Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 49
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Tisaanah

Pasé la noche ensayando los movimientos que había probado en la sala de entrenamiento, sometiendo mis músculos a aquellas rutinas hasta interiorizarlas.

Estaba agotada, pero el sueño no me tentaba.

Pensaba que, después de haber cruzado el océano al límite de mis fuerzas y haber llegado a mi destino casi muerta, sabía lo que era estar cansada, pero no, eso no era nada.

Mi agotamiento presente me brotaba de las entrañas.

Por lo visto, Reshaye también lo notaba, porque había enmudecido. Menos mal.

Cuando se fue Sammerin, Max volvió a mi alcoba.

Tenía sus propios aposentos en la torre, pero estuvo en los míos, repantingado en un sillón, comentando mis progresos hasta que empezó a entrarle el sueño.

Al final, se quedó desparramado en el asiento, con la cabeza descolgada hacia atrás, roncando un poquito, como si el cuerpo hubiera dejado de funcionarle sin más.

No habíamos vuelto a hablar de lo sucedido antes, y yo se lo agradecí.

Prefería pensar en que, en cuestión de días, volvería a ver a Serel, podría volver a tenerlo conmigo, a salvo.

Si seguía con vida.

Si lograba encontrarlo.

Si conseguía hacer todo eso en el tiempo escasísimo de que disponía y con mis limitadísimos recursos y, claro, con el agravante impredecible de Reshaye.

Si, si, si...

Ya entrada la madrugada, solté la vara de entrenamiento, me acerqué al ventanal y apoyé los dedos en el cristal fresco.

Mi alcoba no estaba en lo más alto de las torres, pero sí a una distancia considerable del suelo.

La capital se extendía a mis pies como una réplica de juguete, reducida a un montón de lucecitas y de bloques impersonales iluminados por la luz de la luna.

Aun en la oscuridad, brillaba el palacio a lo lejos, reflejando una luz inexistente, o quizá las llamas que todavía refulgían, como las brasas en una chimenea, por las afueras de la ciudad.

Me pregunté si Nura y Zeryth seguirían ahí fuera, controlando los daños, si continuarían escapándoseles las vidas entre los dedos.

— Hermoso. —Un débil susurro se me enredó en los pensamientos y me recorrió la espalda como un escalofrío—. Había olvidado lo hermoso que podía llegar a ser.

Se me paró el corazón.

Comprobé los hilos de mi tela de araña mental, preparándome para volver a echar a Reshaye si hacía falta.

— ¿El qué? —le pregunté.

Debía seguirle la conversación a aquella cosa, distraerla.

— El mundo, el aire, la libertad, el fuego..., todas esas historias.

La encontré, apagada, cansada, débil, aferrándose a unos frágiles hilos.

— Tú valoras la libertad tanto como yo. Nadie la desea más que quien nunca la ha tenido.

Noté que hurgaba en mis recuerdos otra vez, recuerdos del día en que conocí a Esmaris, del día en que me desenvolvió con la mirada como si fuera un regalo.

— Mañana vamos a mi antiguo hogar. Tú y yo concederemos la libertad a muchas personas que, como nosotros, nunca la han tenido —le dije.

— A Threll.

— Sí.

— Conocí ese sitio, hace tiempo.

De nuevo mi recuerdo de las manos apoyadas en la hierba. Adelante, atrás, una y otra vez.

— ¿Sabes que me tuvieron encerrado muchísimos años?

No tenía nada, ni a nadie. No sé cuánto tiempo.

Muchísimo. Pensarás que eso no es nada para mí, pero, aun habiendo vivido muchas vidas, he sentido hasta el último segundo de cada una.

Han intentado alojarme en muchos otros cuerpos, darme muchos otros lugares donde vivir, pero yo los odiaba. Eran como nidos de acero retorcido.

Su susurro furioso me arañó la nuca; luego se convirtió en una caricia marchita.

— Pero tú no, tú eres como la seda.

Tuve que tragarme la repulsión que me producía.

Pero me sorprendí preguntándole:

—¿Qué eras? Antes, digo.

— No me acuerdo. Ahora solo soy pedazos de muchas cosas. Un ser incompleto.

Su pena me resonó en el pecho, como un aullido vacío, triste.

— Yo también —reconocí.

Retazos, retazos de valtaina, nacida de un país que ya no existía, vinculada a una orden que solo me aceptaba en parte.

— Lo sé. A lo mejor nos completamos el uno al otro, Tisaanah, Hija de Ningún Mundo.

— A lo mejor —dije, haciendo un sobresfuerzo por mentir.

— ¡Qué mariposilla rota tan hermosa eres!

Y noté que me acariciaba los dedos de la mente, que me los cogía de donde yo los tenía preparados para devolverlo a la oscuridad, que se hincaba en ellos con unas garras incorpóreas.

— Hoy me has traicionado.

Me asaltó el pánico, que se enroscó más fuerte en mis pensamientos. El dolor me chisporroteó en la columna.

— Me has expulsado. Y como vuelvas a hacerlo, mariposa mía, lo degüello y me chupeteo su sangre de tus dedos.

Y dicho eso volvió a diluirse en el silencio, abandonando mis pensamientos mientras yo me escurría por la cristalera hasta caer temblando al suelo.