Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 52
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Max

—Max...

Me sonó más bien a «Moooaaaks», lento y distorsionado.

Me abrí paso a zarpazos por la oscuridad. Me giré en mi sueño y alcé la vista al cielo nuboso. Brayan hizo lo mismo: giró su mirada acerada y la levantó al tiempo que bajaba la espada.

—¡Max!

Desperté sobresaltado. Al hacerlo, moví el hombro izquierdo sin pensarlo y, como pago, recibí una punzada de dolor insufrible.

—Estabas hablando en sueños —me dijo Tisaanah, mirándome el hombro ojerosa y preocupada—. ¿Todavía?

No era capaz ni de dejar de apretar los dientes.

—No es nada.

—¡Serás imbécil! —me espetó furiosa, y descorriendo la cortina, llamó a Sammerin.

Temblaba y, por el hueco de la cortina abierta, estaba viendo a las syrizen, que, aun desde la otra punta del barco, me escudriñaban, lo notaba, una sensación que su carencia de ojos no hacía menos desagradable.

¡Por los Ascendidos, me resultaba espeluznante!

Resistí la tentación de cruzarme de brazos.

—¿Te importa cerrar eso, por favor? No me apetece tener públi...

El resto de la frase se me quedó entre los dientes cuando Sammerin me tocó la piel de alrededor de la herida.

Frunció el ceño.

—Venga, no fastidies, que ni siquiera estaba cerca.

Tisaanah corrió la cortina sin dejar de mirarme.

—Además, huele fatal —observó.

Muy a mi pesar, me asomó una sonrisa a los labios.

Ella siempre tan sutil. A veces me preguntaba si debía ofenderme que a mí nunca me tocara ese encanto dulzón que gastaba con todos los demás, pero había llegado a la conclusión de que ese era precisamente el mayor de los cumplidos: que conmigo no contase los pasos de baile.

—Gracias, Tisaanah —dije, mirando a Sammerin, que estudiaba la mancha oscura de mi piel con imperturbable concentración—. ¿Qué es, exactamente?

Aún no había sido capaz de deducirlo. Desde luego, no era una quemadura, pero tampoco era un tajo, y me dolía más que casi cualquier otra herida que hubiera tenido, que ya era decir. Además, por mucha vergüenza que me diera, Tisaanah tenía razón: ¡había empezado a apestar!

—En mi vida he visto nada igual —dijo Sammerin, y Tisaanah volvió a su lado, preocupada, y con algo de remordimiento.

—No es nad... —empecé a decir.

Y entonces el mundo entero se volvió blanco y mi cuerpo se plegó sobre sí mismo.

—¡Su putísima madre!

Tardé al menos diez segundos en poder siquiera recobrar el aliento, por no hablar de abrir los ojos.

—Perdona, es mejor sin previo aviso. —Cuando abrí por fin los ojos, Sammerin se miraba las manos, frotándose los dedos—. Necesitaba palparlo.

—Bonita exclamación —terció Zeryth, que acababa de descorrer la tela y estaba recostado contra un pilar de madera, observándome con despreocupada curiosidad—. ¡Qué dominio del lenguaje!

—¡Que te den! —le dije, porque tenía tantísimo dolor que ni siquiera aspiraba a soltarle algo más ocurrente.

—Y el entusiasmo con que lo expresas...

—¿No tienes nada mejor que...?

—¡Esto huele a podrido! —dijo Sammerin despacio, centrándose únicamente en sus dedos. Zeryth y yo callamos.

Miré de reojo a Tisaanah, que me observaba espantada.

—¿A podrido? —repetí.

—A podrido, a descomposición —se explicó, negando con la cabeza mientras se miraba las manos y luego me miraba la herida, perplejo—. Ni siquiera puedo hablarle a la carne. Está muerta.

—¿Como una infección? —preguntó Tisaanah vacilante.

—Una herida infectada empieza a descomponerse si la desatiendes demasiado tiempo, pero esto va mucho más allá. ¿La has tenido así desde el principio?

—Ha ido empeorando, pero...

—Pero ¿ya estaba así de negra?

—Sí —respondió Tisaanah por mí—. Estaba igual.

—Jamás he visto nada igual —masculló Sammerin.

Ni yo.

Cuando yo llevaba dentro a Reshaye, se había limitado a redoblar mis poderes mágicos innatos, devolviéndomelos a una escala pasmosa, pero para Tisaanah, con su sangre valtaina, esa clase de habilidad física era difícil.

Además, yo nunca había oído hablar de ningún mago, valtaino o solari, que hiciera descomponerse algo vivo con solo tocarlo.

Ni siquiera uno de los que controlaban la carne, como Sammerin: podía desgarrarla, desangrarla, estrangularla y hacer que marchitara poco a poco, pero ¿pudrirla?

, ¿matarla directamente? Eso era nuevo para mí.

Tisaanah palideció.

—Me parece que me estoy perdiendo algo. ¿Esto es cosa tuya, Tisaanah? —preguntó Zeryth con una especie de brillo en los ojos, una especie de voracidad, cuando los posó en ella y los dejó clavados.

—Es cosa de Reshaye —lo corrigió, y ojalá hubiera podido meterme en sus pulmones y detenerla antes de que respondiera.

—Vaya, vaya, ¡qué interesante!

Tisaanah volvió a mirarme a mí, y luego miró aquella herida tan peculiar. Pero yo estaba mirando más allá, a Zeryth, que paseaba los ojos por ella con un placer entusiasta, como si acabaran de hacerle un regalo que estuviese deseando abrir.

