47
Tisaanah
Y, sin más, perdí por completo el control de mi pensamiento, la conexión con mis músculos, como si se hubiera levantado delante de mí un cristal que me hubiera dejado atrapada al otro lado.
Quise mover la mano, intenté desesperadamente...
Nada, fue en vano.
—Aún se me hace raro verte aquí —dijeron mis labios, al tiempo que mis ojos se paseaban por el rostro de Max, muy tenso y pálido—, tan tierno y tan mortal.
Mis dedos apretaron un poco más el palo roto contra su cuello, y la presión hizo brotar una sola gota de sangre. Él me hincó las manos en los hombros, sin moverse. Tan rígido estaba que bien podría haber sido una escultura de piedra.
En el interior de mi cabeza, yo arañaba aquella pared de vidrio, y el pánico se hacía cada vez mayor.
— Déjame volver a entrar.
— Tú ya te has divertido lo tuyo, ahora me toca a mí.
Mi mano izquierda, la que no tenía ocupada con la estaca, ascendió por el cuerpo de Max, acariciándole con las yemas de los dedos el pecho, luego los hombros, después el cuello, curiosa, y suave como una pluma.
—Al principio, no lo entendía —musitó mi voz—, no comprendía la naturaleza de su interés por ti, pero ahora lo veo claro: es algo sexual.
Los humanos estáis obsesionados con el sexo.
Ahora se me hace muy raro, aunque quizá en otro tiempo no me lo pareciera.
—Ladeé la cabeza—. Me intriga: ¿tú piensas en ella de la misma forma que ella en ti?
Sentía esa curiosidad, el interrogante me asaltaba de verdad el pensamiento, solo que aquella parálisis sofocante me consumía demasiado para que me avergonzara. Ataqué con uñas y dientes a esa fuerza que me atrapaba, y con tanto golpe inútil, empecé a dudar de mi existencia.
Los ojos de Max se clavaban en los míos con un fuego gélido.
—Te veo, Tisaanah —me dijo, en voz baja, muy despacio—. Aún te veo. Sigues ahí.
Me aferré a aquel nimio consuelo, mientras mis labios se torcían en un gesto mudo de rabia y desprecio.
—Ahora solo hablas conmigo.
—Hablo con la única persona que importa aquí.
Un suspiro entre dientes, otra gota de sangre.
—Me abandonas, ¿y ahora te diriges a mí con esa crueldad?
—¿Pretendes asustarme?
—Te estoy demostrando lo mal que lo pasé cuando me encerraste, lo que significó para mí ese destierro, lo desagradable que es verse impotente —repliqué, con los nudillos blancos y los músculos temblones de apretar el palo.
Volví a arrojarme contra el cristal e inhalé una terrible bocanada de pánico descontrolado...
Un resoplido.
—¿Impotente?, ¿por un trozo de madera astillada?
«Impotente». Entonces caí en la cuenta. Me obligué a serenarme. Me había pasado la vida sintiéndome impotente. Sabía encontrar el poder donde no lo había.
Así que, en vez de atacar de nuevo a Reshaye, lo abordé con una caricia.
«Te veo las heridas. Veo cuánto te duele su traición».
Nada de mentiras: aquella cosa iba a saber si mentía. Solo una verdad escogida cuidadosamente.
Se volvió hacia mí.
— He sufrido lo indecible, te lo aseguro .
— Lo sé —le dije.
Reshaye hizo una pausa y, por un instante, sentí que cedía ante mí, que rozaba mis pensamientos con una intimidad que me obligaba a hacer un esfuerzo por no recular...
De pronto sobresaltada, me recorrió una punzada de pánico y me cegó un recuerdo ¡blanco, blanco, blanco!..., consumido de inmediato por un estallido de rabia de Reshaye.
—¿Sabes lo que me hicieron? Me encerraron en una mente rota y un cuerpo roto, sin otra cosa que blanco durante muchos días, muchísimos días. —Me hizo apretar los dientes, fruncir el labio—. No teníais a nadie más y, aun así, os deshicisteis de mí. ¿Por qué?
