40
Tisaanah
Solo recuerdo los sueños.
Me perdí en un torrente de imágenes vívidas, ahogándome en fragmentos de personas a las que no conocía y, a la vez, conocía íntimamente: una mujer rubia que llevaba una preciosa capa morada y mordía una manzana; un par de manos ajadas que asían el pomo de una puerta; ese inconfundible escalofrío al meterme en una balsa de agua fría en un lugar que nunca había visto, presionando con los dedos de los pies las intrincadas baldosas de cerámica; la garganta contrayéndoseme alrededor de voces, voces, voces...
Al abrir de golpe los ojos a una negrura absoluta, inspiré tan hondo que inhalé las gotas de sudor que me corrían por la cara.
Me dolía tantísimo la cabeza que me oía palpitar el interior del cráneo. Se me acumulaba la saliva al fondo de la garganta. En un pensamiento lejano, casi ahogado por aquel dolor de cabeza, decidí que no quería, por nada del mundo, vomitar en la cama.
Me levanté y, saboreando el alivio momentáneo del suelo frío, fui dando tumbos hasta el baño contiguo y me incliné sobre el lavabo, aferrándome a los bordes.
Sacudí la cabeza para apartarme de la cara el mechón de pelo negro que me colgaba por la frente, que volvió a caer enseguida donde estaba, justo delante de los ojos.
Oí acercarse unos pies descalzos, y una luz blanca y suave iluminó despacio la estancia, alumbrándome el rostro en el espejo.
El mío. Y el de Max.
¡El mío!
Muy vagamente, se me ocurrió que aquello no era lo que esperaba ver.
—Max... —dije en un susurro ronco de recién despertada.
Al girar la cabeza, vi a Nura en el umbral, mirándome soñolienta con el pelo alborotado cayéndole en rizos sueltos por los hombros. Parecía tan joven...
—¿Te encuentras bien? —me preguntó.
Abrí la boca para contestar, pero, en su lugar, me desperté.
—Tranquila...
Una mano me acariciaba la espalda en círculos amplios, suaves.
Estaba oscuro.
Me dolía todo.
«Max».
No caí en la cuenta de que lo había dicho en voz alta hasta que aquella voz me contestó:
—No hables.
Mis ojos fueron adaptándose a la oscuridad y, de pronto, me sorprendí contemplando unas trenzas platino que colgaban delante de mí. Nura. Apenas pude levantar la vista lo justo para identificarla; luego un espasmo me sacudió los músculos y me puse de lado, haciéndome un ovillo.
Acababa de verlo. Habría jurado que era él. Pero no podía ser. Max no debía estar allí. ¿Sería un sueño?
—¿Dónde está? —conseguí decir con dificultad.
—No lo sé, Tisaanah —murmuró Nura—. Nadie lo sabe.
Se me revolvió el estómago, pero, a la vez, asomó a mi semblante un amago de sonrisa. «Bien».
—Espero que se haya ido muy lejos...
—Shhh. —Nura me enjugó el sudor con la palma fría de su mano—. Duerme, que tu cuerpo necesita sanar.
Un manto de oscuridad empezó a caer sobre mis sentidos, y se me encogió el pecho de pánico.
No. No, no, no. No quería volver a aquel torrente de sueños. No podía. Me iba a matar.
Una oleada de dolor convergió con mi consciencia menguante y me ahogó por un momento. Cuando recobré levemente la consciencia, le estaba agarrando tan fuerte la mano a Nura que nuestros dedos temblaban juntos.
Le había mentido a Zeryth: sí que tenía miedo. Tenía tanto miedo que me costaba respirar. Miré desesperada a Nura y supe que ella entendía mi confesión muda.
—Tranquila... —me susurró. Me aferré a su mano como si fuera lo único que me mantenía vinculada al mundo, hasta que también eso se diluyó en la oscuridad—. Tranquila, Tisaanah, que no me voy a ningún sitio —oí resonar su voz, extinguiéndose conmigo.
Un sueño. Un recuerdo.
—No me voy a ningún sitio, Max.
Parpadeé. Tardé un momento en darme cuenta de lo que le había oído decir por debajo de aquel dolor de cabeza atronador.
La niña extendió las manos y sonrió entre capas de pelo moreno liso. Una culebra de un verde intenso se le enroscó en las manos y clavó en mí sus inquietantes ojos amarillos.
—Pon todas las caras de pasmo que quieras, que no me voy a ningún sitio, y ella tampoco —dijo, mirando al animal que la acompañaba y haciendo un puchero exagerado—. No es culpa suya que le tengas miedo. Extiende las manos.
Estábamos en un cuarto pequeño y polvoriento, con una ventana grande por la que entraba muchísima luz, y las paredes forradas de estanterías repletas de jaulas de oro y cajitas de cristal.
Kira me miró con las cejas enarcadas, y reemplazó su gesto sarcástico una sonrisita tan tremendamente parecida a la mía que en ocasiones todavía me sorprendía. Seis meses separados y casi había olvidado que teníamos exactamente la misma cara.
—No me gustan las criaturas que no tienen la decencia de poseer extremidades como el resto de nosotros —dije.
—Tampoco te gustan los ciempiés, y tienen un montón.
