51
Max
Con la ayuda de los tres valtainos, que agitaban el viento sobre las aguas, íbamos a llegar a Threll como dentro de una semana, en vez de varias.
Aquella embarcación y las circunstancias que rodeaban nuestra presencia en ella me resultaban tan opresivas como aterradoras.
No obstante, desde mi encuentro con Tisaanah a la luz de la luna en nuestra primera noche de travesía, las interacciones con ella me resultaban un poco más ligeras, un poco menos complicadas.
Era la primera vez en ocho años que me sacaba de dentro esas cosas.
Aún tenía enterradas en mi interior algunas esquirlas, sí, y seguía habiendo detalles que no era capaz de reconocer en voz alta, pero, aun así, ella ya sabía más de mí que casi ninguna otra persona, algo que jamás pensé que fuera a reconfortarme, pero mira tú por dónde...
Por suerte, Reshaye guardaba silencio la mayor parte del tiempo.
Sospechaba que su despliegue de hacía unos días en la sala de entrenamiento lo había dejado sin energías.
Era pronto para que pudiera tomar el control, usar la magia.
A veces veía que los rasgos de Tisaanah se endurecían, que su mirada se perdía en el horizonte, y yo sabía que aquella cosa le estaba susurrando.
Pero pasaron las jornadas y no fue a más.
Ella y yo nos dedicábamos sobre todo a practicar el combate.
Los recuerdos que Reshaye conservaba de anfitriones anteriores le habían proporcionado a Tisaanah pedazos de conocimiento innato que, juntos, convertimos en algo más completo.
Y por las noches, cuando los demás se iban a dormir, subíamos a cubierta y nos sentábamos bajo el cielo, donde todo parecía más limpio y nos sentíamos más libres.
Solo que, en nuestra tercera noche de travesía, estaba tan agotada que se quedó traspuesta en cuanto apoyó la cabeza en la almohada, así que subí solo y ensayé mis movimientos una y otra vez hasta que mis músculos recuperaron la memoria.
No estaba en forma. Para vergüenza mía, aquellos últimos días de entrenamiento me habían extenuado hasta tal punto que los brazos y la espalda me protestaban cada vez que los movía, porque ya no estaban habituados a la forma en que debían trabajar para controlar un arma.
Mejor ahora que dentro de una semana, me dije.
—¿No tienes aprendiz esta noche?
Maldiciendo por lo bajo, me giré bruscamente. Y allí estaba Nura, con su cara de suficiencia.
—¡Por los Ascendidos, Nura, no hagas eso!
—Pues estate más atento.
Estuve a punto de soltar un bufido. Aquel consejo resultaba casi paradójico, viniendo de ella, porque, de haber estado más atento, a lo mejor ninguno de nosotros estaría allí.
—Te falta práctica —observó, y eso me crispó.
—No esperaba tener que hacer esto, así que, sí, es posible.
El rostro de Nura era una máscara blanca y silenciosa.
Cada vez que la miraba, tenía que contener la rabia hasta convertirla en un pulso leve escondido en mis venas.
Rabia por Tisaanah, sí, pero también por haberme sentido traicionado durante casi diez años, algo extraño y surrealista a lo que enfrentarse todos los días.
—¿Necesitas alguien con quien entrenar? —Se metió las manos por dentro de la chaqueta para sacar dos puñales y me dedicó una leve sonrisa—. Creo recordar que la última vez quedamos empatados, pero hace tanto ya de eso...
Sabía que debía negarme, que estaba demasiado cabreado con ella para que un combate amistoso saliera bien, pero no dudé en responder:
—Vale.
Acordamos que nada de magia, que nos alejábamos cinco pasos el uno del otro, nos girábamos, nos situábamos y...
Había olvidado lo rápido que se movía, como si se volviera una sombra.
Tuve que frenar su ataque nada más empezar, y luego otra vez, girando en redondo, para igualar la increíble velocidad fluida con que se plegaba a mi alrededor. Se escabulló del impacto como si mi arma no hubiese hecho más que atravesar una nube de humo.
Otro bloqueo.
Se detuvo lo justo para sonreírme satisfecha.
—Esfuérzate, Max.
Estudié sus pasos silenciosos, controlé la velocidad, la longitud de cada zancada, vi dónde iba a aterrizar dos, tres, cuatro segundos después.
