56
Tisaanah
Los dos esclavistas que se acercaban se derrumbaron como si fueran de arena. E igual que aquella noche, fue más sigiloso de lo que esperaba: el silencio engulló sus palabras y sus cuerpos cayeron al suelo con un golpe sordo.
Por unos segundos, todo quedó en suspenso: mi espada y yo, Max y la suya; las syrizen y sus lanzas sin desenvainar; Sammerin, Nura y Zeryth disponiéndose a atacar... Todos preparados.
Y entonces, de repente, algo pasó y nos lanzamos todos a la tierra y la sangre.
Yo me sumergí en ello con inesperado júbilo.
No había vuelto a matar desde lo de Esmaris, hasta en Tairn había conseguido evitarlo, pero, en cuanto había puesto los ojos en aquel hombre y conectado con él, no quise otra cosa que sangre.
Bramé la orden ronca y frenética de que se protegiera a los esclavos, con la esperanza de que mi voz no se perdiera en medio del caos.
Con el rabillo del ojo, vi que Eslyn agarraba a Sammerin y desaparecía con él, y que volvía a aparecer a continuación cerca de la muchedumbre de esclavos aterrados.
Bien, porque yo no podía ocuparme de ellos.
Solo había un sitio al que quería ir.
Cedí solo unos hilos de mi mente a Reshaye, lo justo para sentir cómo me recorría su poder, erizándome el vello de los brazos y trenzándose con la emoción embriagadora, sobrecogedora, que aspiraba con cada aliento.
Me hacía con las mentes como el que se hace con un puñado de uvas peladas, y disfrutaba viendo cómo me corría por los brazos el pánico de los esclavistas igual que me corría su sangre cuando les atravesaba el pecho con Il’Sahaj.
Cada tajo de su hoja dejaba manchurrones podridos de descomposición, y hasta, cuando apenas los rozaba, brotaba en ellos la carne negra y podrida.
Reshaye aprovechaba hasta la última pizca de control que le otorgase, primero con alegría, después con impaciencia.
— Más —me pedía.
— Aún no.
Aquello era mío, solo mío, y necesitaba el control de mis músculos, que estaba logrando mantener con un esfuerzo mental sobrehumano, porque, habiendo tantos inocentes allí, no quería arriesgarme.
Aun así, mantener ese control me resultaba cada vez más difícil, sumergida como estaba en aquella euforia sanguinaria y angustiosa que solo era mía, y en el pánico y la confusión, que no lo eran.
Max estaba a mi lado, impregnándome las fosas nasales del hedor de la carne quemada, entregado a aquella brutalidad con una elegancia precisa, que, aunque siniestra, resultaba hermosa.
En cambio, no había nada de elegante en lo que yo hacía.
Si él era un bailarín, movido por años de entrenamiento y rigor letal, yo era un animal ebrio de voracidad y de instinto.
Pero me protegía, supliendo los fallos torpes fruto de mi ira, respondiendo a todas las peticiones silenciosas de mis movimientos.
Yo no miraba a nadie más que al esclavista alto y delgado. Se llevó la mano al sable, pero salió corriendo pegado a los muros del edificio y se coló por la puerta como un conejillo aterrado en busca de su madriguera.
Luchando, me abrí paso hasta él. Apenas noté que la sangre me salpicaba la cara cuando ataqué al guardia de la puerta, ni el tajo que me hizo en el brazo cuando no conseguí acertarle.
Por una fracción de segundo, sus recios dedos me agarraron de los brazos.
Cedí un mayor control a Reshaye y dejé que le marchitase las manos hasta hacerlo gritar, hasta que Max me lo quitó de encima y lo lanzó contra la pared y, de un solo tajo, lo abrió en canal del ombligo al pescuezo.
Sus tripas, blandas y humeantes, se desparramaron por el suelo.
Mi cuerpo se estremeció con la carcajada de Reshaye, con su complacencia, con su deseo insatisfecho.
— Más, más, más —decía con cada latido de mi corazón alborotado y cada inhalación de ira, manipulando mi pensamiento con creciente desesperación.
Sin apenas detenerme ante el guardia muerto, entré corriendo en la casa, pero de pronto me detuve en seco.
Dentro estaba tan oscuro que a mis ojos les costó adaptarse.
Y el miedo se apoderó de mí enseguida, tan denso en el aire como el hedor a cuerpos sudados y a orina.
Por todas las puertas abiertas, veía el destello de blanco de los ojos y los dedos que temblaban entre cuerdas y grilletes oxidados.
