41 #2
— Debería alegrarte que por fin reconozca tu valía.
Se me paró el corazón.
Paseé los dedos por todos mis muros y puertas mentales.
Ninguno de ellos parecía tan sólido como antes.
Nada es igual por ahí después de que un valtaino se te cuele dentro y empiece a revolverlo todo.
Y además, durante la última semana había tenido la sensación de que mi cabeza era un sitio más revuelto y confuso que nunca.
—Necesito estar solo —dije, sin alzar la mirada para ver la cara de pena que Kira estuviera poniendo antes de coger su tarrito de cristal y salir de mi cuarto.
Me levanté, cerré la puerta y eché el cerrojo. Luego crucé la estancia y me puse en un rincón, con la frente apoyada a la vez en dos paredes.
— Estás furioso —observó Reshaye.
¡Pues claro que estoy furioso! Quise agarrar esa puerta mental, reponerla, pero de pronto me fue imposible encontrarla.
— Estás furioso conmigo.
— Has asesinado a miles de personas.
Miles. La envergadura de aquello hacía que se me entumecieran las manos. Encima, salvo por unos pocos, el mundo pensaba que aquello ¡lo había hecho yo!
— Nos he convertido en héroes de guerra.
Su confusión inquietante y pueril me sacudía las sienes.
— ¿Nos? —bufé en voz alta—. No hay un nos.
Una espiral de dolor me estrujó la mente, un dolor tan puro y genuino que me hizo perder un poco el equilibrio.
— Pues claro que hay un nos.
¡Por todos los Ascendidos, cómo lo odiaba! ¡Lo odiaba! Y con la intensidad de aquel odio conseguí volver a dar forma a mis muros mentales. ¡Ya estaba! Y si conseguía convencerlo de que reculara, cerrar de golpe la puerta...
«No hay un nos. Eso lo has hecho tú por tu cuenta».
Distraerlo y luego...
Me reverberó por el cráneo un fuerte impacto, como cuando detienes bruscamente una puerta recia que está a punto de cerrarse. Acto seguido, se me erizó todo el vello del cuerpo con una sensación como de uñas arrastradas por una superficie de metal.
— Te he dado todo lo que deseabas. Te he otorgado el poder que buscabas tan desesperadamente para alcanzar tus ambiciones.
— Yo no quería eso. Eso ha sido... ha sido horrible. No quería que eso ocurriera.
— A mí no me puedes mentir.
— Te has servido de mi cuerpo para hacer cosas terribles. ¡De mi cuerpo! Es mío. Así que sal de mi cabeza y déjame disfrutar del tiempo que pase con mi familia.
No podía con aquello, me dije, allí plantado en el rincón, susurrándome furioso para mis adentros, con los puños apretados contra el papel pintado de la pared.
No, esa no iba a ser mi vida, ni la de nadie.
Lo primero que iba a hacer en cuanto llegara a las torres era sacarme a aquel monstruo de la...
— ¿Monstruo?
La palabra me sacudió desde dentro, me encendió de rabia y de dolor.
Furibundo, quise mantener el control, intenté cerrar de golpe esa puerta...
— Te lo he dado todo. He hecho mías tus ambiciones. Me he tragado tus flaquezas. Y te he dado un amor que no mereces. Y te lo sigo dando, aunque me llames «monstruo». Si yo soy un monstruo, tú, ¿qué eres?
Un dolor lacerante se me coló por debajo del cráneo. Se me empezó a ir la cabeza, pero resistí, recurriendo hasta al último ápice de control.
— Me perteneces, Maxantarius. Solo a mí. ¿Y prefieres a esas personas, esas personas que jamás te van a entender como yo, que nunca te van a querer tantísimo como yo?
— No soy tuyo. ¡No soy tuyo, joder!
Aquellas fueron las únicas palabras que mi mente consiguió formar con un esfuerzo sobrehumano, y las ahogaron enseguida su avalancha de rabia y mi propio miedo creciente.
Noté que Reshaye se alzaba más y más, hasta que estuvimos al mismo nivel, hasta que pareció que nos mirábamos directamente a los ojos, perfectamente igualados durante un momento aterrador, los dos aferrándonos al control con la misma intensidad.
Y entonces me dijo en un susurro triste y arrastrado.
— Has olvidado lo que eres, Maxantarius.
Sentí que se me enderezaba la espalda, que se me abrían los puños.
No.
Se me cerró una puerta en la cara.
— ¡Para!
Había cometido un terrible error.
Mis pies cruzaron la estancia. Mis manos descerrajaron la puerta, la abrieron.