Y avancé con ganas en un asalto bien calculado.
Así había que ser con Nura: calculador. No podías esperar a que fuese a por ti, ni pensar que ibas a derrotarla con las fuerzas dispersas.
Debías atacar con determinación, con un movimiento perfectamente calibrado después del otro.
Observé sus pies, sus manos y sus armas, todo a la vez, me giré, me encogí, incliné la hoja curvada de mi vara en el ángulo perfecto.
También yo podía ser rápido.
Un solo golpe, con toda mi alma, igual que la víbora se abalanza sobre su víctima con el cuerpo entero.
Un golpe y un acierto.
Soltó un resuello entrecortado, y con la elegancia interrumpida, sus pies patinaron por el suelo. Convirtió la pérdida del equilibrio en un giro, como sospechaba que haría, igual que sabía que iba a asestarme un golpe bajo, luego otro alto para girar después...
Estaba preparado.
Un tajo, medio paso, un contragolpe por cada movimiento. Nos deslizamos por la cubierta, reaccionando de inmediato a los ataques y los regates del otro, cada vez más cortos, más agudos, más furiosos.
Le vi la cara en medio de la nebulosa del movimiento de nuestras armas y encontré en ella a la soldado salpicada de sangre que me había puesto la mano en la sien hacía siete años, y vi el gesto triste, de condescendencia, que me había hecho al hablarme del pacto de sangre de Tisaanah.
La rabia me bullía de tal forma por dentro que se volvió hielo. Fui ajustando mis ataques, como el que se pone una chaqueta vieja que encuentra cómoda.
Le brillaron los ojos plateados cuando escapó por los pelos de uno de mis tajos.
—Ahí lo tienes, capitán Farlione.
«¡Ahí lo tengo, joder!».
Giré en redondo y arrastré intencionadamente el lado izquierdo, de manera casi imperceptible, torciendo el tobillo. Y cuando lo vio, cuando se abalanzó sobre mí, como sabía que iba a hacerlo, estaba preparado.
Con un último salto, frené su movimiento con todo el largo del asta, arrebatándole uno de los puñales y empujándola al suelo.
Nura rodó, se levantó de un brinco y volvió a lanzarse hacia delante, tan rápido que casi no la vi, tanto que, cuando quise darme cuenta, la tenía a mi espalda, pasándome el antebrazo por el cuello.
Me rozó la herida del hombro y, durante una fracción de segundo crítica, se apoderó de mis músculos una oleada de dolor tan potente que me cegó. La combatí.
Nura había perdido un puñal, y yo aún podía...
Y entonces giró la muñeca y se sacó de la manga otra arma, que me plantó en el cuello antes de que me diera tiempo a inmovilizarla del todo.
—Date por vencido —me dijo al oído.
—Ya, claro, no vale la magia, pero sí esconderse armas en la manga —respondí, tratando, seguramente en vano, de hacer pasar mis jadeos por bufidos de exasperación—. ¡Qué poco has cambiado, Nura!
—Ese ha sido siempre nuestro problema, Max: que me crees más honrada de lo que soy —dijo, y luego me soltó y se apartó.
Resoplé entre dientes, resistiendo la necesidad imperiosa de agarrarme el hombro, que aún me dolía una barbaridad.
—Una forma muy generosa de plantearlo.
Me miró entonces la herida. La llevaba tapada, pero, por más que me empeñara en ocultarla, debía de ser obvio dónde estaba.
—Pídele a Sammerin que te mire eso.
—Ya me encargo yo.
—No seas orgulloso. Te necesitamos entero.
Recogí la vara y apunté a Nura con uno de los extremos.
— ¿Necesitamos? Que te quede claro: no he venido por vosotros.
—Te veo muy a la defensiva, muy protector... —Se oyó un chasquido cuando volvió a enfundarse el puñal por dentro de la manga—. Sé que me he ganado tu desconfianza, pero ahora estamos en el mismo bando.
—Y eso lo dice la que se mete puñales por la manga.
Así era Nura, toda filos escondidos, lista para encajártelos entre las costillas.
—Insúltame lo que quieras —me dijo, con fingido desenfado—. Aun así, me alegro de que hayas vuelto. Me encanta que Zeryth tenga que darme la razón.
Lo dijo de un modo que me hizo apretar la vara, de rabia. Contuve de tal forma las palabras que me bullían en la garganta que empezó a temblarme la mandíbula.
