Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 53
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Tisaanah

—Al final se ha salido con la suya —dijo Sammerin, meneando la cabeza, y por cómo frunció el ceño Max, quedó claro que sabía que su amigo tenía razón.

Vi a Max dejarse caer de nuevo en el cajón de madera, y apreté los dientes. ¡Qué estupidez! Qué estupidez tan de machitos, rebajarse a ver quién la tenía más grande en vez de pararse a pensar en las consecuencias. ¡Por los dioses, menudo privilegio!

Puede que tuviera la habilidad de descomponer la carne, y la sola idea me estremecía, pero aún carecía de la libertad necesaria para conducirme con semejante abandono.

Max me miró.

—¿Qué?

—Que se lo has puesto a huevo.

—Créeme: conozco a Zeryth lo suficiente para saber que habría encontrado una excusa para montar el numerito de todas formas. Eso era inevitable. Más tarde o más temprano. —Resopló—. ¡Capullo!

—Da igual. No puedes darle munición para que te ataque.

Max se puso muy serio.

—Ese tío te ha tratado igual que a un animal, y realmente te estaba mirando como si lo fueras... —Soltó un suspiro entre dientes—. ¿Y encima me reprochas que no haya sido amable con él?

Estuve a punto de soltar una carcajada. ¿Cómo podía ser tan negativo y a la vez tan inocente?

—¿Tú tienes idea de la cantidad de hombres que me han mirado así, como si fuera una cosa, en vez de una persona? No habría sobrevivido ni una semana en la corte de Esmaris si...

—Pero ¡no está bien!

—Pues claro que no está bien, pero es lo que hay. Es mi única arma.

Max se miró el hombro, aquella podredumbre de una negrura resplandeciente.

—Dudo que eso sea siquiera remotamente cierto, Tisaanah.

Un susurro lejano, mientras estudiaba aquella carne descompuesta:

— Mira lo que somos capaces de hacer juntos. ¡Qué preciosidad!

Aquel leve murmullo, y desapareció otra vez. Parecía siempre cansadísimo.

—Me debo a las Órdenes —le dije a Max—. Eso es así me guste o no. Y esa carne... descompuesta... —añadí, llevándole la mano al hombro y reprimiendo el asco que me producía la propia palabra—. Eso no es cosa mía. ¡Es cosa de ellos!

Me debía a Zeryth, a Nura, a la reina Sesri y, sobre todo, y quizá lo más peligroso de todo, me debía a Reshaye. Todas aquellas ataduras me levantaban la piel, ¡una piel capaz de matar! Me sujetaban las manos, ¡unas manos capaces de descomponer!

Era más fácil, reconocí en el fondo. Era más fácil cabrearme con Max por hacer lo que yo no podía hacer que pensar en todo lo que eso implicaba, en lo que me convertían esas personas y en lo que mi servidumbre, mi esclavitud, me iba a obligar a hacer.

Porque eso, eso me enfermaba, por mucho que me dijera que iba a merecer la pena si lograba liberar a aquellos que había abandonado.

—Pero tú eres más que todas esas cosas —me dijo Sammerin, sereno—. No lo olvides.

—Seré lo que tenga que ser.

—¿Y qué hay de lo que tú quieres ser? —me preguntó Max, inclinándose hacia delante y apretando los ojos de dolor con el movimiento—. ¿Qué va a ser de ti?

¿Qué iba a ser de mí? Yo era un medio para conseguir un fin. Mi madre se había desprendido de su única hija. Serel había estado dispuesto a sacrificar su vida. Todo aquello a lo que habían renunciado por mí debía merecer la pena.

—No es el momento de ser egoísta —contesté—. Aún no.

Y como ya no soportaba seguir viéndolo, ni a Max ni la forma en que me miraba, ni la herida que le había hecho, ni todo aquello para lo que iban a usarme a la vista de esa herida, me marché y subí a cubierta, donde encontré un leve alivio en la brisa salobre y aquel cielo imponente.

Zeryth andaba holgazaneando junto a la proa, pero yo me sentí atraída hacia la popa, donde Nura se paseaba en círculos.

¡Clac!

El sonido era seco y limpio. Cada tres pasos, Nura lanzaba un cuchillito a los mástiles y enterraba destellos de plata en la madera.

