Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 42
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Tisaanah

Desperté entre arcadas y sollozos.

Tardé varios segundos en caer en la cuenta de dónde estaba o quién era, y sobre todo en entender que la voz que gemía sus nombres era la mía.

Y tardé aún más en reparar en que otra persona me sostenía la jofaina debajo de la cara, para recoger mi vómito líquido, al tiempo que una mano distinta me apartaba de la cara el pelo apelmazado.

¡Por los dioses, cómo dolía! Dolía tanto que no podía ni respirar, ni pensar, ni surcar mi propia mente esquivando aquella pena tan honda. Yo no los había visto jamás, pero sentía que los conocía tan íntimamente que su muerte era como ácido en una herida abierta.

—Respira, respira, respira —me susurró una voz serena, constante como los latidos de un corazón.

Alargué la mano y me topé con el calor de una piel.

Supe enseguida quién se había sentado a mi lado.

Al levantar la cabeza, adiviné en la oscuridad el contorno espectral del rostro de Max, el brillo sobrenatural de aquella mirada intensa.

Verlo fue como si me clavaran un puñal en el vientre y lo fueran subiendo hasta los pulmones.

Me agarré a él. Era de verdad. ¡Era de verdad!

—Están... —dije con un hilo de voz—, están todos...

—Lo sé —contestó en un susurro angustiado—. Hablas en sueños.

Dejé escapar un llanto que brotó, desgarrador, de lo más hondo de mi ser. Y entonces noté que unos brazos me envolvían, me estrechaban de una forma que ansiaba, por muy triste que me pusiera.

—No deberías estar aquí —lloré contra su piel—.

No tenías que estar aquí. —«Huye», quise suplicarle, aunque, traidora de mí, lo abrazara más fuerte.

«Huye de todo esto». Sentí que un suspiro entrecortado le estremecía la espalda—.

Ya no pueden retenerte —dije entre sollozos—.

No hay nada, nada que te obligue a quedarte.

—No hagas eso. —Su susurro me sonó crudo y ronco, y noté que sus lágrimas se mezclaban con las mías, calientes en mi mejilla mientras nuestros cuerpos se plegaban el uno al otro—. No seas boba.