Solté un suspiro entrecortado. ¡Por los dioses, aquello era demasiado!
El recuerdo de mi estancia en sitios como ese me abrasaba la garganta como una bilis corrosiva.
Avancé dando tumbos. Nura y Zeryth pasaron a toda velocidad por mi lado, sellando esas salas, despejando el pasillo. Mataban con tanta facilidad...
La mano de Max me rozó la parte baja de la espalda, una forma de mostrarme su preocupación cuando no podía dejar de moverse ni de luchar lo suficiente para hablar.
— ¡No pares!
No lo hacía. No habría podido aunque quisiera.
Me encontraba en un gran vestíbulo, con una inmensa escalera ante mí. Los escalones ya estaban inundados por el resto de los esclavistas, que bajaban frenéticos, espada en ristre. Uno se abalanzó sobre mí. Un toque, un roce de mi espada, y su carne se convirtió en jirones de pus.
Su cuerpo aún no se había desplomado en el suelo cuando volví a localizar al esclavista alto y delgado. Se había retirado a un rincón, debajo de las escaleras, y al deshacerse del sombrero había dejado al descubierto una cabeza rala, que agachaba como si mirar al suelo fuera a evitar que lo vieran.
Era él. ¡Él!
Todo mi agotamiento se diluyó en el telón de fondo de un solo recuerdo, el de aquella noche, una y otra vez.
«Demasiado joven para prostituirla». «Según y cómo».
Me abrí paso por la masa y me planté frente a él. Lo agarré, lo tiré al suelo de piedra, noté que escapaba de mi garganta un aullido sin palabras.
Quería verlo sufrir como había sufrido yo.
— ¡Más, más!
Reshaye se tragaba mi rabia y contenerlo empezaba a ser la menor de mis prioridades.
El esclavista se protegió la cara con los brazos, un rostro ya desfigurado por la podredumbre de las heridas tras el contacto de mis manos.
—Por favor, por favor, no... ¡Por favor! —suplicaba desdentado.
Los míos también habían suplicado.
Me puse encima de él, con un pie a cada lado de sus caderas e Il’Sahaj entre las manos.
—¿Te acuerdas de mí?
—Por favor, por favor...
Volvió la cabeza, pegando la cara al suelo, y cerró los ojos con fuerza.
—¡Mírame! —le grité, y le giré la mejilla con la hoja de la espada.
La carne de su rostro se descompuso al contacto con el metal. Saboreé su chillido de dolor. Su miedo me latía por dentro como una droga horrenda y embriagadora.
—No me mates —lloriqueó.
Cabrón. ¡Cabrón! No me reconocía, solo veía en sus ojos un pánico cobarde.
Me lo había arrebatado todo. Había asesinado a los miembros de mi familia mientras dormían. Había vendido a una niña, condenándola a un terrible destino. A mí y a muchos otros. Y no se acordaba.
— No es suficiente —susurró furioso Reshaye.
—¡Acuérdate de mí! —bramé con desprecio.
Se lo ordené al tiempo que abría los puños y soltaba chorros y chorros de mariposas, escupiendo al aire alas pútridas de color carmesí con la violencia de un borbotón de sangre o del humo de una pira funeraria.
No paraban de salir y continuaron rodeándome incluso después de que volviera a asir la empuñadura de la espada, como si se desprendieran de mi piel.
Oí mi nombre a lo lejos, débilmente.
Lo ignoré.
—Por favor —gimió el hombre.
No se acordaba. No se molestaba en recordar.
Yo no era nadie para él. Invisible y desconocida, otro cuerpo más que usar, vender y echar a perder, como el de muchos otros antes y después que yo.
A lo mejor a mí me pasaba lo mismo. Contemplé al anciano acobardado en el suelo y reparé en la carne que le quedaba en las mejillas, en lo afilado de su nariz. ¿Era de verdad el mismo al que yo había conocido hacía años? ¿Acaso importaba?
Las mariposas de un rojo sangriento invadían el aire y se adherían al suelo, al techo, a las paredes y a mi alma.
No es suficiente. Nunca es suficiente.
— ¡Más!
Dejé que la ira me consumiese.
— ¡YA!
Un alarido animal escapó de mi garganta mientras levantaba a Il’Sahaj por encima de la cabeza. Y, cuando la hoja cayó, cuando esparció la putrefacción como en relámpagos por el cuerpo del esclavista, mis manos ya no eran mías.
Me rodaron lágrimas por las mejillas cuando Reshaye me hizo alzar la cabeza y soltar una carcajada histérica y convulsa.