Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 55
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Tisaanah

Los estratagramas que Zeryth había dejado estaban esparcidos por todo Threll con la idea de proporcionarle una red de puntos de contacto entre los que pudiera saltar para agilizar y flexibilizar sus viajes. Solo que lo de agilizar era relativo. Dimos tantos saltos que al quinto ya estaba mareada.

—Cuando no estás familiarizado con el terreno —me explicó Max entre paradas—, puedes ir dejando estratagramas que utilizar como asideros a los que agarrarte entre saltos, pero no pueden estar muy lejos unos de otros.

Incluso él, a esas alturas, empezaba a parecer algo pálido.

Con el primer salto cruzamos el puerto; con el segundo, los barrancos rocosos; el tercero nos llevó al interior de un bosque frondoso e imponente.

Pero no pensé que fuese a impactarme tanto cuando dimos como el décimo salto o así y nos topamos con las praderas sinuosas, una tierra que, hacía tiempo, habría sido Nyzerene.

Ver aquellas colinas herbosas, doradas por los brochazos de la mortalidad otoñal, salpicadas de las pinceladas de color de las flores silvestres, me dejó sin palabras.

Si forzaba la vista lo suficiente, podía ver a mi familia a lo lejos: pequeñas siluetas de un pueblo que rozaba el horizonte, y una figura que agitaba la mano instándome a volver a casa, muy a lo lejos.

«Mi hogar —pensé, y las palabras me sonaron lúgubres y tristes—. ¿Cómo podía haberlo olvidado?».

El resto del grupo se alejó cansino, quejándose de dolor de cabeza o preparándose para el siguiente salto, pero yo me quedé allí, contemplándolo.

Sentí la presencia familiar de Max, que se detuvo a mi lado.

—Bienvenido a Threll —murmuré—. Bienvenido a Nyzerene.

—Es precioso.

El orgullo y la tristeza se me fundieron en el pecho.

—Me alegra que veas lo mismo que yo cuando recuerdo mi hogar, antes de que vayamos a presenciar todas las cosas terribles en las que se ha convertido.

—Yo también —contestó él, y nos quedamos allí un momentito más, dejándonos envolver por los fantasmas, sumergiéndonos en la belleza de mi mundo, triste y perdido.

Solo un instante, antes de dar media vuelta y ejecutar otro salto que nos revolviera el estómago.

Tres saltos más.

Para entonces, la cabeza me daba vueltas cada vez que aterrizábamos, y por si fuera poco, Reshaye estaba cada vez más agitado.

— ¿Ya? —me preguntaba impaciente en cada aterrizaje.

— Aún no —le contestaba yo con toda la serenidad de que era capaz.

Pero empezaba a preguntarme si habría cometido un error al despertarlo la noche anterior. De momento, me hacía caso... más o menos, pero temía lo que pudiera pasar si se hartaba de mi rechazo antes de tiempo.

Cuando aterrizamos esa vez, tardé un poco en aclararme la visión borrosa, contener a Reshaye y poner en orden el resto de mis pensamientos.

Tan pronto como lo hice, parpadeé y descubrí que estábamos en un largo camino de tierra que conducía a una colina, en lo alto de la cual había un edificio, no enorme, pero, desde luego, imponente, hecho de ladrillos dorados que parecían surgir directamente de la hierba ambarina que lo rodeaba, con unas agujas rematadas por puntas redondeadas que rizaban el extremo como un pegote de cobertura en una tarta.

Puede que hubiera sido bonito en su día, pero el abandono lo tenía en ruinas y despintado.

Estaba rodeado de actividad, de personas y caballos que alborotaban a sus pies. Al otro lado de la colina, pude ver filas de figuras que se dirigían a la entrada.

Se me encogió el corazón al caer en la cuenta de lo que estaba viendo.

—Esto estaba abandonado la última vez que vine —dijo Zeryth, ceñudo.

—Este edificio es nyzerense —mascullé.

La arquitectura era muy similar a la de los señores de Threll, pero las pequeñas diferencias eran fáciles de localizar si sabías dónde mirar: las ventanas más estrechas, la pintura más chillona, las puertas cuadradas en vez de redondeadas.

Uno de nuestros antiguos edificios gubernamentales abandonado a su suerte, y ahora utilizado para enjaular y torturar a aquellos a los que en su día había servido.

