisaanah se dio la vuelta y vi que aquellos ojos vacíos y desconocidos para mí se clavaban en una de las puertas entreabiertas. Oí los gemidos de miedo procedentes del interior. Y sin pensármelo ni un segundo, porque no podía hacerlo, llegué de un salto frente ella y le corté el paso con la lanza.

Su boca bonita se ensanchó en una sonrisa feroz y sanguinaria al tiempo que su voz sin acento susurraba rabiosa:

—Aparta, Maxantarius.