46
Tisaanah
Cuando volvió Max, yo estaba que me subía por las paredes.
Fue asombrosa la velocidad a la que pasé de sentirme débil y enferma a tener ganas de arrancarme la piel.
De hecho, me encontraba tan bien, tan llena de energía, que la sensación rayaba en lo desagradable, como si hubiera algo raro, como si me hirviera la sangre.
Me latía el corazón rapidísimo, aun estando sentada y quieta.
Por eso, cuando volvió Max y me enseñó las armas que Via le había proporcionado, debí de parecerle un poco desquiciada, porque no se fiaba ni de dejarme tocar la espada.
Lo hizo de todas formas, y yo la cogí en brazos como si fuera un bebé.
Era lo más hermoso que había visto en mi vida.
Y el nombre... Il’Sahaj, la espada de ningún mundo, la espada de todos los mundos.
Como yo.
Si hubiera sido capaz de detenerme, de detener mis pensamientos un instante, hasta me habría conmovido. Creía que Via ni me había mirado cuando nos conocimos; ¿cómo iba a pensar que pudiera creerme digna de algo así?
Volví a desenvainar la espada y sentí en las manos el bronce labrado, mientras paseaba los ojos por la plata y el oro danzarines. Algo me ronroneó por dentro al verla.
—No hemos entrenado mucho con espadas.
Max había seguido formándome en los rudimentos del combate, pero no demasiado, y siempre con espadas mucho más cortas que aquella.
—No —contestó—. Tendría que haberlo hecho... Si lo hubiera pensado bien, habríamos entrenado más, teniendo en cuenta tus planes.
Lo miré, y él desvió la mirada.
Desde que había despertado, solo nos habíamos echado algunos vistazos de refilón. No me estaba mirando de verdad. Supongo que lo entendía, pero hasta aquellas ojeadas rápidas cargadas de palabras me pesaban como plomo en el corazón.
Medité entonces sobre esas palabras, todo lo que quería contarle.
Pensé en cómo decirle lo mucho que sentía lo que le había ocurrido a su familia, lo importante que era para mí que hubiera venido a buscarme.
Y pensé en cómo preguntarle qué iba a ser de mí, de nosotros, con aquella criatura instalada en mi mente.
Pero lo único que oía eran los latidos acelerados de mi corazón aporreándome los oídos, al tiempo que se me contraían los músculos.
Podía intentar decirle todas aquellas cosas o... ¡moverme!
Me puse en pie, me paseé nerviosa, aferrada a Il’Sahaj.
—Podemos empezar ahora.
—Empezar... ¿a entrenar?
—Sí.
—¿Te encuentras...?
—Lo que encuentro es que no aguanto quieta ni un minuto más.
Di media vuelta para mirarlo a la cara. Esbozó una sonrisa de medio lado, del izquierdo, como de costumbre.
—Necesitas volcarte en algo.
Solté un pequeño suspiro. Me entendía. Claro que sí. Asentí con la cabeza, y me corrió por la cara una gota de sudor que se había estado acumulando en la sien.
—Pues venga... —Agarró su arma y la asió con cautela por la empuñadura—. Genial. Si tú puedes, yo también.
Iba tan empapada en sudor que el algodón de la camisa se me pegaba a la espalda, y los mechones de pelo suelto se me adherían a las mejillas y el cuello húmedos. Y el corazón me palpitaba y me palpitaba y me palpitaba.
Una vez, siendo niña, me encontré un gazapo que había quedado vivo después de que desapareciera el nido entero.
Era tan pequeño, tan frágil, que los latidos de su corazón hacían que le temblase todo el cuerpo, y eran tan rápidos que se diluían en uno, como pasa con el aleteo del colibrí.
Así era como me sentía yo el corazón: un millar de latidos por cada aliento.
Pero no estaba asustada, más bien al contrario. Tenía hambre. ¡Un hambre voraz! Poderosa, como la sangre que me hervía en las venas.
Max me llevó abajo, a una sala de entrenamiento, y yo acometí la tarea con todas mis fuerzas.
Il’Sahaj estaba apoyada en la puerta, sin usar, algo que me enfurecía cada vez que la veía.
En su lugar, Max me había dado una vara de entrenamiento, que yo usaba para atacar en una serie de ejercicios con toda la vehemencia y la precisión de que era capaz.
—Es todo cuestión de control —me dijo mientras paraba uno de mis golpes. Lo hizo con su arma, sin desenvainar los extremos, porque, según él, necesitaba volver a familiarizarse con ella—. Como la magia.
¡Control, control, control! ¿Había algo que no fuese cuestión de control?
Me volqué en los ejercicios, lanzando tajos más rápidos, más fuertes, perdiéndome en la repetición y en las protestas de mis brazos, de mi espalda. Si me dolía lo suficiente, no tendría que pensar más.
Se me escapó un gruñido entre dientes, por el impacto, cuando otro de mis golpes topó con el asta de bronce de Max.
—No te fuerces demasiado.