Volví a mirar las filas de personas que recorrían los caminos, y fruncí el ceño.

Me asaltó una oleada tras otra de pánico y me temblaron las piernas.

Había olvidado lo poderosas que podían ser las emociones de un grupo grande de mentes sin blindar.

Y aquellas... aquellas se me colaban entre las costillas y me arañaban las entrañas.

—¡Eh!

Dos hombres a lomos de sendos caballos blancos se nos acercaron al trote, gritando en perfecto thereni. Uno de ellos levantó un sable por encima de la cabeza, a modo de torpe amenaza.

—¿Qué coño creéis que estáis haciendo?

Dos hombres a lomos de caballos blancos.

Dos hombres con sombrero negro de ala ancha.

Se me heló la sangre.

—Esclavistas —dije.

Claro, eso era lo que hacían: tomaban por asalto edificios abandonados para usarlos como centros de comercio y de transporte. Yo misma había estado en unos cuantos.

Como alimentado por la conmoción que me inundaba, Reshaye asaltó mis pensamientos, impaciente.

— ¿Ya? ¿Acabamos con ellos?

— Aún no.

Los hombres continuaron cabalgando y se nos acercaron por el camino de tierra.

—Si vamos a escapar con un estratagrama, hay que hacerlo ya —propuso Ariadnea.

Zeryth me lanzó una mirada curiosa, imperturbable, con una ceja enarcada.

—No hace falta que nos vayamos si Tisaanah prefiere intervenir.

—Hay como cincuenta soldados allí arriba —terció Nura—. Más los esclavos.

—¿Para nosotros? Pan comido —ronroneó Zeryth—. ¡Qué forma tan maravillosamente noble de ver de lo que es capaz Reshaye!

La retahíla de imprecaciones en thereni se oía cada vez más, acompañada del estruendo de los cascos de los caballos.

Levanté la vista al edificio y posé los ojos en una figura pequeña de la fila que se acercaba: una niña, con las muñecas atadas por delante.

— ¡Sí, sí, ahora!

— Aún no, aún no.

—Tú decides, Tisaanah —dijo Max en voz baja—. Una palabra y este sitio revienta.

Estábamos tan cerca de Serel, tan cerca... Y las cuentas no nos favorecían. Cincuenta soldados contra nosotros siete.

Pero...

Miré a aquella niña, con el cuello estirado para ver el edificio que tenía delante. Su miedo me caló los huesos. Su sangre corría por mis venas y la mía por las suyas.

Y entonces posé los ojos en una de las múltiples figuras vestidas de negro: la de un hombre alto y delgado que se volvió a mirarnos y me dejó sin aliento. Aun a aquella distancia, lo reconocí.

«¿Tú nunca compras fruta verde en el mercado?», me había dicho, mirándome como si fuera algo que devorar, con palabras que oiría repetir en ocho años de pesadillas.

—Uno de los hombres que se me llevaron de niña está ahí.

Al mirar a Max, vi que la furia le inundaba el rostro como nubarrones de tormenta, oscuros, fríos y letalmente inmóviles.

Desenvainó el arma que llevaba a la espalda y la esgrimió, y una especie de calor latió levemente en los puntos en que sus dedos cruzaban los relieves del asta, enroscándose, aguardando mi permiso.

—La decisión es tuya. No me voy a mover hasta que me lo digas.

El estruendo de los cascos de los caballos estaba prácticamente encima de nosotros. Me llevé la mano a la espalda y aferré la empuñadura de Il’Sahaj. La visión de aquellos sombreros, de las miradas escrutadoras de aquellos tipos, de los cadáveres de mi gente masacrada, me enfurecía.

— ¿Ya? ¿YA?

—Una palabra, Tisaanah.

Había desenvainado mi espada. Su hoja era tan afilada como el terror de la niña que había sido y la rabia de la mujer en que me había convertido.

Posé entonces los ojos en aquel esclavista y no los moví.

—Sí —susurré.

Reshaye soltó una carcajada triunfante.

—¿Estáis sordos, joder?

La voz thereni que se acercaba se hizo cada vez más molesta, y de pronto enmudeció. La lanza de doble punta de Max atravesó la carne como si fuera papel, con una satisfacción entusiasta y perversa en el rostro mientras nos arrojábamos todos al infierno.