45
Max
Con las manos metidas los bolsillos, recorrí las calles a grandes zancadas.
El bullicio de la ciudad no conseguía ahogar mis pensamientos, y la brisa fresca tampoco me distraía.
No me quitaba de la cabeza el recuerdo constante de la voz de Tisaanah cuando no era ella misma, una voz que iba acompañada del temor acechante a todo lo que estaba por venir, como el rugido de una avalancha que se nos fuera a echar encima, mientras apretaba con fuerza en la mano la primera piedra rota.
Sabía que iba a ser malo, pero, aun así, me pilló por sorpresa lo mucho que me había afectado ver a Tisaanah cuando despertó, el que solo mirarla me enredara la lengua y que el miedo me desgarrara por dentro como un bocado de cristales rotos.
Sabía que ella tenía dudas, y que pronto yo tendría que resolvérselas.
Y sabía que había sido demasiado brusco, demasiado distante esa mañana.
Pero es que... no podía. Al menos hasta que encontrara el modo de enfrentarme a todo aquello y reuniera el valor para levantar la tapa de la caja que había tenido sellada durante casi diez años.
«Pronto —me dije para mis adentros—. Pronto».
Pero, de momento, me limité a caminar.
El establecimiento estaba en las afueras de la ciudad, donde los edificios aún estaban muy cerca unos de otros, pero lejos del bullicio y el alboroto del centro.
Era un sitio pequeño, apretujado entre dos negocios mucho más grandes, pero poseía majestuosidad, y hasta los escalones de la entrada estaban inmaculados; las plantas, perfectamente cuidadas, y la pintura burdeos, resplandeciente.
« E SREN E I MAT» , rezaba el rótulo de encima de la puerta, que no estaba cerrada con llave.
Me colé dentro con sigilo y me recosté contra el marco, sintiéndome incómodo.
El interior de la consulta estaba tan pulcro y era tan pintoresco como el exterior. Nada más entrar, había una zona de espera. Más allá vi un biombo de dos hojas, de papel, plegado de tal forma que ocultaba la entrada de la sección del fondo. Se oían voces al otro lado.
—... sigo sin poder estirar estos dedos, sanador. —La primera parecía proceder de un anciano, visiblemente angustiado—. Y ya te he dicho que, si no puedo hacer eso, no sé cómo voy a continuar trabajando.
—Lo entiendo —contestó Sammerin, con un acento que no podía ser más distinto del de su paciente, suave y firme—.
Además, desde el principio, el objetivo ha sido asegurarnos de que recobraras el uso pleno de la mano.
Eso está ocurriendo algo más despacio de lo que anticipábamos, pero es completamente normal.
Di un paso a un lado para poder asomarme por la barrera. Le vi la espalda a Sammerin, y al paciente, el cogote calvo y moteado de manchas de sol.
—La mano humana tiene veintisiete huesos y cuatro tendones importantes —le explicó Sammerin—.
Cuando acudiste a mí la primera vez, tenías destrozados veinte de esos huesos, y tres de los tendones completamente seccionados.
Eso por no hablar de todos los músculos y la piel hechos trizas.
¿Ves? —Se oyó un murmullo de papeles—. Ahora solo te quedan cinco huesos fracturados, y los tendones se están regenerando bien.
Solo hay que tomárselo con calma para asegurarse de que todo el tejido conjuntivo vuelva a unirse correctamente.
Decía todas aquellas cosas como si fueran una simple serie de datos, con resolución y delicadeza. Se le daba bien eso de coger lo insuperable y convertirlo, discretamente, en superable.
No me sorprendía, o no debería haberlo hecho.
Pero allí estaba yo, asomándome a la vida de un hombre al que consideraba mi mejor amigo y cayendo de pronto en la cuenta de lo egoísta que había sido, de lo poco que me había comprometido.
Podía contar con los dedos de una mano las veces que me había dignado a visitar la consulta de Sammerin en los últimos años, mientras que él se pasaba a verme cuatro días a la semana solo para asegurarse de que no me había ahorcado.
Todo lo que me había perdido solo para poder encerrarme en una mierda de cabaña en medio de ninguna parte y rezar ante el altar de mi propio aislamiento.
A mi espalda, oí que se abría de golpe una puerta y una voz cantarina que conocía bien decía:
—¿Max...? ¿Qué haces tú...?
Y entonces un estruendo, un estrépito, algo que se hacía añicos.
Cuando me volví a mirar, Moth estaba en el suelo, rodeado de instrumental esparcido, cristales rotos y una mesa volcada.
—Hola, Moth —saludé.
—Hola, Max —contestó algo avergonzado.
—¡Moth! Te tengo dicho que... —Sammerin salió de detrás de la barrera y calló de pronto al verme allí—. Max...
Le cambió el gesto y se puso muy serio, como si ya solo mi cara o mi postura le indicaran que algo iba muy mal. Y, claro, como siempre, estaba en lo cierto.
Le dediqué una sonrisa, que probablemente parecía más una mueca de dolor, y saludé sin ganas con la mano.
—Hola...
Sammerin me escuchó, con toda la paciencia del mundo, mientras le contaba toda la lamentable historia.