Me bulló en las venas el poder, la magia.
Se atenuaron las luces de la estancia, que se volvieron difusas y oscuras, como el ocaso rojizo previo a una tormenta. Me hormiguearon los dedos con los que me aferraba al hombro de Max y vi que entrecerraba brevísimamente los ojos en un gesto de dolor.
Despacio, muy despacio, Max deslizó la mano izquierda por mi hombro, por mi brazo.
—Busca un asidero —masculló, sin apartar los ojos de los míos—. Busca algo a lo que puedas agarrarte y no te sueltes, Tisaanah.
—¡Estás hablando CONMIGO! —Noté que se me arrugaba la nariz—. Respóndeme a una cosa, Maxantarius. Conozco tu cuerpo, sé de lo que es capaz. Ya podrías haberla lanzado por los aires a la otra punta de este cuarto. Te has reído de mi trozo de madera astillada, pero aquí seguimos.
—¿Cuál es la pregunta?
Una carcajada me arañó la garganta.
—Igual tienes razón. Igual no hay pregunta. A fin de cuentas, siempre he visto todas tus flaquezas.
Me ardían los dedos, chisporroteaban sobre la piel de Max, y un hedor terrible me impregnó las fosas nasales. Max apretó la mandíbula, reprimiendo una mueca de dolor. Me agarró de la muñeca, fuerte, y supe que estaba aguardando hasta el último momento posible...
La estancia se oscureció cada vez más. Mis ojos, controlados por Reshaye, miraron un instante hacia Il’Sahaj.
No.
Contuve mi propio pánico.
— ¿Qué vas a ganar matándolo? —le pregunté a Reshaye.
Una risa silenciosa serpenteó entre mis pensamientos como un temblor tremendo.
— Compensación.
— Pero has dicho que lo quieres, y, muerto, jamás lo tendrás. Además, te voy a decir una cosa, Reshaye: si lo matas, si le haces daño, jamás me tendrás a mí tampoco.
— ¿Y por qué ibas a interesarme?
— Porque deseas que te amen, y yo he amado a muchos monstruos.
Max apretó los dedos.
Un segundo terrible de silencio, una oleada de rabia creciente, creciente...
— Entonces, podrías amar a uno más.
La estancia se sumió en la oscuridad y Reshaye me hizo lanzar la mano hacia delante para recibir a Il’Sahaj, que volaba hacia ella.
No.
Max me retorció la muñeca y me hizo caer de espaldas, produciéndome un dolor intenso por todo el brazo y por la parte de atrás de la cabeza cuando se estampó contra el suelo. Pero Reshaye no reaccionó, siguió esperando la espada...
Su ira gozosa me sabía a sangre en la lengua.
— ¡Para ya! —le dije, abalanzándome una vez más contra aquel muro que me impedía controlar mis músculos.
Y de pronto caí en la cuenta de que mi mente no era una sala. No, lo había olvidado: era una tela de araña. No tenía límites. Podía desplazarme hacia arriba.
Así la empuñadura de Il’Sahaj, apretándola mientras la alzaba. Luego repté por los hilos de mi mente, volviendo a integrarlos dentro de mí. Seguí los caminos sumidos en la oscuridad. Reshaye.
Se me levantó el brazo y, cuando mi cuerpo estaba a punto de rebanarle el cuello a Max con la hoja de Il’Sahaj, pasé una cuchilla por todos aquellos hilos de pensamiento infectados y, de un tajo, aparté a Reshaye de mi mente.
Solté un chillido que me estremeció el cuerpo entero, tan agotador que me cegó.
Hubo un estruendo.
Me entró el aire de golpe en los pulmones como si acabase de caer de una gran altura, y la luz, que volvió de pronto, me abofeteó la cara.
Al girar la cabeza, vi a Max levantándose del suelo, con Il’Sahaj tirada a su lado. Yo tenía la muñeca torcida en un ángulo espeluznante, pero agradecí el dolor, la forma en que me vinculaba a mi cuerpo.