Había habido muchísimas ocasiones a lo largo de los años en que había imaginado, de forma muy viva, la sensación que me produciría rebanarle el cuello a Zeryth, pero puede que aquella fuese la primera vez que tenía que contenerme físicamente para no hacerlo.

—¿Tú crees? —bufé—. La verdad es que resulta un pelín abrumador, molesto, más que nada. Cúramelo, anda, Sammerin.

Sabía que no estaba siendo muy convincente, pero no me daba para más. Me hirvió la sangre cuando asomó a los labios de Zeryth una sonrisita zalamera, indicativa de que sabía perfectamente lo que me proponía. Me distrajo tanto que casi no oí la respuesta de Sammerin.

—No puedo.

Me volví de golpe hacia él.

—¿No puedes?

—No es fácil. No le puedo hablar a esto. Además, tiene una forma... —Apretó los labios, concentradísimo—. Necesito extirparlo para poder reconectar el tejido.

¿Había dicho extirparlo ? Procuré no palidecer.

—¿Te importaría marcharte? —le solté a Zeryth—. Me siento invadido.

Fue asombroso lo rápido que le cambió el gesto, cómo se reorganizaron sus músculos para conformar de pronto aquella mirada asesina.

—¡Este barco es mío! Podría meterme en el baño contigo y estaría en todo mi derecho. Además, no me gusta nada tu tono. No olvides con quién estás hablando.

Ya, con Zeryth Aldris, el archicomandante.

El mismo que una vez había partido en misión de reconocimiento con cinco de los mejores oficiales de su mismo rango, ¡la competencia!

, y había sido, muy oportunamente, el único que había vuelto con vida.

El mismo que me había obligado a volver con mi familia para quitarme de en medio.

El mismo que había abogado por mi encarcelamiento, aun conociendo perfectamente la verdad de lo ocurrido en Sarlazai aquel día.

Y el mismo que se había hecho amigo de una Tisaanah adolescente y esclavizada, y la había abandonado a su suerte, no una vez ni dos, sino ¡cuatro putas veces!

Y luego se había atrevido a exhibir aquella sonrisita de complacencia mientras intentaba obligarla, solo porque podía permitírselo, a arrodillarse delante de las personas a las que ella estaba tan empeñada en impresionar.

Y que encima, en ese momento la miraba como si fuese un trozo de carne que iba a descuartizar para servir a sus propios fines.

Uy, sí, sabía muy bien con quién hablaba.

Sonreí y contesté entre dientes:

—Como para olvidarlo.

Francamente, me enorgullecía de mi contención, pero estaba claro que mi tono aún no era del agrado de Zeryth, porque se irguió, cuadró los hombros y ladeó la cabeza.

—Ven aquí, Maxantarius.

—Esto es innecesario —terció Tisaanah, y luego me lanzó una mirada de «Cierra el pico y deja de liarla».

—¡Levanta y ven aquí!

Unos dedos largos y afilados se hicieron con mi pensamiento y lo estrujaron y estrujaron...

Mis piernas tardaron cinco segundos largos en traicionarme, en levantarme de la silla sin mi permiso y dar un paso tras otro.

Me detuve a escasa distancia de él y enarqué las cejas como diciendo: «¿Ya estás contento? ».

—Un paso más —dijo, levantando un dedo pálido e instándome a acercarme.

¡Capullo! Hice el movimiento lo más minúsculo posible, avanzando solo un poco, y él rio.

—Todo lo tienes que complicar —dijo, y su sonrisa se agrió hasta parecerse más a un gesto de desprecio—. ¡Siempre has sido un bocazas! Pero esa fuerza de voluntad nunca ha sido lo bastante fuerte, ¿verdad? Te ha fallado en los momentos más importantes.

Un golpe bajo, bajo de cojones hasta para él. La rabia se apoderó de todos los músculos de mi cuerpo.

—Será tu barco, pero es mi misión —terció Tisaanah a mi espalda—. Y estas distracciones no son útiles, Zeryth. No hemos venido a esto.

—¿Distracciones? —replicó, mirándome el hombro—.

Solo quería ver eso de cerca. Me gusta conocer bien el potencial de los recursos que tengo a mi disposición.

—Examinó las heridas, arrugando la nariz—.

Asqueroso, a la vez que fascinante. —Luego se volvió hacia Tisaanah, con cara de suma preocupación—.

Me inquieta que no hayas tenido a bien comentarme esto antes.

El semblante de ella se mantuvo neutral, pero yo vi que la expresión se le aceraba de aquella forma tan particular que me decía que estaba valorando la respuesta perfecta. Luego puso una cara muy ensayada de disculpa tierna y contestó:

—Estaban pasando tantas cosas..., y tan rápido..., que no pensaba con claridad.

La excusa sonó tan edulcorada que casi rayaba el sarcasmo, o quizá me lo pareciera solo a mí, que la conocía demasiado bien. Pero al menos Zeryth se lo tragó, aparentemente. Un parpadeo y volvió aquella sonrisa efusiva y deslumbrante.

—Todos hemos estado un poco distraídos. Sucede en momentos como este. Pero no os equivoquéis: por eso estamos aquí, y no se nos puede olvidar a ninguno. Que te arreglen eso, pues —dijo, mirándome brevemente y señalando la herida—. Y disfruta de la... extirpación.

Y se fue, sin molestarse siquiera en mirar atrás mientras subía la escalerilla que llevaba a cubierta.