Nos quedamos allí en silencio. Luego Nura soltó un pequeño suspiro.
—Bueno, muchas gracias por el entrenamiento. Buenas noches, Max.
Pero, en cuanto se dio la vuelta, bramé:
—¡Nura! —Se detuvo, giró la cabeza y me miró con una ceja enarcada—. ¿Por qué? —le espeté—. Tú estabas allí. ¿Por qué?
Era casi un revoltijo de palabras, ninguna de ellas muy concreta ni relevante, pero vi cómo le cambiaba la expresión, y supe que había entendido de sobra lo que le preguntaba.
Nura había estado a mi lado en todo momento. En otro tiempo me fiaba más de ella que de nadie, más que de mí mismo. Y, por mucho que la odiara, por mucho que la considerara imperdonablemente responsable de lo sucedido en Sarlazai, sabía que había querido a mi familia casi tanto como yo.
Era una mujer despiadada, de tan centrada, insensible y cruel, pero no era estúpida. Quizá ni siquiera egoísta, no del todo. No era como Zeryth, al que guiaba un ego implacable.
Entonces..., ¿por qué?
Esbozó una sonrisa.
—¿Qué pasa? —dijo—, ¿que aún piensas bien de mí?
—Quiero saber dónde escondes el arma.
—Si te lo digo, ¿qué sentido tiene que la esconda?
La miré muy fijamente, como solía hacerlo hacía años, cuando necesitaba atravesar todo aquel hielo. E igual que entonces, se estremeció su expresión.
—No lo haría si no fuera necesario.
—¿Para qué? —le pregunté—. ¿Por el trono de una prepotente de doce años? —dije, meneando la cabeza—. No, eso no tiene sentido.
—No lo haría si no fuera necesario —repitió. Luego añadió en voz más baja—: Confía en mí, Max.
Resoplé. Que confiara en ella. Ya.
—Supongo que no te lo puedo discutir con esa cara.
Se esfumó lo que quedaba de su sonrisa. Y entonces lo vi: vacilación.
—Se nos viene encima algo muy gordo —masculló—, y hasta que no acabe, ninguno de nosotros va a poder tontear en los jardines con hermosas jóvenes threllianas.
Un escalofrío me recorrió la espalda, no por sus palabras amenazadoras, sino por su mirada, de absoluta determinación. Se me ocurrían pocas cosas más peligrosas que eso.
—Algo gordo —repetí—. Ah, claro, con eso me quedo más tranquilo, cuenta con mi confianza.
No rio ni sonrío. No contraatacó. Simplemente se encogió de hombros.
—Nunca me ha dado miedo ser la mala del cuento —dijo, y luego dio media vuelta y se despidió sin ganas con la mano—. Gracias por el entrenamiento, Max. Dale las buenas noches a nuestra chica de mi parte.
Tisaanah parecía muy normal cuando dormía.
Bueno, a lo mejor normal no era la palabra más acertada, porque ella no lo era en absoluto.
Pero, cuando volví bajo cubierta y me asomé por el hueco de su cortina para verle la cara aplastada contra la almohada, solté un suspiro involuntario.
Nadie sabría nunca lo que albergaba aquella cabeza, si hermosas maquinaciones o al monstruo que las devoraba.
«Me intriga: ¿tú piensas en ella de la misma forma que ella en ti?
». El recuerdo me acudió a la memoria sin previo aviso y me produjo una repugnancia incómoda.
Había sonado sin acento, sin rastro de Tisaanah.
Era tan impropio de ella que podía refugiarme en la repulsión que me producía, lo bastante como para no pensar en las curiosas implicaciones de la frase.
La respuesta era: «Sí, a menudo y con todo lujo de detalle», pero, mientras me fuera posible, iba a fingir lo contrario. A fin de cuentas, era un experto en negación, avezado y de renombre. No se me daban mal la magia, la lucha ni la jardinería, pero eludir verdades incómodas..., ¡eso lo dominaba!
Me colé en su cubículo y me instalé con sigilo en una caja grande, cerca de la pared, con la espalda pegada a la madera, estudiando la coronilla de Tisaanah, su respiración uniforme.
Parpadeé y, al abrir de nuevo los ojos, vi el mundo más borroso.
Volví a parpadear. Esa vez no se me abrieron.