—Tisaanah...
Mi nombre sonó como un suspiro de alivio entrecortado en los labios de Max, en voz tan baja que me costó identificarlo. Pegó su frente a la mía y lo repitió, como si no se diera cuenta de que estaba hablando en voz alta.
Por un momento, me paralizó el horror de pensar en lo que había estado a punto de hacer. ¡Por los dioses, casi había...! Le había puesto la hoja tan cerca, tan cerquísima del cuello...
Temblábamos los dos. Le llevé la mano buena a la cara y luego posé los ojos en su cuello, en el reguero de sangre solitario que le corría por debajo de la mandíbula, y a continuación en tres marcas de dedos moradas, extrañas y espantosas, que tenía en el hombro.
¿Qué era aquello?, ¿una quemadura? Aparté la camisa, provocándole una fuerte inhalación entre dientes. No, no era una quemadura, no exactamente...
Un silbido por lo bajo interrumpió cualquier intento precario, por mi parte, de pronunciar palabra alguna.
—¿Interrumpo algo?
Max y yo nos apartamos el uno del otro. Yo me puse en pie con la ayuda de mi mano intacta. Zeryth estaba recostado en el marco de la puerta, mirándonos con una ceja enarcada, intrigado.
—La última vez que os vi no estabais de humor para cosas de estas, claro que supongo que la amenaza de la muerte puede tener ese efecto en las personas.
Antes de que a Max le diese tiempo a soltar una de sus réplicas mordaces o de que yo pudiese siquiera empezar a explicarle lo ocurrido, Nura apareció a su lado. Su gesto sombrío me congeló las palabras en la garganta.
—Levanta. Ya no hay tiempo para tonterías. —Luego añadió, con voz algo más aguda—: Han atacado la capital, y debes cumplir lo pactado. Salimos para Threll al alba.
Apenas hablé, apenas me permití respirar mientras Max y yo seguíamos a Nura y Zeryth por los pasillos blancos y estáticos de la Torre de la Medianoche.
Aún me temblaban las manos, que llevaba cogidas para disimularlo.
Incluso Max estaba más silencioso de lo habitual.
Claro que nuestro silencio bien podía pasar por conmoción ante lo que Nura nos contaba, porque, además, estaría justificado.
—Han sido los rebeldes, un grupo formado por miembros de tres de las casas apartadas del poder —dijo Nura, con voz tensa, según avanzábamos por los pasillos—.
Una osadía por su parte. Solo que, por primera vez, cuentan con un respaldo real.
Tres familias poderosas, unos miles de soldados, nada comparado con la Guardia, pero...
Doblamos una esquina y llegamos a unos pasillos, que daban a los muros exteriores de la torre, con ventanales. Se me congeló el aliento en la garganta.
—¡Por los dioses! —exclamé espantada.
—¡Joooder! —susurró Max.
—Pues eso —dijo Nura por lo bajo.
La periferia de la capital, muy a lo lejos, se veía iluminada por el fuego, como si la ciudad fuese un ser vivo y una infección ardiente se propagase a través de venas en llamas.
Me adelanté para pegarme al cristal y apoyé los dedos en él. Si me fijaba bien, podía ver antorchas que avanzaban precipitadamente hacia el brote de violencia. Justo detrás, una súbita oscuridad, como si los que no participaban en la lucha hubieran cerrado a cal y canto sus contraventanas.
Un recuerdo antiquísimo me acudió de pronto a la memoria, el de lo que en su día había sido Nyzerene, presa de las llamas y reducida a cenizas, y yo viéndolo con la cara pegada al hombro de mi madre mientras huíamos.
—Caerán —dijo Nura en voz baja pero contundente—. La Guardia se hará con todos ellos, y luego, en cuanto volvamos a...
Contempló una última vez la ciudad, y luego me miró en silencio.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Me sujeté la muñeca rota.
Acto seguido, Nura se giró y nos hizo una seña para que la siguiéramos.
—Al alba, Tisaanah. Estate preparada para partir. Cuanto antes nos vayamos, antes volveremos.