Me acerqué despacio a ella y no pude evitar mostrarme impresionada de que los cuchillos formaran una línea recta perfecta, casi conmovedora, de una precisión impecable.

Levantó la cabeza para saludarme. Aquel pequeño movimiento me sobresaltó, muy a mi pesar.

A veces, cuando la veía de pronto, era como si los límites afilados de mi mente atraparan un retal deshilachado y tirasen de las fibras de unos recuerdos que no me pertenecían.

En ocasiones, iban teñidos de un afecto agridulce; otras, de una rabia furibunda.

Pero, sobre todo, veía su cara triste, resuelta y sin remordimientos mientras llevaba su mano a mi sien, a la de Max, en Sarlazai, acompañada de aquella traición devastadora.

—He oído el jaleo de abajo —dijo, centrándose de nuevo en su lanzamiento de cuchillos. ¡Clac!—. Había olvidado lo entretenidos que pueden llegar a ser esos enfrentamientos —añadió.

—Yo no los llamaría «entretenidos».

Se encogió de hombros.

—En cualquier caso, parece ser que no ha sido esa la parte más fascinante —dijo, mirándome las manos—. Descomposición. Interesante.

Doblé los dedos, avergonzada.

—Sí.

—Qué suerte, tener esa clase de poder...

A mí no me lo parecía, pero le dije, y me dije a mí misma:

—Si me sirve para alcanzar mis objetivos, entonces, sí.

Me vino a la cabeza el recuerdo de la cara de desprecio de Esmaris y serpenteó entre mis pensamientos el susurro agotado de Reshaye.

—Ya veremos qué uso podemos darle —repuso Nura—, pero es impresionante, y único. Seguro que atemoriza a los señores de tu Threll, a cualquiera, en realidad.

¡Clac!

Movía los dedos tan rápido que se convertían en manchurrones blancos y esbeltos. Aquel cuchillo se clavó en la madera algo descentrado. Hizo una mueca al verlo, y luego me miró pensativa, un buen rato. Habría sido fácil marchitarse bajo aquella mirada.

«¿Qué quiere Nura?», me pregunté. Se me daba bien responder a esa pregunta, pero, en el caso de Nura, era difícil.

Era fría y cruel, pero se había mostrado muy tierna conmigo cuando había estado enferma.

Además, había declarado a favor de Max cuando nadie más lo habría hecho.

Lo había condenado, pero también lo había salvado.

En cambio, no había dudado en destruir una ciudad entera, en matar a cientos de inocentes, en traicionar de la forma más terrible a quien decía amar más que a nada.

Se inclinó un poco hacia mí cuando volvió a hablarme.

—Zeryth hostiga a Max porque lo ve como una amenaza y necesita demostrar su supremacía en todo momento —dijo en voz baja mientras miraba de reojo a Zeryth, que seguía en la otra punta del barco—.

A mí me hace lo mismo, obviamente. Para él, o eres su amigo, o sea, alguien a quien puede utilizar, o una amenaza.

Poseer o destruir. Siempre igual.

—Lo que acaba de ver terminará convirtiéndote en una amenaza para él —continuó—. Tenlo en cuenta.

Casi se me escapó una carcajada. Yo jamás iba a permitir que Zeryth, ni Nura, ya puestos, me vieran como un verdadero peligro.

Iba a enseñarles partes de mi fuerza, sí, lo que podía ofrecerles, pero ni siquiera en mi época de esclavitud me había permitido que se me considerara una amenaza. Que te subestimaran te otorgaba poder.

—Pues sería una tontería por su parte —contesté—. Yo me debo a las Órdenes, ya lo sabes.

—Que piense que puede utilizarte no significa que no te tema también.

Ten cuidado. Tienes demasiado potencial para dejarte devorar por sus berrinches pueriles.

¡Sería un desperdicio! —me dijo con una mirada cómplice—.

Los hombres buscan el poder porque les hace sentirse bien; las mujeres, porque nos permite hacer cosas.

E imagina, Tisaanah, todas las cosas que podríamos hacer contigo.

Se volvió de nuevo a mirar a Zeryth y, sin moverse, lanzó otros tres cuchillos.

¡Clac, clac, clac! Esa vez formaron una línea perfecta.

Y me dedicó una sonrisita que se desplegó por su rostro como el aliento gélido del invierno, una sonrisa de complacencia que me decía que aquellos cuchillos se habían clavado justo donde ella los quería.