Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 50
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Tisaanah

«Lo degüello y me chupeteo su sangre de tus dedos».

A la mañana siguiente, no me noté a Reshaye en la cabeza, salvo por aquella leve presión constante y silenciosa en el fondo del cráneo. Ya no hacía falta que me hablara. Lo que me había dicho la noche anterior era más que suficiente para atormentarme el día entero.

Apenas me atrevía a mirar a Max. Claro que tampoco es que tuviéramos mucho tiempo para socializar.

Nos levantamos al alba y enseguida iniciamos los preparativos para viajar a Threll.

El barco que iba a llevarnos allí era precioso, de casco bajo y alargado, con el velamen extendido igual que las crestas dorsales de un lagarto.

El sol naciente se colaba, abrasador, por el tejido blanco y dorado, que llevaba estampados el sol y la luna, por lo que no cabía duda de a quién pertenecía.

No se parecía en nada al mercante en el que yo había cruzado el océano hacía más de seis meses y, aun así, una vez en el muelle, con el fuerte olor a mar en las fosas nasales y el aire salobre irritándome las mejillas, me palpitaban las cicatrices de la espalda.

Me sorprendió descubrir que tanto Nura como Zeryth nos acompañaban, al menos en el primer tramo del viaje.

Además, se nos unirían dos syrizen. Mientras nos presentaban a Eslyn y Ariadnea, tuve que obligarme a no mirarles fijamente aquellas cicatrices perfectas que tenían por ojos.

Eslyn, que era menuda, de rasgos afilados y piel dorada, parecía mucho más amable que su compañera, más alta, más corpulenta y de tez más clara, pero las dos se mostraron reservadas y comedidas después de saludarnos.

Por sus susurros de aparente frustración y sus expresiones frías, me dio la impresión de que no les entusiasmaba mucho hacer aquel viaje.

Y, aun así, pese a lo inquietantes que resultaban, me alegraba llevarlas con nosotros.

Porque no había más: siete personas para asaltar el hogar de uno de los señores de Threll, de los más poderosos del continente.

Bueno, ocho, supongo, si contábamos a Reshaye.

Max estaba asomado por la barandilla del muelle, a mi lado, y los dos contemplábamos el mar, apoyándonos el uno en el silencio del otro. La angustia me ahogaba y sabía que, con solo mirarlo de reojo, iba a volverme todo a la cabeza. Notaba que él me escudriñaba.

«Lo degüello y me chupeteo su sangre de tus dedos».

—Tisaanah... —empezó, pero antes de que pudiera hablar, para alivio mío, un grito rasgó el aire.

—Pero ¿cuándo vuelves?

Al volvernos, Max y yo vimos a Moth corriendo detrás de Sammerin mientras este cruzaba el muelle.

—No lo sé, Moth —contestó el otro—. Helene será una maestra excelente.

—Pero, cuando vuelvas —insistió Moth—, cuando vuelvas, igual entonces...

Sammerin se dio la vuelta, se metió las manos bajo la capa y estudió a Moth un buen rato, en silencio.

—Sí, cuando vuelva, cuando las Órdenes ya no me necesiten, volveré a ser tu maestro.

A Moth solo lo consoló a medias aquella garantía, y miró a Sammerin con escepticismo y el ceño fruncido. Entonces detectó a Max y se volvió hacia nosotros, encogiéndose un poco bajo su escrutinio.

—Te pido disculpas otra vez por lo del catalejo, y lo de las flores, y...

Max levantó la comisura izquierda de la boca.

—¿Qué catalejo?

—El que...

—No recuerdo ningún catalejo.

—Acuérdate de que lo rompí...

Max suspiró y se pellizcó el puente de la nariz, y a pesar de todo, me sorprendí reprimiendo una sonrisa minúscula.

—Da igual, Moth. No pasa nada. Está olvidado.

—Ah —contestó el aprendiz, mirándose las manos nervioso—. Bueno, aun así...

—Hubo un tiempo en que también yo rompía muchas cosas sin querer. Tú sigue esforzándote, que al final lo conseguirás. Cuando lo hagas, yo creo que vas a ser un mago cojonudo.

Moth se sobresaltó tanto que agitó el cuerpo entero.

—¿Eso crees?

—Puede —contestó Max, encogiéndose de hombros—. Demuéstrame que tengo razón.

Aquella afirmación reorganizó, al parecer, todo el mundo de Moth, que luego me miró a mí.

—Sammerin no ha querido contarme nada, pero vas a por los esclavistas, ¿verdad? Por eso viajáis a Threll.

—Sí —contesté, y se le ensombreció el semblante.

La mayoría de las personas que conocía en Ara sabían blindar sus emociones, pero las de Moth seguían impregnando el aire como una nube. Sabía que estaba pensando en mis cicatrices.

—Yo podría ayudar.

Negué con la cabeza.

—Aún no. Todavía tienes mucho que hacer aquí, en Ara.

Como aprender y crecer, despacio, por favor. Cosas que no tenían nada que ver con campos de batalla ni con guerras.

Frunció el ceño.

—Pues algún día lo haré.

—Te creo, Moth —contesté, y lo dije en serio, y noté que aquella nebulosa que lo envolvía se transformaba en sólida determinación.

Le subió un rubor a las mejillas. Me tendió una mano con la palma hacia arriba y aguardó. Al ver que me la quedaba mirando, confundida, masculló:

—¡La mano, Tisaanah! —Puse la mano en la suya y procuré no reír cuando me plantó un beso etéreo y torpe en los nudillos—.

