Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 45 #2
59%

45 #2

—Escucha, Sammerin —dije inclinándome hacia delante—, ese día fue un conjunto trágicamente perfecto de circunstancias, una avalancha de mierda fruto de una confluencia cósmica irrepetible.

Da igual lo que habría pasado o no de haber estado tú allí, porque el caso es que no estabas.

Pero, aunque hubieras estado, puede que no hubiera cambiado nada.

Igual la avalancha de mierda habría sido algo distinta y, al final, habrían sacado a rastras de aquella casa un cadáver más.

Procuré quitarme aquella posibilidad de la cabeza antes de que se asentara en mi pensamiento, porque en ella había una certeza: si eso hubiera ocurrido, yo no habría sobrevivido a los últimos ocho años.

Soltó un suspiro largo y agachó la cabeza, pero no dijo nada.

—¿Todo bien? —insistí.

—Todo bien.

Luego me miró a los ojos y vi en ellos un pozo de emociones crudísimas que Sammerin se resistía a liberar.

—No quiero volver a vivir un día así en mi vida —dijo—. Así que, sí, voy.

Sentí un alivio inmenso.

—Gracias —murmuré, las únicas palabras que se me ocurrieron, por sosa que fuera la respuesta.

Sammerin se encogió de hombros.

—Tú me has salvado la vida suficientes veces.

Además... —añadió, y su gesto se endureció un segundo—, Tisaanah se merece lo mejor.

—Luego ladeó la cabeza con una sonrisita—.

Aunque igual la próxima vez te podrías buscar una amante más normalita, una repostera, por ejemplo.

Así podríamos quedarnos sentados comiendo pasteles, en vez de ponernos la vida patas arriba de una forma tan emocionante.

Solté una carcajada, agradecido de poder liberar un poco de tensión.

—No es eso.

—Ajá —dijo, entornando los ojos. Y luego añadió—: Espero que me pagues una suma indecente, por supuesto.

—Por supuesto —contesté.

Como si hubiera dinero suficiente en el mundo.

Tenía otra parada que hacer antes de volver a las torres, y en el fondo la temía.

Otra cosa que jamás pensé que tuviera que volver a hacer.

Recorrí los oscuros callejones del centro y me detuve ante el escaparate polvoriento de una tienda que conocía bien.

No pude evitar mirar de reojo hacia el sitio donde Tisaanah y yo habíamos visto al tipo del abrigo verde y el pájaro a juego cuando fuimos a la ciudad. Ni rastro de él.

Via, que no parecía sorprendida de verme, algo que me inquietó un poco, me invitó a pasar con absoluta despreocupación.

Solo llevaba una túnica de seda vaporosa, atada suavemente a la cintura.

Mientras me llevaba a su taller, un hombre también escasamente vestido, y repantingado en un sofá, me saludó indolente con la mano.

Me alegré de no haber llegado diez minutos antes.

—Max, ¿en qué puedo ayudarte? —me preguntó mientras empezaba a encender una a una las luces de la trastienda. Con cada llama nueva, más armas iban cercenando la oscuridad, surcando las sombras entre súbitos reflejos dorados.

—Necesito un arma.

—Aún me acuerdo de cuando me dijiste que no volverías a necesitar una.

«Uf, no me lo recuerdes».

—Resulta que me equivocaba.

—Supe que algo iba mal cuando me pediste el chryxalis. Esa mierda es muy potente.

—Estás a puntito de empezar a hacerme preguntas y, si no recuerdo mal, eso va contra tu política comercial.

Ella ladeó la cabeza. La luz tenue resaltaba sus rasgos afilados, formando sombras en las superficies bien marcadas de su rostro.

Parecía del todo sobrenatural. Via no era maga, pero me habría apostado lo que fuera a que poseía algún tipo de sensibilidad mágica.

La necesitaba para hacer el tipo de armas que hacía tan bien como las hacía, y además, su percepción era, como poco, extraordinaria.

—No hace falta que sea nada especial —le dije—. Me basta con que sea mejor que cualquier porquería ramplona que intentarían...

Via cruzó con sigilo la estancia y abrió un armario. Mis palabras quedaron ahogadas momentáneamente por un traqueteo metálico mientras ella hurgaba por allí, y cuando se volvió hacia mí, se me olvidó lo que iba a decirle.

¡Por todos los Ascendidos! ¡Hacía años que no veía aquello! No esperaba que solo ponerle los ojos encima me impactase de semejante forma.

—La has guardado —susurré.

—¿Te piensas que iba a dejar que una de mis mejores piezas terminase en un vertedero, en manos de algún tahúr o abandonada en el callejón de un burdel? —me soltó, y, chascando la lengua, meneó la cabeza.

—Podrías haberla revendido.

—Sabía que algún día volverías a necesitarla. Además, el arma te adora. Toma —dijo, y me la ofreció, extendiendo el brazo—. No le tengas miedo.

Lo cierto era que sí le tenía un poco de miedo.

