Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 41
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Tisaanah

Cada vez tenía más ganas de vomitar. ¿Llevaba así días, semanas o meses?

¿Años? ¿Horas? Ya ni siquiera sabía quién era.

Sentía que mi propio cuerpo me atacaba, que mis pensamientos se devoraban a sí mismos.

Mis sueños, extraños pero vívidos, parecían tan reales que había momentos en que no sabía si estaba dormida o despierta, si era yo o alguno de esos desconocidos.

O lo que sentía de forma más clara: si era yo o era Max.

Pasaba casi todo el rato durmiendo, soñando o vomitando.

Nura era la única que me dedicaba algo de tiempo, instándome a dormir o intentando en vano que comiera algo.

Aparecía en muchísimos de mis sueños también, solo que en ellos estaba distinta, con la cara más redonda, más expresiva, y el pelo suelto y ondulado, en vez de retenido en todas aquellas trenzas.

Muchísimos de mis sueños eran sobre él. En ellos, yo era él. ¿Tanto lo echaba de menos?

— Estas historias son las que más te gustan. Yo también prefiero las suyas.

Aquella voz se me enroscaba en los pensamientos, más baja que un susurro, tan débil que se diluía en mi cabeza como una voluta de humo, se esfumaba demasiado rápido para que pudiera identificarla.

—Me tiene preocupada —oí decir un día a Nura, desde el otro lado de la puerta de mi alcoba—. No fue tan exagerado cuando lo hizo él.

—¿Preocupada? —dijo Zeryth sin alterarse—. Para que tú manifiestes una emoción que vaya más allá de un vago desagrado, ya tiene que ser grave.

—Esto no es ninguna broma.

—Sé que lo puede conseguir.

«¿Podemos hacer esto, Tisaanah? ¿Queremos?».

Mi consciencia amenazaba con volver a largarse una vez más, pero oí algo que despertó mi interés y me obligó a permanecer alerta.

—Igual él puede ayudar. ¿No tienes noticias suyas?

—¿Y por qué iba a tenerlas?

—¡Madre mía! —ronroneó Zeryth—. ¡Tanto presumir de moralidad para luego largarse sin más!

—No te pongas petulante, Zeryth, que ni siquiera a ti te pega esgrimir ese tipo de hipocresía.

«¿Crees que vendrá a por ti?».

¡Por los dioses, confiaba en que no lo hiciera!

Y esa vez me pareció oír una vocecilla confundida decir clarísimamente: «¿Por qué no?». Y fue entonces cuando caí en la cuenta de que los susurros que oía no eran mis propios pensamientos incoherentes.

Me incorporé.

—¿Qué? —dije, e incluso aquella única palabra que solté me sonó ronca.

— ¿Por qué no?

Esa vez la voz llegaba de dentro de mi cabeza. No la asociaba a ningún sonido: no era ni de hombre ni de mujer, ni tenía edad, aunque hablaba con la vacilación de un niño pequeño.

— Él te gusta.

Me pasaron por la cabeza fragmentos deslavazados de recuerdos, como las páginas de un libro cuando las pasas rápidamente con el pulgar, cada una de ellas visible solo una fracción de segundo.

La primera risa que Max y yo habíamos compartido —«¡Él podría ser tu aprendiz!

»—, la cara que me puso cuando vi que por fin había decidido instruirme, la primera vez que lo oí reírse de una de mis bromas... «Si tú vas, yo también voy».

El sonido de su voz cuando me había suplicado que me fuera con él. «Me tienes a mí, Tisaanah».

— Y encima lo deseas.

De pronto, otra serie de imágenes, de sensaciones: yo explorando su cuerpo con la mirada, el calor que desprendía la noche que nos quedamos dormidos el uno al lado del otro en el jardín, la estela de fuego que sus dedos me dejaron en la piel al rozarla cuando me regaló el colgante, sus labios pegados a mi nuca, su pecho contra el mío. «Sí que podría estar hecho para esto».

— Entonces, ¿por qué no quieres que vuelva?

Me dejó boquiabierta.

Estaba perdiendo la cabeza.

— No es eso.

Cerré la boca de golpe.

Silencio, salvo por el palpitar de mi corazón.

Aguardé.

Nada.

Se me descolgó la cabeza, que me reventaba. Pero luego, justo cuando noté que empezaba a perder la consciencia otra vez, lo oí, como si llegara de muy lejos:

— A lo mejor regresa por mí —musitó la voz.

—¿Quién eres?

O quizá debía preguntarle: «¿Qué eres?».

— Reshaye —contestó sin más—. Soy muchas cosas .

Definitivamente estaba perdiendo la cabeza.

— No es eso. ¿Siempre te repites tanto?

«El arma formará parte de ti», me había dicho Zeryth.

«Habláis de ella como si fuera una persona».

Caí de pronto en la cuenta de lo que pasaba, y me recorrió un escalofrío.

— ¿Has disfrutado de mis historias? Aún me quedan muchas por contar.

Se balanceaba como un farolillo colgante, proyectando sombras estridentes y cambiantes en los recovecos de mi mente. Aquella cosa estaba tan cansada y desorientada como yo, y se lo notaba.

— Las tuyas me suenan. Hueles como una caricia que conocí una vez, hace tiempo. O igual como una historia que he olvidado desde entonces.

Volvió a pasar por mi cabeza una serie de imágenes que se detuvieron en un recuerdo fugaz de mis manos cuando caminaba por los célebres llanos de Threll, dejando que la hierba alta me hiciera cosquillas en los dedos. Después en la otra dirección, y luego otra vez.

