Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 48
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Max

Tisaanah aspiró entre dientes mientras Sammerin le sujetaba la mano con suavidad.

—Es sencillo —dijo, y en aquel momento no había nada que yo agradeciera más que la calma imperturbable de su voz—. Una fractura limpia de fácil arreglo.

Giró la cabeza para mirarme. Trataba de tranquilizarme, tanto como a ella.

Meneé la cabeza sin quererlo del todo.

Aun con todo lo demás que estaba pasando, con aquella criatura que me acechaba, y la oscuridad, la magia, ¡la puta espada!

..., fue el chasquido de los huesos de Tisaanah lo que me resonó en los oídos, ahogando todo lo demás.

Eso y el golpe tan fuerte que se había dado en la cabeza al caer al suelo, tanto que, por un segundo aterrador, llegué a pensar que no volvería a levantarse.

Paseaba nervioso por el borde de la alcoba, como si por seguir moviéndome fuera a conseguir que ciertos pensamientos no se me instalaran en la cabeza.

Ella me seguía con la vista. Sabía que dolía una barbaridad que te recompusieran los huesos y te repararan la carne por la fuerza, pero ella no reaccionó.

Se limitó a mirarme de aquella forma tan suya, como si no solo viera, sino que observara con suma atención, ahondando en mi interior.

No fui consciente de que me había pasado seis meses memorizando aquella mirada, e interiorizando lo que me hacía sentir, hasta que posó sus ojos en mí en aquella sala de entrenamiento y supe, antes de que se moviera o hablara, que no era ella.

Me detuve junto a su cama.

—¿Todo tranquilo?

Asintió.

Sammerin le dejó la mano con cuidado en el regazo.

—Sé prudente un tiempo. Aún tendrás la articulación floja durante una semana o así.

Le miré la muñeca. Recta, como nueva, como si jamás se hubiera lesionado.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—Lo siento.

—Tendrías que haberlo hecho antes —me dijo en voz baja.

—Esa cosa no quería matarme. De haber querido hacerlo, ya estaría muerto.

Estremecida, me miró el hombro. Yo llevaba tapada aquella extraña herida —aún no había decidido qué era exactamente, solo que dolía de cojones—, pero sus ojos atravesaron el tejido.

Seguro que vio lo mismo que yo cuando le miraba la muñeca, pero para mí, aquel dolor lacerante no era más que un recordatorio de que, si Reshaye de verdad quisiera verme muerto, no le hacía falta tontear con palos partidos ni espadas mágicas.

No, lo que estaba pasando ahí dentro era un juego.

Tendría que haberlo sospechado, haber aguantado más.

Ella abrió la boca y supe que se disponía a decirme, por enésima vez ese día, que me marchara.

—Ya sabemos cómo termina esta discusión, Tisaanah, así que no empieces.

—Si llego a hacerte daño...

—Esa cosa no quería hacerme daño.

Sammerin se puso en pie y me miró sin decir nada antes de salir por la puerta. Si Tisaanah reparó en que se iba, no lo puso de manifiesto.

—De haber tardado tan solo un instante más en recuperar el control...

—Pero no ha sido así, y ahora ya sabes cómo hacerlo.

—Qué raro se me hacía intentar ser optimista con eso, precisamente.

Optimista o deliberadamente necio. Para mi yo más negativo y odioso, ambas cosas serían lo mismo—.

Además —añadí—, mañana nos vamos a Threll y, cuando lleguemos, te alegrarás de tener a tu lado a uno de los mejores luchadores.

Asomó a sus labios una sonrisa.

—¿Estás fardando?

—Si es cierto, no es fardar. Y por una vez estoy deseando ver arder a esos cabrones.

Lo dije completamente en serio.

Tisaanah levantó la cabeza y, por primera vez desde mi regreso, no aparté los ojos de aquella mirada cruda y electrizante.

No tenía del todo claro por qué me incomodaba tanto.

Quizá hubiera demasiadas cosas que no quería que viese en mí, o demasiadas que me aterraba ver en ella.

O tal vez fuera el modo en que me impactaba su rostro todas y cada una de las veces, algo que me aterraba sobremanera.

Le aparté de la cara un mechón de pelo que le tapaba el ojo verde.

—Muéstrame esa fuerza bruta implacable, Tisaanah.

No se movió, no dijo ni mu, pero sus ojos se imbuyeron de un brillo feroz y yo dejé que sus llamas me desnudaran, me abrasaran, me consumieran, hasta que no quedaron más que cenizas.

Sosteniendo la pipa con los dientes, Sammerin exhaló un anillo de humo. Su rostro jamás revelaba angustia, solo concentración, pero yo sabía que solo fumaba cuando estaba nervioso.

Recorrimos en silencio los pasillos de la torre, descendiendo y descendiendo.

—¿Qué pasa, Sammerin? —Me hizo una pregunta muda con los ojos y yo le contesté con una mirada cómplice—. Suelta de una vez lo que sea que estés rumiando.

Soltó el humo lentamente por la nariz, como un dragón.

—Un día, Max. Ha pasado un día y mira cómo estamos ya.

—Esa cosa no me iba a matar.

—Esa cosa es impredecible.

—Ella ya casi lo tenía. Debería haber esperado.

—Una muñeca rota tampoco es para tanto, y me da que lo ha soportado a gusto con tal de garantizar tu seguridad.

—¿Qué intentas decirme?

—Que me he pasado años oyéndote decir que ojalá tu padre no hubiese vacilado aquel día.

—Si insinúas que tendría que haber... —solté furioso, clavándome las uñas en las manos.

—No, claro que no. —Negó con la cabeza y soltó otra bocanada de humo. Me habría gustado que su reacción fuese más potente—. Pero ¿y si fuera a más? Si esa cosa intentase matarte, ¿se lo permitirías? Porque eso sería algo con lo que también ella tendría que cargar el resto de su vida.

Lo sabía de sobra. Aún veía los rostros de mis hermanos cada vez que parpadeaba.

—Esa cosa no me iba a matar.

—Tienes que pensar en lo que harías si llegase a ese extremo.

—No vamos a permitir que llegue a ese extremo.

Sammerin me miró con una cara que se parecía fastidiosamente a la de pena.

—No hagas eso —lo reprendí.

—Tienes todas las de perder, y esa cosa lo sabe, sobre todo ahora. Lo va a usar en tu contra.

Me repateaba que tuviera toda la razón.

Continuamos avanzando en silencio, mientras el humo de su pipa me obstruía los pulmones.

—Querría poder resumirte todo esto en una especie de conclusión profunda —dijo al fin—, algo más útil que pedirte simplemente que tengas cuidado.

También yo lo querría, pero sospechaba que, aunque encontrara las palabras, no me iba a gustar lo que tuviera que decir.