Alargué el brazo y mis manos se colocaron enseguida en una posición bien aprendida.

Via me había hecho aquella pieza especialmente para mí hacía casi diez años.

Era del largo de una lanza, pero con dos puntas, forjada de un bronce tan ligero que parecía superar los límites de la viabilidad, con volutas y filigranas serpenteando por toda su longitud.

La hoja de uno de los extremos era puntiaguda, pensada para clavarla; la otra era ligeramente curva, para rebanar. Pero lo más importante...

Le hablé como lo había hecho hacía años y me entendió igual de bien. Habría sido fácil confundir aquellos relieves que la recorrían con elementos decorativos, pero, al sumarles mi magia, se iluminaron como regueros de fuego líquido. Las llamas se acumularon a lo largo del filo de las hojas.

La vara se fracturó entre mis manos, dividiéndose longitudinalmente en dos armas distintas. Volví a juntarlas, fundiéndolas en una. La hice girar. Las separé otra vez. Ni se notaba.

—¿Te hago algún ajuste?

—No, es...

«Perfecta». Resultaba casi aterrador lo a gusto que estaba con ella.

—Pues claro —me dijo Via con una sonrisita de complacencia—.

Y tengo otra para ella. —Debió de notárseme lo sorprendido que estaba, porque soltó una carcajada—.

El mundo no es tan impredecible como crees, Max.

Además, me enteré de que iba a salvar al mundo o algo así, ¿no?

Pensé que algún día necesitaría una, y como me sentía inspirada...

«¡Mira que eres chismoso, Sammerin!».

Lo cierto era que ya había pensado en llevarle algo a Tisaanah. No iba a dejar que se sumergiera en el caos con una espada corriente de guardia. Eso habría sido de lo más insultante.

—¿Sabes? —continuó Via, volviendo hacia el armario—, las mujeres siempre vienen a mirar arcos de plata bonitos o puñales pequeños y finos, pero pensé que..., bueno, que esa chica parecía interesante.

Se giró con una vaina burdeos en las manos.

Luego desenfundó una de las espadas más exquisitas que había visto en mi vida.

Era larga y delicadamente curvada, con la punta afilada y en ángulo.

Pero lo más llamativo era que estaba hecha con metal de dos colores: el oro y el platino se entrelazaban en una danza orgánica y alocada, como las raíces de dos árboles que se enredaran bajo tierra.

Observé por las ranuras que quedaban entre ambos metales que el centro estaba hueco, y ofrecía una suerte de venas en las que podía alojarse la magia, igual que en la mía.

Me la pasó y la examiné. Era ligerísima, teniendo en cuenta su longitud.

—Más te vale que no se le parta en dos.

—Me ofendes con esa insinuación.

Tenía razón. Pese a todas mis protestas, que yo supiera, Via jamás había forjado un arma que no fuera absolutamente impecable.

—Preciosa, ¿a que sí? —dijo admirada, y tuve que asentir.

Preciosa y funcional, como Tisaanah.

—Le he puesto nombre —añadió—: Il’Sahaj.

—¿Il’Sahaj?

—Es besrithiano. Significa «espada de ningún mundo» o «espada de todos los mundos». —Cuando me vio la cara de perplejidad, me aclaró—: En besrithiano antiguo, la terminación -aj puede significar tanto «ninguno» como «todos».

—Qué poco práctico.

—Ya te digo. Pero es muy poético.

—Yo lo encuentro un poco rebuscado.

—Mis obras son como mis hijos, Max, y les pongo nombre. A la tuya también.

—No sé si quiero saberlo.

Sonrió y se encogió de hombros.

—Igual un día de estos te lo digo, pero imagino que no puedes andar por ahí rompiendo cadenas y liberando civilizaciones con un arma aburrida y sin nombre.

No podía quitarle los ojos de encima a aquella pieza.

Tuve que reconocer que era ideal para romper cadenas y liberar civilizaciones.

Y le encajaba a Tisaanah: era tan perfecta para ella que casi costaba creer que Via solo la hubiera visto una vez.

Al principio no sabría usarla, claro, pero qué maravilla de aprendizaje.

—Es preciosa —dije—. Te has superado. ¿Cuánto te debo?

—Considéralo una especie de compensación moral por todas esas ventas de armas no del todo legítimas que hago —contestó.

Mientras me acompañaba a la puerta, respondió a mi insistencia en pagarle con un manotazo al aire.

—Id y haced algo con vuestra vida. Y Max... —Se detuvo en la puerta con el gesto torcido, pensativa—. Procura no volver a enterrarte en la mierda.

«No prometo nada».

—Estoy haciendo todo lo posible.

—Pues buena suerte. A los dos.

Y dicho eso, volvió a disolverse en el calor de su casa, y me dejó allí plantado, sosteniendo dos armas preciosas que ya sentía dolorosamente familiares y profundamente incómodas en mis manos.

Antes de irme, le metí en el buzón una bolsa de monedas de oro.