50 #3
—Por un tiempo —continuó—, me pareció que lo tenía controlado, porque Reshaye es tremendo e incompresiblemente poderoso.
No debería existir nada tan poderoso. Yo tenía mi magia...
y mucho más. Al principio, era alucinante, pero poco después...
—Soltó un suspiro y meneó la cabeza—. Se volvió impredecible, posesivo, vengativo y dispuesto a aplastar a cualquiera que lo desafiara.
Poseer o destruir.
Me estremecí.
—Inhumano —masculló.
—¿Inhumano? —dije, negando con la cabeza—. Muy humano. De lo más feo de la humanidad.
—Yo creía que, con esfuerzo, podría someterlo, pero resultó que no funcionaba así. En Sarlazai, la cosa alcanzó un punto crítico. Y luego...
No hizo falta que continuara.
Le cogí la mano sin darme cuenta, y él plegó los dedos con naturalidad alrededor de los míos. Cuando mi piel entró en contacto con la suya, percibí tenues oleadas de su nerviosismo, que me llegaban pese a aquellos muros mentales suyos tan bien guardados.
—El caso es que solo un puñado reducido de personas sabía de la existencia de Reshaye, con lo que todos los demás pensaban, ¡estaban convencidos!, que yo era responsable personalmente de lo ocurrido en Sarlazai. Y estábamos en guerra, pero...
Se oscureció su mirada y, cuando lo hizo, los recuerdos rozaron también la superficie de mi pensamiento, sus recuerdos, del fuego y de la carne y de los pequeños cadáveres calcinados.
—Hubo vistas preliminares —continuó—, para determinar si se me acusaba de crímenes de guerra.
Yo no estaba allí, no estaba en condiciones de defenderme personalmente, pero Nura lo hizo por mí.
Durante horas. ¡Sentada en una puta silla de ruedas!
Nunca le perdonaré lo que les hizo a aquellas personas, ni, desde una perspectiva más egoísta, lo que me hizo a mí.
Solo que de eso... a veces aún no sé qué pensar.
Nura, siempre tan enigmática. Cada nuevo dato sobre ella solo la hacía más difícil de entender.
Apreté los dedos.
—¿Y entonces te lo sacaron?
—Sí, fue horrible. Igual que cuando te lo meten, pero peor, porque, cuando se va, se lleva por delante la mitad de tu mente.
Además, Reshaye no tenía ningunas ganas de marcharse...
—Enmudeció y me miró con el ceño fruncido, como si fuese a decir algo más, pero luego desvió la mirada y meneó la cabeza—. Bueno, que casi me mata.
Entonces caí en la cuenta de algo.
—Y no me contaste nada de esto porque habías jurado silencio —susurré—. Hiciste un pacto de sangre.
—Sí, me dijeron que debía guardar el secreto y, en aquellos momentos, habría accedido a lo que fuese con tal de sacármelo de dentro.
Mierda, no me parecía tan grave no volver a hablar del asunto.
Y el último regalo que me hicieron fue una coartada perfecta: mi padre era un noble ryvenai, amigo personal del rey, y solo por eso a muchas personas de ambos bandos les habría encantado ver extinguirse a los Farlione.
Así que el asesinato de mi familia se convirtió, sin más, en otra desafortunada tragedia bélica.
Su voz, de pronto áspera y quebrada, arañaba las palabras como unas garras arañan la piedra. Cuando volvió a mirarme, lo hizo con ojos serios, tristes.
—Me gustaría poder asegurarte que quería contártelo —dijo despacio, como si me hiciera una terrible confesión—, pero no lo habría hecho aunque hubiera podido. No quería que supieras nada de eso, hasta que te vi entrar en aquellas torres y entendí lo cara que te iba a costar tu ignorancia.
Me apretó los dedos hasta que temblaron los suyos, plegándome en una disculpa silenciosa, a la que yo respondí con una mía.
—Ojalá te hubiera hecho caso.
Lo dije en serio, porque, en aquel momento, podríamos estar solos los dos y, aun a sabiendas de que no estaba siendo realista, esa fantasía me atraía mucho.
«Me chupeteo su sangre de tus dedos». El recuerdo de las palabras de Reshaye serpenteó por la oscuridad. Sentí su presencia al fondo de mi mente, y me estremecí.
—Te odia —le dije—. Te ha amenazado. Ya te ha hecho daño. Además, Max, si...
Se me embrollaron las palabras. ¿Con cuáles podía expresar todo lo que me había estado rondando por dentro los dos últimos días?
¿Cómo iba a explicar lo que supondría para mí hacerle daño, más del que ya le había hecho?
¿Cómo podía decirle lo mucho que significaba que hubiera vuelto y, aun así, lo poco que me costaría renunciar a ello a cambio de su seguridad?
Las palabras no eran nada comparadas con eso. Habría sido como pretender trasladar el mar a cucharadas. Enmudecí y no volví a hablar, pero a Max se le hizo una arruga en el entrecejo y supe que lo había entendido; se lo vi en los ojos.
—Cuando estábamos en Tairn, al pie de aquella torre —dijo en voz baja—, y me pediste que te dejara ayudar, lo primero que pensé fue: «Ni de coña, demasiado peligroso», pero resulta que la única forma de vencer era hacerlo juntos.
Una especie de ternura agridulce me inundó el pecho, y acto seguido la perforó una punzada de remordimiento.
No me merecía a aquel hombre, ¡por los dioses que no! Y, pese a todo, traidora de mí, en lo más recóndito de mi alma me alegraba de tenerlo allí conmigo.
Se me empañaron un poquitín los ojos.
—Resulta que, en el fondo, no hacíamos mal equipo —susurré.
—No, nada malo —respondió, e iluminó su rostro una pequeña sonrisa.