43
Max
Había tardado unos treinta y siete minutos en darme cuenta de que me estaba engañando a mí mismo.
Hacía una semana, había salido furibundo de las torres, convencido de que no me quedaba otra que desentenderme de todo aquello. Me negaba a formar parte de las maquinaciones de las Órdenes y a ayudarlas a aprovecharse de Tisaanah más de lo que ya lo había hecho yo, involuntariamente.
Volví a casa y me quedé allí, en las lindes de mi propiedad, tambaleándome de rabia y desesperación, y por la desorientación y el aturdimiento del traslado con estratagrama, contemplando la finca: mi pequeña cabaña de piedra y aquel vergel agreste y descuidado.
Hacía un día precioso: sol, una brisa suave, el revoloteo de las mariposas y todo eso.
Idílico. Un bastión de paz y tranquilidad.
Y en aquel instante, lo odié.
Tras la muerte de mi familia, perdí años entregado a las drogas, al vino y a deambular sin rumbo.
Una suerte de suicidio lento, quizá. Y cuando por fin conseguí salir, con gran esfuerzo, de aquella autodestrucción, me construí una casita demasiado alejada del mundo para que el mundo me molestara.
Planté centenares de flores y me dije que no necesitaba más compañía que la suya.
«Mejor que las personas, en todo caso —murmuraba para mí—.
Más fácil de cuidar, más previsible y mucho más bonito».
Además, lo cierto era que las flores no habían hecho lo que Tisaanah.
Simplemente estaban allí, meciéndose con el viento, sin la menor intención de venderse de pronto a la organización que me había arruinado la vida.
No tenía que andar suplicándoles que no hicieran pactos de sangre con Zeryth Aldris.
Claro que también eran estáticas y mudas.
Eran más simples, sí, pero, por las noches, no me susurraban historias de tierras perdidas, ni hacían bromas ni reían.
Eran más predecibles, pero no soñaban con un futuro mejor, ni tenían ambiciones ni esperanzas.
Y eran hermosas, pero nada comparado con la belleza viva de Tisaanah, que cambiaba un poquitín cada vez que la miraba, como si, con cada una de sus expresiones, estuviera descubriendo una nueva faceta arrebatadora.
Allí plantado, de pronto me asaltó mi propia cobardía egocéntrica.
Presa de mi engreimiento, había pasado años convencido de mi superioridad moral por haber decidido escapar de un mundo cruel, imperfecto y complicado.
¡Mi puta superioridad moral! Yo, sentado aquí solo con las flores, mientras Tisaanah sufría. Yo, viviendo en aquella casita que se había convertido en su hogar tanto como en el mío, volviendo a una vida sin sentido y diciéndome: «Si es que no puedo hacer otra cosa...».
Me hinqué de rodillas y me quedé allí sentado treinta minutos, intentando procesar lo que estaba a punto de hacer.
Cuando volví a levantarme, ya había tomado una decisión.
Ahora Tisaanah descansaba, completamente dormida, sobre mi pecho.
Aunque yo recordaba lo suficiente de mi experiencia con Reshaye para saber que aquello, más que dormir, era estar inconsciente.
Cada cierto tiempo, se me iban los dedos a la cara interna de su muñeca, y encontraba alivio en las pulsaciones calientes de su sangre bajo la piel frágil.
Me había llevado una semana poner en orden mis asuntos, reunir las provisiones necesarias, atar algunos cabos sueltos.
En ciertos sentidos, temía venir aquí, pero, por otro lado, el peso de su cuerpo sobre el mío me producía un alivio extraño, primario, como si hubiera encontrado la pieza que le faltaba al rompecabezas.
Me sorprendía lo mucho que la echaba de menos.
Y en aquel lugar, en aquel momento, en medio de la nebulosa del agotamiento y el silencio previo al alba, resultaba inquietantemente fácil olvidar por qué estábamos allí, olvidar que hacía unas horas le había oído revivir la más terrible de mis pesadillas.
Llamarlo «raro» sería quedarse corto. Oír cómo me susurraban pedazos del peor día de mi vida los labios de una persona que se había vuelto tan valiosa para mí. Que me recordaran todo lo que había perdido ya, mientras miraba a los ojos a todo lo que me quedaba por perder.
Temía el amanecer.
¿Cómo me miraría ella, ahora que sabía lo que yo había hecho y era consciente de la clase de monstruo que llevaba dentro?
La idea me asustaba, solo que no tanto como la siguiente: que la criatura que me había arruinado la vida acechaba de pronto tras aquellos ojos desiguales tan cautivadores.
Me daba miedo pensar en cómo me miraría, sí, pero me aterraba imaginar cómo la miraría yo, y lo que sentiría al hacerlo.
Y por eso, de momento, me conformaba con aquel... silencio.
No estaba seguro de cuántas horas habían pasado desde que noté que se revolvía contra mi cuerpo.
Me preparé para escapar con cuidado de debajo de ella.
No podía más que suponer que, en cuanto Tisaanah despertara, aquello iba a ser de lo más incómodo, y bastantes preocupaciones nos angustiaban ya sin tener que abordar... lo que fuese aquello.
Tisaanah levantó la cabeza y me miró, y yo me quedé helado.
Supe de inmediato que no era ella. Los ojos se movían demasiado. Tisaanah tenía una mirada firme y penetrante, pero aquella no paraba: iba del techo al suelo, luego a las mantas, después a mí...
Se dibujó en sus labios algo que se asemejaba solo vagamente a una sonrisa.
—Hola, Maxantarius —me dijo, y oír la voz de ella sin acento me produjo un escalofrío brutal.
—Reshaye —le solté en un susurro furioso.
Aquella mirada saltarina se posó en mí, y la forma en que, de pronto, quedó inmóvil me resultó aún más inquietante.
—Te he echado de menos —murmuró con voz ronca y jadeante—. Siempre supe que lo nuestro no había... terminado...
Le costó decir la última palabra, como si estuviera ya perdiendo el control. Y antes de que me diera tiempo a reaccionar, la expresión se esfumó, y Tisaanah puso los ojos en blanco y los cerró despacio. Se quedó tan quieta que me sorprendí preguntándome si se había movido realmente.
Le aparté de la cara los mechones de pelo negro y platino. Se había ido, del todo, y por alguna razón, parecía más tranquila que antes. Solté un suspiro hondo y me dejé caer contra el cabecero de la cama, con el corazón alborotado. Por iniciativa propia, mis brazos la rodearon por los hombros.
Aquel podría haber sido el momento en que me diera cuenta de que había cometido un terrible error. En cambio, sentí que otro tipo de furia me abrasaba las venas y me encendía.
A lo mejor Reshaye tenía razón. Lo nuestro, por lo visto, no había terminado. Y mentiría si dijera que no me asustaba, solo que también me enfurecía.
Entrelacé los dedos con los de Tisaanah y apreté.
Si lo nuestro no había terminado, estaba dispuesto a escribir un puto final mucho mejor esta vez, costara lo que costase.