Abrí la boca y solté una carcajada, una que sonó algo amarga, algo ácida y algo más desesperada de lo que debía.
Max titubeó un poco, con el ceño fruncido de preocupación. Aproveché la distracción para atacar. Otro tajo, bajo, que estuvo a punto de escapársele.
—Tisaanah...
Estuve a punto de lanzarle otro, pero, con idéntica rapidez, dio media vuelta y me devolvió el ataque con la inercia de mi propio golpe, lo que nos empujó a los dos contra la pared. Jadeamos, y nuestro aliento se mezcló en el aire que había entre ambos, donde se cruzaban nuestras varas.
Entonces me miró, por fin. Me miró con una intensidad recelosa, inquisitiva. La satisfacción me serpenteó por la columna como un escalofrío.
—Esto se está poniendo al rojo vivo, ¿verdad? —me dijo.
«Verdad», pensé, pero algo en mi interior devoró la palabra antes de que pudiera registrarla, algo a caballo entre la rabia, el deseo ¡y el hambre!
—Estoy bien —susurré furiosa—. No te pongas cuidadoso conmigo, que aún no he terminado.
Era capaz de cualquier cosa. Podía con aquello. Y me daba aquel palito de madera como si fuera a hacerme daño con un arma de verdad.
¡Ja!
Me agaché y me liberé por debajo de su brazo, rozándole el costado, y luego retrocedí bailando.
Bailando, eso era: una serie de pasos. Muy al fondo de mi mente, una llave encajó en la cerradura.
Todo se iluminó sobre un suelo de madera encalado, como si se desplegase ante mí el mapa de mi pensamiento.
Max giró tan deprisa como yo, dispuesto a pararme. Era rápido. Resultaba hermoso ver lo fluido de sus movimientos, casi predatorios. Me pregunté cómo sería cuando no estuviera reprimiéndose. En Tairn se había reprimido, y ahora también lo estaba haciendo.
¡Clac!
Chocó la madera contra el metal, rasgando el aire con el bloqueo.
—Ya es suficiente. Tómate un descanso.
No.
No era suficiente. Nunca era suficiente.
Estaba tan centrada que no noté que una sonrisa se me dibujaba en el rostro mientras retrocedía, solo para volver a atacar.
Y otra vez.
Y otra.
Sabía exactamente cómo moverme, incluso de formas con las que mis músculos no estaban familiarizados. Mi mente sacaba los movimientos de algún lado y me los proporcionaba en forma de números como los que me había aprendido de memoria en la corte de Esmaris.
«Un, dos, tres, cuatro...».
El estruendo de los golpes se hizo cada vez más rápido. Él se limitaba a pararlos, nunca atacaba.
Solté un gruñido mientras me abalanzaba sobre él con un salto particularmente violento, y cuando nuestras armas se encontraron, noté que la tensión de sus brazos absorbía el impacto. Le sonreí, pero él recibió mi sonrisa con una impasividad absoluta.
Un fuego líquido le encendió las volutas de la vara, que se dividió en dos piezas.
De un solo movimiento suave, Max se hizo a un lado y me mandó al suelo dando tumbos con un bufido del todo impropio de mí. Cuando topé con el suelo, se me partió el palo. Mientras caía, eché el brazo hacia delante y lancé una espiral de aire que se le enroscó en las piernas y lo tumbó.
En cuanto cayó, me abalancé sobre él, agradeciendo el contacto de mi piel con el suelo fresco al tiempo que le apoyaba las manos en los hombros, sin dejar de aferrar el palo roto. Le había envuelto el torso con mi cuerpo, y jadeábamos el uno contra el otro.
—Te he ganado.
¡Por todos los dioses, había olvidado lo mucho que me gustaba superar las expectativas!
El pelo, que se me había escapado de la trenza, me colgaba por delante y le hacía cosquillas a Max en la nariz.
Yo sonreía sin parar, pero él seguía mirándome con solemnidad, inquisitivo.
Saboreé su mirada y luego paseé la mía por su mandíbula, por su cuello sudoroso, hasta el vértice de su camisa blanca desabotonada, tan mojada que se le pegaba a la piel, poniendo de manifiesto hasta la última de las contracciones y tensiones de su musculatura.
Mi victoria no me produjo ninguna satisfacción. No, tenía hambre, hambre, hambre.
No era suficiente. Nunca era suficiente.
—No ha sido solo cosa tuya —me dijo—. Reconozco algunos de esos movimientos.
No lo estaba escuchando.
Me tenía agarrada por los hombros como si quisiera retenerme, impedir que me acercase más.
—Tisaanah, mírame.
«Mírame, mírame, mírame».
Levanté la cabeza, y mis ojos treparon despacio por su cuerpo hasta llegarle a la cara.
Y, con ese mismo movimiento, caí de pronto en la cuenta de que aún empuñaba la vara de entrenamiento rota y le estaba clavando a Max la punta afilada por debajo de la mandíbula.
Y de que no era mi voz, ¡no era mi voz!, la que salía de mi boca y decía:
—Te estoy mirando, Maxantarius.