Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 50 #2
65%

50 #2

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Privadas de la vista, lo sentís más fuerte.

—Exacto.

Con el rabillo del ojo, vi a Max negar con la cabeza, y me resonó en el pecho un eco de mi propia incomodidad.

Mi siguiente pregunta era torpe, imposible de formular.

—¿Y por qué vosotras?

—Para ser syrizen, hay que cumplir ciertos requisitos —respondió Ariadnea—.

Todas somos solaris, porque solo la magia más externa y enérgica de los solaris nos proporciona el poder absoluto que precisamos para atravesar las capas, pero, al mismo tiempo, hace falta una sensibilidad a los movimientos de la magia de la que carecen casi todos nuestros compatriotas.

Los candidatos se seleccionan mediante una serie de pruebas intrincadas, y nadie sabe por qué, pero solo las mujeres lo consiguen, de forma abrumadora.

—No somos muchas —dijo Eslyn—, pero sí muy buenas en lo nuestro.

Puede que solo vayamos media capa más allá, pero incluso eso nos proporciona poderes únicos.

—Me miró con su rostro sin ojos, y una curiosidad voraz ensanchó su sonrisa de medio lado.

Se inclinó hacia delante—. Aunque he oído decir que esa cosa que habita en tu interior chupa de muchísimo más adentro.

Se me secó la boca.

— Soy yo —oí un suspiro muy lejano—. Habla de mí.

La voz era tan distante que apenas se oía, débil y cansada, y se fue tan rápido como había llegado. Pero, de pronto, me sorprendí conteniendo el vómito.

—Resulta que, cuando te haces syrizen, no solo pierdes los ojos, sino también la capacidad de mantener una conversación sobre cualquier otra cosa que no sean tus espectaculares sacrificios —masculló Max—. Qué tostón, Eslyn.

Aun no siendo capaz de mirarlo, noté que él me miraba a mí.

Me levanté, me excusé educadamente y di media vuelta antes de oír la respuesta.

Nos retiramos temprano bajo cubierta, a aquellos camarotes improvisados con cortinas.

Allí tumbada, escuché cómo iban silenciándose poco a poco los sonidos del barco.

Quise dormir, pero no paraba de pasear los dedos por los hilos de mi mente, una y otra vez, comprobando si había susurros o movimiento, hasta que dejé de fiarme de mis propios pensamientos.

Y al final, cuando ya no podía más, descorrí la cortina, subí descalza las escaleras y suspiré aliviada cuando, al llegar a cubierta, me recibió un manto infinito de estrellas, como si el mundo entero se me hubiera abierto de par en par.

Me detuve a inspirar hondo. Luego crucé cansina la cubierta, tropecé y estuve a punto de pisar una cara. La de Max, concretamente, que estaba tumbado en el suelo de madera, con las manos cruzadas sobre el vientre.

Ni se inmutó cuando me aparté de un salto y solté una maldición en thereni.

Abrió un ojo.

—Cuidado —me dijo.

—¡Max! ¿Qué haces?

—Lamentarme —contestó, abriendo el otro ojo para mirarme en la oscuridad—. Y, si te soy sincero, haciendo todo lo posible para no echar hasta la primera papilla. No estoy hecho para tener bajo los pies otra cosa que no sea tierra firme.

Solté una carcajada ronca, y me sorprendió lo bien que me sentaba. Reír sin más, un poquito, aunque, en el fondo, aquello no fuera tan gracioso. Me aferré a ese pedacito de nuestra antigua intimidad como si fuera oro. Luego me agaché y me tumbé en el suelo, a su lado.

—Me parece que en el suelo se... menea más —dije con una causa, porque no encontraba la palabra. Aunque ya hablara el idioma con fluidez, estaba algo espesa últimamente.

—Que se menea, ¿eh?

—Sí, ¿es correcta la palabra?

Vi dibujarse una sonrisa en sus labios.

—Es perfecta.

Al menos ahí tumbada se me balanceaba el cuerpo entero con el vaivén del barco, no solo los pies, y las estrellas abarcaban todo mi campo de visión. Impresionante.

Estuvimos allí tumbados, en silencio, un momento, oyendo cómo el agua azotaba los costados del barco y crujían los mástiles con cada ráfaga de viento.

El calor del cuerpo de Max me acariciaba la piel, pero yo procuraba no tocarlo.

De pronto, me sobrevino el recuerdo de las palabras de Reshaye: «Ahora lo veo claro: es algo sexual».

Me estremecí. Cuanto más pudiera ignorar aquello, mejor.

No sé bien cuánto tiempo habría pasado cuando Max habló.

—¿Estás preparada? —murmuró.

—Sí.

«No, no estoy preparada».

—Lo estarás —me susurró, y noté que se me tensaban las mejillas.

No quise verbalizar mi incertidumbre, pero, en ciertos aspectos, era agradable oír a otros decir lo que yo no me permitía manifestar.

—¿Y tú? —le pregunté.

—Ni de coña.

—Claro que sí, solo que no lo sabes.

Soltó una carcajada entrecortada. Al volverme, vi que aún me miraba, con una firmeza y una intensidad que me dieron ganas de girarme y que me tragara la tierra, todo a la vez. Me noté una punzada en el pecho que no supe, o quizá no quise, identificar. Aparté la mirada.

—O sea, que vamos a seguir con esto... —murmuró.

—¿Con qué?

—Ya me conoces lo bastante como para saber que no soy idiota, Tisaanah.

Casi me dio la risa. La idiotez no tenía nada que ver. Simplemente habíamos llegado a un punto en que ninguno de los dos era capaz de esconderse del otro.

—No sé, ¿tú crees? Cuando abres una puerta, queda abierta de los dos lados.

Rio otra vez.

—¿Qué me quieres decir con eso?

Se me había hecho un nudo en la garganta y, cuando me volví a mirarlo, tuve la sensación de que se hinchaba.

—Que no tendrías que haber vuelto —le solté—. Después de todo lo que te hice.

Se le tensó el semblante y casi hizo una mueca.

—Y tú tendrías que haberme hecho caso.

«Tiene razón —me dije—. Tendría que haberle hecho caso».

—¡Me lo tendrías que haber contado!

—No podía, Tisaanah.

—Pues cuéntamelo ahora —le pedí—. Cuéntamelo todo. Necesito saberlo, ¡porque lo estamos viviendo!

Le hablaba todavía tan bajito que mis palabras no eran más que un susurro, pero la intensidad de lo que le decía se adhería a ellas como el humo.

Despacio, se volvió hacia mí y me sostuvo la mirada. Una parte de mí quiso esquivarla, apartarse de aquellos ojos tan peculiares. No lo hice.

—Seis meses —dijo con voz ronca—. Lo tuve seis meses.

Puede que un poco más. Estaba en el Ejército; era capitán.

Empezaba a ser obvio que la guerra no terminaría fácilmente, ni sin un derramamiento de sangre considerable.

Nos habían atacado. Azre, el archicomandante, quería que se eligiera un sucesor, por si ocurría lo peor.

Zeryth, Nura y yo estábamos entre los candidatos.

Yo quería ese puesto, más de lo que había querido nunca nada.

Así que... —Se interrumpió, y, cuando retomó el relato, lo hizo con voz aún más ronca—.

Tú has hecho ese pacto para poder proteger a todas las personas a las que abandonaste, pero ¿yo?

¡Yo lo firmé porque quise! ¡Porque ansiaba poder!

Escupió de tal forma la última palabra que sentí su remordimiento y su rabia.