Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 54
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Tisaanah

Cuatro días: ese era todo el tiempo de que íbamos a disponer en Threll.

Me daban dos semanas para mi misión, catorce días.

Cinco los necesitábamos para viajar hasta allí, quizá menos, si tenía suerte, pero no podía contar con tenerla para hacer mis planes.

Con el paso de los minutos, las horas y los días, me sorprendía maldiciendo al sol por salir demasiadas veces y al mar por movernos demasiado despacio, aun con la ayuda de Zeryth, de Nura y mía agitando el viento todo lo posible para llegar más rápido.

A fin de cuentas, avanzábamos el doble de deprisa que cuando yo navegué hasta Ara. Pero no era suficiente.

Se nos iban los días.

Cuando estábamos a menos de veinticuatro horas de la orilla y el contorno brumoso del continente threlliano apenas se adivinaba a lo lejos, nos reunimos para consolidar el plan.

En cuanto desembarcáramos, tardaríamos muy poco en llegar a la hacienda Mikov, gracias a los estratagramas que Zeryth había ido dejando en sus viajes, por lo visto extensos, por todo Threll.

No íbamos a hacer uso de la fuerza de forma inmediata, les dije, al menos hasta que yo viera a Serel y lo pusiera a salvo.

No podía arriesgarme a atacar demasiado pronto y que él sufriera las consecuencias.

—¿Y después? —preguntó Max, con los brazos cruzados y recostado contra el mástil.

—La finalidad de este viaje era ver de lo que es capaz Reshaye —terció Zeryth con una sonrisa afilada.

Resistí la tentación de corregirlo, o de plantearme el hecho de que Reshaye apenas me había hablado desde el incidente del entrenamiento. En cambio, le devolví la sonrisa con una sombría determinación.

—No liberarán a los esclavos fácilmente. Habrá ocasiones de luchar, y de asegurarnos de que la hacienda no vuelve a albergar esclavos.

—Excelente —respondió Zeryth, satisfecho con mi respuesta, pero fue Max quien cruzó su mirada con la mía desde el otro lado, y juntos hundimos los dedos en un charco de nerviosismo, de ansia y de fuego.

Esa tarde, con los hombros pegados mientras veíamos como la luz del sol pintaba el mar con brochazos de rojo sangre, yo no podía pensar más que en el tiempo y en el poco que teníamos. «¡Qué boba fui! ¡Tendría que haber pedido más!».

No llegué a verbalizar ese pensamiento, pero Max me dijo en voz baja:

—Con la clase adecuada de fuerza bruta implacable, cuatro días son tiempo más que suficiente para derrocar a uno o dos señores de Threll.

Como si, igual que siempre, hubiera sido testigo de mis dudas más íntimas. Y, aunque no creí en lo que me decía, no del todo, solté un suspiro lento de alivio, y comprobé que aquella esperanza se convertía en palabras.

—Tendrá que bastarnos.

Esa noche no pude dormir. Estaba tan nerviosa que hasta me costaba respirar.

Nerviosa solo de volver a existir en aquel espacio.

Nerviosa ante la posibilidad de fracasar, y ante la de no hacerlo.

Nerviosa de volver a ver a Serel, con lo que me había costado volver a por él, y de pensar que igual ya no estaba.

Durante todo aquel viaje, había sido consciente de la tela de araña que formaban mis propios pensamientos, de la presencia permanente de la oscuridad fría de Reshaye. Notaba que se movía, se revolvía y susurraba, pero nada más, ni siquiera cuando tenía cerca a Max.

Eso me había aliviado un tiempo, pero ahora, en vísperas de nuestra llegada, mi propia fragilidad acechaba. Tenía una oportunidad, ¡solo una! Y sin Reshaye no era nada.

Y así, sola en cubierta, bajo una oscuridad lechosa por la luz de la luna, contemplé el perfil de Threll, a lo lejos, acercándose cada vez más.

E hice algo que jamás pensé que haría: intenté despertar a Reshaye.

Cuando fui a tocarlo, me topé con un muro que me hizo tambalearme, un muro de luz blanca e intensa, implacable, un destello de pelo rubio, unas uñas que se me clavaban en la carne, y por encima de todo, ¡pánico!, como si me hubiese colado en el centro de la pesadilla de alguien.

Al abrir los ojos, me vi de rodillas, y a Reshaye enroscado en mis pensamientos, recorriendo la tela de mi mente como una araña que diera saltos de hilo en hilo.

Los restos de su miedo se enredaban con el mío en las venas.

Me obligué a controlar el mío mientras trataba de serenar a la presencia temblona de mi cabeza.

— Shhh. Tranquilo, no pasa nada, estás a salvo —le dije, tratando de calmarlo.

Un gruñido me recorrió la espalda.

— Nunca.

— Estás a salvo —insistí.

— Han hecho cosas terribles.

Me pregunté a quiénes se refería. ¿A Zeryth? ¿A Nura? ¿A Max, incluso? ¿O quizá a montones de personas a lo largo de decenios, de siglos, al conjunto de agresores de un millón de momentos dispersos? Puede que ni Reshaye lo supiera.

Procuré infundirle mi falsa calma.

— Muchos hacen cosas terribles, pero o nos tragamos la rabia para que nos alimente, o dejamos que nos devore vivos.

Reshaye inhaló el recuerdo de mi madre, su rostro serio y hermoso mientras me decía aquellas palabras, y luego me lo sopló como el que expulsa humo por la nariz. Percibí la pregunta velada.

— Me lo dijo mi madre, hace muchos años.

— Ya no está.

— No, tuvo una muerte horrible, como el resto de mi familia.

Dejé que viera las cuerdas, las cadenas, los sombreros negros de ala ancha; los cuerpos rotos que yo había visto pasar por los mercados de esclavos, de personas demasiado mayores o demasiados débiles para trabajar en las minas y a las que se vendía como despojos. Le dejé ver las cicatrices.

Sentí que cogía cada imagen y la inspeccionaba como examina un crío un juguete nuevo, intrigado pero impasible.

Vale, otro planteamiento.

— Mañana volvemos a mi tierra natal, y quiero venganza. —Ese era un concepto que sabía que captaba. Había asesinado a la familia de Max para castigarlo. Entendía la ira, aunque no comprendiese mi amor—. ¿Eso es lo que quieres tú también? Sabes bien lo que es estar rabioso.

Una risa escurridiza.

— Sí, es lo único sólido que queda. Todo lo demás se ha podrido —dijo.

Mis recuerdos se marchitaban como la carne de Max bajo mis dedos. Tuve que combatir la repulsión que me producía.

— Pues ayúdame. Te voy a necesitar cuando lleguemos allí. Solo a ti. Si te llamo, ¿vendrás a mí?

Y Reshaye se estremeció, tembló, se retorció, hundiéndose más y más en mis terribles recuerdos hasta dar con el más insufrible de todos: el del rostro de Esmaris, su cara de desprecio, con la sangre salpicándole las mejillas.

Vio las imágenes una y otra vez, tremendamente despacio, como si las diseccionara.

— Te traicionó alguien que creías que te amaba.

No me vi con ánimos de verbalizar la confirmación, pese a que sabía, de una forma terrible y retorcida, que era cierto. En su lugar, insistí en la pregunta.

— ¿Me ayudarás si te llamo?

Se lo pensó un buen rato.

— Sí —susurró. Y volvió a refugiarse, serpentino, en la oscuridad.