—Algo intermedio entre una culebra y un ciempiés me parece aceptable —contesté, mirando fijamente a la sierpe, que me observaba con idéntica inquietud—. Aparta eso, anda.
A regañadientes, Kira volvió a meter a la culebra en su jaula. El animal obedeció tan rápido que casi parecía que hubiese entendido lo que ella quería que hiciese. Desde luego, tenía una afinidad sorprendente con aquellos bichos.
—Es una de mis favoritas. Me he hecho con muchas más durante tu ausencia.
Me había bastado con echar un vistazo alrededor para confirmarlo.
El cuartito estaba la mitad de lleno cuando me había ido, claro que, por entonces, Kira estaba empezando.
Nuestro padre había accedido a prestarle el cobertizo del bosque a cambio de que prometiera que jamás volvería a llevar a casa ni una sola criatura viva, bajo ninguna circunstancia, ni siquiera de las pequeñas, ¡mucho menos de las pequeñas!
Había sido lo primero que había querido hacer cuando volví a casa de permiso. Sin apenas dejarme saludar a nadie, me había llevado a rastras al bosque para enseñarme las nuevas adquisiciones de su colección.
Volvió a dejar en la estantería la jaula de la culebra verde, junto con al menos media docena más de ofidios de diversas formas, tamaños y colores. Luego agarró una cajita de cristal del estante de debajo.
—¡Mira esto!
Contemplé el inmenso y brillante escarabajo negro cuyos élitros producían destellos de color morado y verde con la luz que entraba por la ventana.
—Mola.
—¿Sabes lo que come? —Negué con la cabeza—. Carne podrida.
—¡Qué mono!
—Tranquilo, solo de la que ya está muerta.
—Ah, estupendo, qué asquerosito.
Paseé la vista por la pared. Le gustaban las serpientes más que nada, así que de esas había muchas, pero el estante inferior, por lo visto, era «el de los insectos»: escarabajos, hormigas, larvas que se retorcían...
Me detuve frente a una cajita de cristal.
—Esta —dije señalándola— parece demasiado normal y bonita para formar parte de tu colección.
Siguió mi dedo hasta la mariposa trémula encaramada a un palito musgoso, cuyas alas brillantes de color burdeos reflejaban la luz.
—Sí, yo también lo pensé al principio, peeero... —Se le iluminaron los ojos oscuros—. ¿Sabías que, cuando las mariposas son crisálidas, su cuerpo se disuelve por completo? Se convierten en pringue de gusano con un par de órganos ahí metidos. Ni siquiera tienen cerebro.
—¡Qué asco! —dije arrugando la nariz—. ¿Cómo lo has sabido?
Casi me daba miedo la respuesta, así que solté un pequeño suspiro de alivio cuando contestó:
—Lo he leído. —Luego añadió—: Pero, como no me lo creía del todo, diseccioné una crisálida en casa de tía Lysara. ¡Y era cierto! Solo pringue.
—Seguro que a mamá y a la tía Lysara les entusiasmó.
—Mamá me dijo que carezco de habilidades sociales.
—Eso me lo dice a mí también.
Curioso, porque nuestra madre tampoco poseía habilidades sociales , por mucho que se empeñara en lo contrario.
—¡Ay, que se me olvidaba!
Kira dejó el escarabajo, distraída, y chascó los dedos sonriente; luego frunció el ceño al ver que no pasaba nada.
Otro chasquido de dedos.
Y un tercero... con el que brotó una nubecilla de chispas azules. Repitió el procedimiento y generó una nube de lucecitas algo más grande, como una centella en pequeño.
—Bien, ¿no? He estado practicando.
Sonreí, muy a mi pesar. La otra única maga de la familia. Parecía lógico; lógico y un poco aterrador.
—¿Ya has pensado en cómo te vas a formar?
Se le hizo una arruga en el puente de la nariz, como si le estuviera haciendo una pregunta tonta, otro gesto que yo estaba seguro de haber acuñado.
—Entraré en el Ejército, como Nura y como tú.
Se me esfumó la sonrisa.
Hacía seis meses, no habría dudado en animarla a que siguiera mis pasos.
Eso era lo que había hecho yo cuando empecé a mostrar señales de que era mago.
No tenía motivos para no hacerlo. Me gustaba el Ejército: las jerarquías, la competición, la forma en que me impulsaba a llegar cada vez más allá, hasta el último peldaño, ciertamente mucho más alto de lo que estaría de haberme quedado encerrado en un mísero cobertizo solari perdido por ahí, malgastando el tiempo en ejercicios inútiles.
Pero los últimos meses, la guerra, las batallas...
Se abrió la puerta y Atraclius asomó la cabeza al cobertizo, y las gafas de montura metálica se le descolocaron al arrugar la nariz.
—Puaj, aquí dentro huele fatal. Me mandan a buscaros. Papá se está impacientando —dijo sonriendo. Tenía una de esas sonrisas que parten la cara en dos, casi irritantemente contagiosa—. Además, me muero de hambre, y tengo muchas cosas que contarte, Max.
— Tengo muchas cosas que contarte, Tisaanah...
Abrí la boca para contestar, pero no pude hablar.
— Tantas cosas...
El mundo se congeló y luego volvió la oscuridad.
— ¿Te gustan? Pronto tendré las tuyas también.