Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 44
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Tisaanah

Tenía los ojos cerrados y costrosos cuando desperté, y casi me dio un ataque de pánico en la oscuridad, aterrada por lo que pudiera ver u oír dentro de ella.

Pero, para alivio mío, seguía sin haber rastro de Reshaye.

Poco a poco, fui recordándolo todo: mis sueños, mis recuerdos...

Lo de Sarlazai, y lo que vino después. El rostro de todos los Farlione muertos. Y...

Me obligué a abrir los ojos, ¡ras!, a la claridad cegadora y a la figura de Max, que se paseaba nervioso por la estancia, con aspecto de llevar un buen rato haciéndolo.

Había algo en sus ademanes que me parecía muy distinto de la intimidad que habíamos compartido la noche anterior, incluso comparado con la intimidad corriente y cotidiana de nuestra amistad antes de que empezase aquella semana terrible: una suerte de concentración intensa, de desconexión.

Tenía un aspecto terrible y, aun así, era lo más hermoso que yo había visto en mi vida.

Conforme se me pasó por la cabeza aquel segundo pensamiento, lo encontré un tanto traidor.

No debería alegrarme de tenerlo allí. A fin de cuentas, estaba en la misma habitación que la cosa que había asesinado a su familia, la cosa que ahora habitaba en mi interior.

—No deberías estar aquí —le dije con voz ronca.

Apenas me hizo caso. Ni me miró siquiera.

Se sentó al borde de la cama, me puso la mano en la frente fría y prácticamente me interrogó sobre cómo me sentía.

—¿Dolor de cabeza? Tolerable. ¿Escalofríos?

No. ¿Náuseas? Moderadas. ¿Fiebre? Leve. Y así...

—. Y le fui contestando con respuestas cada vez más secas.

Luego me pasé la lengua por los labios agrietados y le susurré:

—¿Por qué has vuelto?

Miró a otro lado.

—Tienes que invertir tu energía en cuidarte. Ahí es donde debes centrar toda esa fuerza bruta implacable, porque vas a necesitar hasta la última gota de ella.

Muy en el fondo, agradecí el discreto afecto con que me había dicho lo de esa fuerza bruta implacable , por distante que fuera, solo que aquello se ahogó enseguida, con el nudo que se me hizo en el estómago.

—Max...

—Se apoderó de ti anoche —me dijo con brusquedad—. Brevemente, apenas un minuto, mientras dormías, pero debes ser consciente de ello.

Me lo dijo con una contención y una neutralidad que yo sabía forzadas.

Se me cayó el alma a los pies.

—¿Qué... qué es? —susurré.

Pero él se limitó a preguntar:

—¿Te lo notas ahora?, ¿en la mente? —Empecé a negar con la cabeza, pero él continuó—. No respondas tan deprisa. Siéntelo primero. Serénate, escucha.

Hice una pausa, cerré los ojos y, poco a poco, cobró vida en mí un resplandor: mi mente iluminando un mapa, como el de las almas de la torre de Tairn aquel día, el de la batalla.

Lo acaricié con los dedos, repasé todos los grupos de sombras y encontré, en efecto, a Reshaye, replegado en un rincón, completamente a oscuras, en silencio absoluto. Una... presencia.

—Parece que duerme —murmuré.

—Al principio, está tan enfermo y tan débil como tú. Lo que hizo anoche lo dejó sin energías.

—Los recuerdos o... —Ni siquiera sabía cómo verbalizarlo.

—Ambos. Todo. —Abrí los ojos y vi que Max me miraba fijamente, callado—.

Presta atención a cómo reacciona a esas cosas, y siempre, ¡siempre!

, comprueba dónde está. Con tus dones, te resultará más fácil que a mí.

—No añadió «o eso espero», pero lo oímos los dos—.

Ahora vamos a aprovechar la coyuntura para encerrarlo. No te va a costar mucho.