—¿Conoces a Max? —le susurré.

¡Qué pregunta más tonta! Yo ya sabía la respuesta.

Un ronroneo que me resultaba familiar se me coló entre los pensamientos.

— Si ya lo sabes, ¿para qué preguntas?

De nuevo aquella confusión infantil.

— ¿Eh? —insistió, y entendí que no era una pregunta retórica.

—¿No ves mis pensamientos?

— Veo muchas cosas que no entiendo.

—Yo igual; por eso preguntaba.

La presencia suspiró, o a mí me lo pareció. Fue como una exhalación que me erizó el vello.

— Maxantarius y yo solo nos tenemos el uno al otro.

Me sonó más lejano. Cada una de sus palabras me desataba una oleada de dolor, como si mis propios pensamientos y mi sangre se sublevaran contra mí.

«Eso no es cierto», me dije.

— A lo mejor ya no. Ahora nos tenemos el uno al otro y también te tenemos a ti.

Parpadeé e hice un esfuerzo por volver a abrir los ojos. Tardé un momento en entender que estaba mirando al techo. No sabía cuándo había vuelto a quedarme tumbada.

— Empezamos a acusar el cansancio, tú y yo.

Hablar de cansancio era quedarse muy corto. Yo me sentía como si me estuviera muriendo, perdiendo a la vez el cuerpo y la mente.

— Estás más pendiente de lo que pierdes que de lo que ganas.

Una sonrisa enloquecida se me dibujó en la boca. Pensé en Serel, en mis amigos de la hacienda de Esmaris. Se equivocaba: estaba más pendiente de lo que ganaba que de ninguna otra cosa.

Noté que unos dedos curiosos se detenían en aquel pensamiento, que le daban vueltas, congelaban la imagen del rostro de Serel y reproducían en mi mejilla la sensación de su beso de despedida.

Presentí la pregunta antes de que se materializara en palabras.

—¿Lo ves, pero no lo entiendes? —susurré.

— Entiendo lo que es desear.

No es desear, es amar.

— Amar es desear. —El susurro me sumió en la oscuridad—. Yo amaba mucho a Maxantarius.

La cama se partió bajo mi cuerpo y me hizo caer en espiral.

— Quizá podría amarte a ti también. ¡La historia que escribiríamos juntos!

La oscuridad y las llamas me devoraron.

Un sueño. Un recuerdo.

Las llamas me devoraban, me lamían la piel, llenándome las fosas nasales del hedor a carne quemada.

Cuando la piel ardía, se hacían ampollas, y esas ampollas reventaban y supuraban bajo el contacto violento de unas manos o el mordisco, más brutal, de un acero.

Eso, como había tenido ocasión de aprender, era una verdad universal.

Sucedía así con los magos de las Órdenes, con los soldados de la Guardia, con los rebeldes ryvenais y con los hombres, las mujeres y los niños que no eran ninguna de aquellas cosas.

Sucedía así con Nura; a pesar de lo que había hecho, fue el primer cuerpo hacia el que repté entre las cenizas de Sarlazai.

Tenía la convicción casi absoluta de que había muerto.

Al entregársela a los sanadores, me alivió oírle soltar un pequeño gemido de dolor cuando su piel se quedó adherida al tejido tosco de mi chaqueta.

Alivio. ¡Por los Ascendidos, menuda mierda de palabra he elegido!

Me vi quitándole del cuerpo con los dedos trocitos de tela cuyos hilos se me deshacían entre las uñas...

—Max, he pensado que igual querías ver...

Y ya estaba de vuelta. De vuelta aquí, en mi alcoba de la costa occidental, tumbado bocabajo en la cama, contemplando la colcha roja y disolviéndome en ella.

Parpadeé y levanté la vista a Kira, plantada en el umbral, sonriéndome con una vacilación inusual. Llevaba en la mano uno de sus tarritos de cristal.

—Mira, esta la he criado yo, y ha salido de la seda hoy mismo —me dijo, levantando el tarro para enseñarme una mariposita roja que revoloteaba nerviosa por la parte superior de su prisión.

—Muy bonita —contesté sin apenas mirarla.

—He pensado que te gustaría porque tiene una cantidad razonable de extremidades.

Sus palabras se fueron apagando. Hice un ruidito evasivo de confirmación.

Kira se me acercó, descalza.

—¿Sabes qué? Que me alegro de que hayas venido a casa a descansar —me dijo en voz baja—. Aunque tú no.

Le solté un resoplido violento, casi sin darme cuenta. A descansar.

A descansar en realidad quería decir: «Está claro que vas a perder la cabeza en cualquier momento y, cuando eso ocurra, aquí no te queremos».

A descansar significaba: «Eres responsable de la muerte de cientos de soldados de las Órdenes, así que escóndete un tiempo, hasta que decidamos si eres un héroe o un asesino».

Pero, sobre todo, a descansar quería decir: «Soy el puto Zeryth Aldris y soy un cabronazo ávido de poder que quiere a todos los demás candidatos a archicomandante lo más lejos posible de las torres».

Pues muy bien, que le dieran el cargo. De pronto, me la traía al pairo.

—¿Qué tal sienta ser un héroe? —preguntó Kira—. Brayan nunca te lo va a decir, pero hasta él está impresionado.

Hasta no hacía mucho, la aprobación no manifiesta de Brayan habría valido más que el oro para mí, pero en aquel momento me daba igual, como el puesto de archicomandante.

Me dieron ganas de decirle: «A mí me hace pensar en los cuerpecillos frágiles de los niños deshaciéndoseme entre las manos. Nada de lo que sentirse orgulloso».