Sonaba absurdo, rayano en el insulto, de hecho.
A fin de cuentas, él se había pasado unos ocho años recomponiéndome después de que la guerra, las Órdenes y Reshaye me hicieran pedazos, recomponiéndome como si no fuera más que un conjunto de extremidades inertes, igual que cualquiera de sus grotescos cadáveres del campo de batalla.
Y allí estaba yo, a punto de volver a meterme en todo aquello. Era como darle un bofetón en la cara.
Cuando terminé de contárselo, se quedó sentado en silencio, digiriendo todo lo que había oído.
—He sabido que algo iba mal cuando te he visto aparecer voluntariamente en público —dijo por fin.
Conseguí soltar un pequeño resoplido.
—En mi defensa, debo decir que he socializado mucho.
Sammerin cruzó los brazos y me observó, con el ceño algo fruncido. Lo lógico habría sido que, después de tantos años, se me diera mejor interpretarle los gestos, en vez de estar allí retorciéndome bajo su mirada escrutadora como un crío que espera a que sus padres lo reprendan.
—Pues eso... —dije, aclarándome la garganta—. Y ya sabes... O sea, ya sabes lo que tengo que hacer.
Agachó un poco la cabeza a modo de asentimiento.
—Sí.
—¿Sí? Me esperaba más bien algo del tipo de: «Max, ¡qué decisión tan horrible!, ¿qué coño te pasa?».
Sonrió un poco, sin ganas.
—Sé perfectamente lo que te pasa. —Se le esfumó la sonrisa y me preguntó—: Entonces, ¿ya está hecho?
La respuesta me produjo un dolor físico.
—Con pacto de sangre y todo.
Hizo una mueca.
—Pinta mal, Max.
Mal era el término más amable posible para aquello.
Cuando volví a hablar, la voz me salió más ronca de lo que pretendía.
—Esos cabrones tendrían que habérselo pensado mejor. Ya han visto de lo que es capaz esa cosa. No puedo dejarlo correr, ni la puedo dejar ahí tirada.
Se acentuó la arruga de su entrecejo.
—Les vas a dar precisamente lo que quieren.
—Lo sé —contesté, revolviéndome incómodo en la silla—. Y... hay algo más.
—Me vas a pedir que vaya yo también.
No preguntó; lo afirmó con naturalidad, sin alterarse. ¡Por todos los Ascendidos! ¿Cómo conseguía hacer eso siempre?
Carraspeé de nuevo.
—Lo malo es que... si no lo haces tú, ¿quién lo va a hacer?
No me fío de esa gente, pero tú a ella la conoces, sabes que no es...
un instrumento ni un monstruo. —Sammerin me ofreció otra de sus cabezadas, que tampoco supe interpretar—.
Sé que te estoy pidiendo mucho, y lo entendería si me mandaras a tomar viento.
Se hizo un silencio largo y angustioso.
—Hubo muchos días malos —dijo despacio—. Durante la guerra, después... Pero el que mejor recuerdo es el de después de aquello.
No le hizo falta especificar a qué suceso se refería.
Solo había uno que se alzaba por encima de todos los demás.
Aunque nunca habíamos abordado el tema, al menos de forma directa, que lo sacara a colación de pronto me dejó un poco descolocado, sobre todo con las cosas que habían pasado en los últimos días.
—No me acuerdo —le dije, porque los días que siguieron a la muerte de mi familia no eran para mí más que un borrón de pesadillas, oscuro y líquido, como una sangría de tinta. Horas, días, semanas... borrados.
—Bien. —Me miró entonces y observé en su semblante algo que rara vez le veía: remordimiento—. Espero que no lo recuerdes nunca. Pero yo pienso mucho en ello, y en lo que habría pasado si hubiese llegado allí un día antes.
Lo dijo, como siempre, con calma, tanta que tardé un minuto en entender qué era exactamente lo que estaba reconociendo. Al hacerlo, me quedé pasmado, sin habla. Tantos años y yo sin saber lo culpable que se sentía. Nunca me lo había dicho; no me había dejado entrever ni el más mínimo indicio.
—No deberías —murmuré por fin—. No habría servido de gran cosa.
Pero Sammerin negó con la cabeza y dijo:
—Era mi cometido.
Tenerme, tener a Reshaye, bajo control. Sus habilidades particulares, el dominio de la carne humana, lo convertían en el seguro perfecto. Él podía tumbarme, obligar a mis pulmones a marchitarse o a mis extremidades a bloquearse. Terrible, humillante, doloroso..., pero efectivo.
Por eso, precisamente, las Órdenes nos habían emparejado. Él era la correa.
—Fui yo quien te pidió que te fueras —tercié, y mientras las palabras salían de mis labios, supe que me quedaba corto.
¡Lo había obligado a marcharse! Yo estaba llorando las vidas perdidas en Sarlazai, horrorizado de mí mismo y de la criatura que habitaba en mi interior, con el corazón destrozado por la traición de Nura, y dejé que todo aquello me consumiera hasta convertirme en un ser cruel, egoísta y estúpido de cojones. No quería más que estar solo.
Y lo había conseguido, ¿no?