Aún me reventaba la cabeza, pero, comparado con cómo me había sentido desde que había recibido a Reshaye, me consideraba preparada hasta para nadar por los mares de Ara.

Desde luego, mejor que bien para abordar con entusiasmo las instrucciones de Max sobre cómo recluir a esa cosa en su propio cuartito, aislado en un rincón apartado de mi mente.

El suyo, según me contó, había sido un armario, una puerta que imaginaba que se cerraba y a la que luego le echaba el cerrojo.

Una imagen simple y rudimentaria para un solari con un conocimiento limitado de la magia mental.

Pero yo lo veía de otro modo. Mi mente no era un laberinto, sino una tela de araña: bobinas y bobinas de pensamientos que se complicaban más cuanto más los repasaba, y mi atención alumbraba los hilos como si fueran conjuntos de luciérnagas.

Donde estaba Reshaye no había luz, como si se hubiera tragado los hilos.

Lo imaginaba envuelto en una serie de ataduras, engrilletado y asegurado con una llave que yo escondía en los recovecos de mis propios pensamientos.

Solo que seguía pareciéndome que el sistema... flojeaba. No lo verbalicé, pero Max debió de notarme la aprensión de todas formas.

—En parte, podría servirte de apoyo —dijo—. Y sí, es probable que no funcione eternamente. Por eso siempre vas a tener que estar buscándolo. ¡Siempre! Pero es un comienzo.

Un comienzo. Algo era algo. Tenía que serlo.

Nos miramos un momento. Se me encogió el pecho de ver las sombras que bordeaban aquellos ojos preciosos. Me sostuvo la mirada solo un instante y luego se miró las manos, con las que jugueteaba nervioso.

—Max... —empecé a decir, pero él se dio la vuelta, se llevó las manos a los bolsillos y dejó en la mesa unos frasquitos que tintinearon al chocar entre sí.

—Este es para los dolores de cabeza —dijo, acompañando cada frase con otro golpe del cristal en la madera—, y este, para las náuseas.

Prosiguió: para los escalofríos, para la falta de concentración, para tener un descanso sin sueños... Y después hizo una pausa antes de hablarme de los dos últimos.

—Este te tumba en cuestión de segundos. —No hizo falta que me explicara para qué iba a necesitar algo así—. Y este te desposeerá de toda tu magia de unos minutos a varias horas, según cuánto tomes.

Contuve un aspaviento. Ni siquiera sabía que pudiera hacerse algo así.

Y luego se quedó allí plantado, mirando al suelo.

Quise aprovechar aquel momento de silencio, pero no sabía ni qué decir.

Una llamada a la puerta interrumpió mis pensamientos antes de que pudiera aclararme, y entró Nura.

—Tienes mucho mejor aspecto —observó, y luego se volvió hacia Max, que apenas la miró—. Bueno..., al final has venido.

—Eso parece —contestó él muy seco.

Luego ella miró los frasquitos alineados en la mesa y enarcó las cejas.

—¿Cómo lo has conseguido? —Se detuvo en el último y le lanzó una miradita—. ¿Es lo que creo?

—Eres tú quien lee el pensamiento, no yo.

—¿Has salido de Ara para hacerte con esto? Por lo general, ni Zeryth ni yo somos capaces de echarle el guante.

Max se encogió de hombros.

—Tengo mis contactos —contestó, y después se metió las manos en los bolsillos e, irguiéndose, me miró a mí—. Tengo que hacer unas cosas. ¿Te puedo dejar sola una hora o así?

Seguían enredadas en mi pecho unas palabras que no era capaz de desenmarañar. Tantísimas cosas que había querido decirle... Pero me las tragué y me limité a asentir con la cabeza. Max me lanzó un último vistazo, y luego dio media vuelta y salió por la puerta.

Nura se sentó a mi lado un rato, me examinó, me tomó el pulso, comprobó mi respiración...

El solo contacto con su piel me produjo repulsión.

Al mirarla, vi fragmentos fugaces de recuerdos que no eran míos.