— Me has obligado a hacer esto.
Me arrojé contra mi propia mente con una intensidad frenética, pero me topé con un muro.
— ¡PARA!
Resonó la palabra, primero en forma de orden y luego de súplica. Luché y luché y luché.
Pero mis pies seguían avanzando.
El cuarto de Atraclius fue el primero, el de al lado del mío.
Nunca olvidaría su sonrisa de perplejidad al verme abrir de golpe la puerta, ni que apenas le dio tiempo a manifestar miedo antes de que su sangre salpicara la moqueta dorada.
Nunca olvidaría el crujido de sus gafas destrozadas por mi bota.
El de Marisca fue el siguiente, luego el de Shaila. Nunca olvidaría aquellas dos matas de rizos castaños ardiendo y carbonizadas.
— Para, para, para, para...
Continué resistiéndome. Me aferré a mis músculos con desesperación, clavándome las uñas, dejándome hendiduras de pánico.
— No hagas esto, no puedes...
Mi padre: nunca olvidaría que agarró el atizador de la chimenea antes de verme la cara y lo levantó con mano experta, moldeada por años de experiencia militar, ni la esperanza macabra que me asaltó al verlo, cómo hice acopio de todas mis fuerzas para atrapar una sola fibra deshilachada de control y hacerme dueño de mi cuerpo un segundo, apenas una milésima de segundo.
—Hazlo —le supliqué—. Hazlo rápido.
Pero al reconocerme titubeó, lo justo para ladear la muñeca y redirigir la punta de mi cuello a mi hombro. Demasiado tiempo. El hilo se me escapó de las manos, y nunca olvidaría el ángulo terrible en que el atizador terminó asomándole por el cuello.
Luego Variaslus. Nunca olvidaría cómo me agarró la muñeca primero, con aquellos dedos finos demasiado aterrados para apartarla.
Mi madre... Nunca olvidaría la arruga de confusión que se formó entre sus cejas oscuras, el modo en que las yemas de sus dedos me acariciaron el rostro mientras caía.
Y luego me dirigí a la entrada y me quedé allí plantado en un silencio inmenso y resonante, con las uñas aún clavadas débilmente al muro de cristal que me separaba de mi cuerpo.
«Los has asesinado a todos. Los has asesinado a todos».
La frase se repetía en un hálito ahogado y frenético.
Miré fijamente la puerta y, a través de la vidriera semicircular que la adornaba, vi arder la luz menguante del sol. Juntos, nos abrasamos en los vestigios de la rabia de Reshaye, al borde de una calma tímida y espeluznante.
Confié en que mi desesperación enmascarase mi mentira.
Pero entonces me susurró:
— A mí no me puedes mentir, Max.
Y mientras mis dedos asían el pomo de la puerta, empezó de nuevo mi lucha, con renovada angustia, implacable con cada paso que daba mi cuerpo por el bosque, en dirección a aquel cobertizo tan familiar.
— Por favor, por favor. —Nunca le había rogado nada a nadie—. Perdona, estaba equivocado. Tú siempre has tenido razón.
Abrí de golpe la puerta. Kira estaba de rodillas en el suelo, con la serpiente verde enroscándosele en los brazos.
— Por favor —le supliqué—. Nunca volveré a discutir contigo. No lo hagas. Pídeme lo que quieras .
Hubo un momento de quietud. Noté que la atención de Reshaye se desviaba hacia mí, como meditando en silencio. Entonces aproveché su breve distracción para recuperar precipitadamente el control de mi cuerpo.
Se me contrajo un dedo de la mano izquierda.
Mi cabeza giró de golpe para observar esa mano, que se levantaba hacia mi rostro.
Rabia, una rabia creciente.
— Ya te he dicho que a mí no me puedes mentir.
Y una fuerza me apartó, empujándome hacia el fondo de mi propia mente.
Nunca olvidaría que Kira fue la única que intentó contraatacar, ni el ardor de la centella que brotó de sus dedos cuando cayó al suelo, aún con las llamas trepándole por la ropa.
Nunca olvidaría lo rápido que aquella serpiente verde se abalanzó sobre mí y me hundió los colmillos en la muñeca.
Pero, sobre todo, nunca olvidaría su rostro, ¡el mío!
, cuando me miró entre mechones de pelo largo y negro.
Y solo recordaría vagamente, muy vagamente, el peso aplastante de mi propia consciencia cuando se me devolvió de pronto, ni el susurro estremecido de Reshaye:
— Ahora ya solo me tienes a mí.
Mientras nos sumíamos los dos en la oscuridad.