Buena suerte —dijo, y luego, demasiado rápido, me soltó los dedos y se despidió definitivamente de los tres, agitando la mano apresuradamente mientras su nueva instructora se lo llevaba de allí.

—Moth rompeflores, rompecatalejos, rompejarras y rompecorazones —musitó Max, meneando la cabeza—. Sammerin, digno aprendiz tuyo.

—Está algo enamoriscado, diría yo, pero supongo que es inevitable —dijo Sammerin. Yo procuré no reparar en la miradita que le dedicó a Max mientras añadía—: En cuanto vi aquel vestido rojo, supe que estábamos todos perdidos.

Partimos tan temprano que el sol apenas empezaba a asomar por el cielo.

Nadie parecía del todo cómodo. Pasamos el día entre interacciones tensas y algo forzadas, aunque casi mejor, porque había mucho que hacer.

Ya hacía rato que se había puesto el sol cuando por fin hicimos una pausa para comer.

Zeryth se subió el estofado a cubierta y comió en la proa, con los pies colgando por la borda.

Nura se comió lo suyo en un rincón, sola.

Max, Sammerin y yo comimos en medio de un silencio largo e incómodo.

Continuaba suspendida entre nosotros aquella extraña quietud, no tanto por la ausencia de palabras como por la sobreabundancia de ellas, y ninguno de nosotros, por lo visto, estaba dispuesto a hacerle frente.

En su lugar, mientras me tragaba a duras penas el estofado insípido, no pude evitar observar a las dos syrizen que estaban al fondo.

Para no tener ojos, sus movimientos eran muy precisos: parecían saber dónde estaban el cacillo y los cuencos, y dónde se encontraba el perol.

Era imposible que fueran ciegas del todo, no podía ser.

—¿Nunca habías visto una syrizen?

Debía de estar mirándolas muy fijamente, porque, cuando me volví, Sammerin me estudiaba pensativo.

—No. Son...

Pero, como si hubiera presentido que hablábamos de ellas, Eslyn se dio la vuelta, nos dedicó una sonrisa de medio lado y se acercó despacio a nosotros, seguida de Ariadnea.

—Tengo que reconocer, Sammerin, que me ha sorprendido encontrarte aquí, precisamente.

Les hicimos hueco para que se sentaran con nosotros.

De cerca, todo en ellas parecía pulido para alcanzar una perfección letal.

Sus uniformes, hechos de cuero negro y tela rígida, eran idénticos e impecables; llevaban el pelo perfectamente recogido, y sus lanzas refulgían a la luz de los farolillos.

Y, claro, también estaban aquellas cicatrices: limpias, rectas y exactas.

Todo eso desentonaba profundamente con la simpatía jovial que Eslyn derrochó cuando se sentó con nosotros, aunque sus encantos siguieran pareciéndome... predatorios.

—¡Cuánto tiempo! —dijo, señalando a Sammerin con la cabeza—. ¿Qué tal todo?

—No me quejo, Eslyn.

—¿Os conocéis? —pregunté.

—De hace mucho —respondió él con sospechosa premura, y luego la espeluznante mirada desprovista de ojos de Eslyn se posó en mí.

—A las syrizen nos reclutan del Ejército, así que hubo un tiempo en que nos movíamos en los mismos círculos, ¿verdad, Sam?

—Podría decirse que sí —contestó Sammerin en un tono gélido impropio de él.

—Teníamos una amistad en común —terció Ariadnea, cuya voz grave y profunda me recordaba la piedra, por su solidez y contundencia.

—Sí, también era recluta —añadió Eslyn.

—Ajá —confirmó Sammerin, mirando su cuenco de estofado.

Interesante.

—O sea, que ya os conocíais de antes...

—De cuando yo aún tenía aquellos preciosos ojos grandes y azules, sí —confirmó Eslyn, y rio mientras todos los demás guardábamos un silencio incómodo.

Ariadnea no había dejado de estudiarme.

—Nunca has conocido a una syrizen.

No era una pregunta, pero negué con la cabeza de todas formas.

Eslyn soltó una carcajada.

—Por cómo nos mirabas, ha quedado más que claro.

—No pretendía ser grosera, pero es que... —¡Por los dioses, era imposible no mirarlas!—. Sois muy... elegantes.

—Esperabas que fuéramos tropezándonos con todo como gatitos recién nacidos, ¿no? —canturreó Eslyn—. Pues vemos igual de bien que vosotros.

—Solo que de otro modo —añadió Ariadnea.

Miré a la una y a la otra.

—¿Cómo?

—Por las capas —respondió Eslyn sin más.

—¿Las capas?

—La magia está hecha de capas que se encuentran muy por debajo del mundo físico —contestó Ariadnea—.

Hay diversas capas, o corrientes, para cada tipo de magia: la magia valtaina, la solari...

—Asentí con la cabeza. Del dominio público; se mencionan hasta en cuentos—.

No solo hay esas dos, son muchas, aunque esas son las únicas a las que se sabe que han accedido las personas.

De los fey, por ejemplo, se cree que tuvieron multitud de ramas propias, inaccesibles a los magos humanos.

—Las syrizen —dijo Eslyn orgullosa— son las únicas magas humanas capaces de acceder a las capas de magia más profundas.

—Aunque solo sea unos segundos cada vez —terció Ariadnea—. Y con grandes... concesiones, para poder forzar una sensibilidad mayor —dijo, señalándose las cuencas vacías con una sonrisa socarrona.