El más vívido de ellos, la imagen de su rostro ensangrentado, de su mano levantada hacia mi sien, en una traición que echaría a perder la vida de Max y destruiría la ciudad de Sarlazai.

Puede que detectase el repelús que me producía, porque me dedicó una mirada larga y muda en la que se adivinaba una pregunta que no había llegado a hacer.

—¿Ha empezado a hablarte?

El recuerdo de aquella voz reptó por mi interior.

—Sí —contesté.

—Bien, porque eso es que ya has pasado lo peor, me parece, y pronto serás capaz de controlarlo.

Controlarlo. ¿Eso era lo que se decía que había hecho aquel día en Sarlazai?

—¿Qué es? —le susurré.

—Esa es una pregunta difícil. La mejor respuesta que podemos darte es que se trata básicamente de magia cruda, una que nace de un nivel más hondo del que los magos humanos pueden controlar, más que el que manejan las syrizen o los fey.

—Pero... habla.

—Sí, es una magia sintiente —contestó Nura como si nada.

—Entonces, ¿qué es?, ¿o qué era?

—No lo sabe nadie. El primero que se hizo con ella fue Azre, el predecesor de Zeryth, en algún lugar de más allá de Besrith. —Guardó silencio un momento, mirando al horizonte—. Azre murió antes de que nadie pudiera averiguar exactamente por qué. Pero es una magia muy poderosa.

Me vinieron recuerdos a la cabeza, de fuego, sangre y destrucción, y, sobre todo, de devastación, recuerdos de los familiares de Max y de sus caras de espanto, después de muertos.

—Me ha enseñado recuerdos —dije, y la miré a los ojos y entendí que las dos sabíamos exactamente cuáles.

Nura tragó saliva de forma visible, su único indicio de emoción.

—Es una criatura aterradora en muchos sentidos —dijo—, pero también es increíblemente poderosa, y hasta en las cosas horrendas que hace salva muchas vidas.

—Me ha enseñado lo que hiciste en Sarlazai. —Apreté los dedos, y Nura miró a otro lado, de pronto entretenida con las anotaciones que tenía en el regazo.

—Hice lo que mi puesto y mi rango me imponían.

—¡Lo obligaste! —le espeté, apretando los dientes.

La traición que Max había sentido ese día aún me dolía en el pecho.

Yo sabía lo que era eso, sentir que tu cuerpo no te pertenece.

Y sus recuerdos de la destrucción de la ciudad se mezclaron con mis propias imágenes borrosas de la capital de Nyzerene en llamas—. ¡Y murieron muchos por tu culpa!

Me lanzó una mirada cortante como el filo de una espada.

—Hice lo que tenía que hacer, y me llevaré esa carga a la tumba. Habrían muerto miles de inocentes más si hubiera continuado la guerra, que habría durado años. Y entonces lo vi, vi la oportunidad.

Recordé el olor a carne quemada. Una oportunidad.

—Sabes, igual que yo —continuó—, que a veces hay que hacer cosas terribles para conseguir un bien mayor.

Eso ya lo sabías cuando derramaste tu sangre sobre un contrato.

—Apretó los labios y se formó en su entrecejo una arruga de pesar—.

Max era la persona más importante de mi vida.

Solo amaba una cosa más que a él. —Volvió a posar su mirada en mí, más intensa, más fría—. Ara. Solo Ara.

Se me hizo un nudo en el estómago. ¿Amor? ¿Eso era amor? ¿Traicionar de esa forma la confianza de alguien? ¿Hacer sacrificios a cuenta de tantísimas otras personas?

No. Jamás.

No me atrevía a abrir la boca. Nura se puso en pie, se acercó despacio a la mesa y estudió los frasquitos de cristal.

—Entonces, ¿volvió anoche?

No sé por qué, la respuesta me dolió en el alma.

—Sí.

Vi que se dibujaba en su rostro una sonrisita triste.

—Sabía que lo haría.