39
Max
Si hubiera sido más listo, habría sabido desde el principio que no iba a traerme más que problemas.
Aun a las pocas horas de conocerla, Tisaanah ya me está obligando a hacer concesiones sin que me diera cuenta.
«Te invito a que pases, pero solo porque...».
«Puedes pasar aquí la noche. Pero solo esta noche».
«No sé por qué, pero te creo».
«Si tú vas, yo también voy».
Siempre un paso más, otro más. Avanzaba con una determinación implacable, en todo momento, pasara lo que pasase.
¿Cómo no la iba a seguir? Y aunque todos aquellos pasos dolieran, como duelen los músculos después de mucho tiempo sin usarlos, ¡sentaban de maravilla!
Un retorno lento, tímido y aterrador de cojones a un estado natural.
Aun así, ni me di cuenta.
Ni cuando la dejé meterse en mi casa, en mi cabeza, en mi pasado. Ni siquiera cuando reparé en que, cada vez que estaba sin ella, reunía anécdotas y rarezas que contarle cuando volviera a verla, como quien se guarda piedrecitas en el bolsillo.
Puede que una pizca de aquello se me colara en la mollera dura esa noche cuando estaba a su espalda, sin tocarla apenas, pero ahogándome en su aroma, en su piel y en el bramido de mi propia sangre: «Problemas, Max, problemas».
Pero aquello no era nada comparado con el momento presente, el momento en el que, allí plantado, la había visto subir la escalinata de las torres, consciente de que nada que yo pudiera hacer o decir la iba a detener.
¿Y acaso podía reprochárselo? Podría haberle dicho muchísimas cosas más.
Y resultaba hasta paradójico que lo que me había impulsado a dejar que entrara en casa esa noche, hacía casi seis meses, aquella determinación, aquella poderosa tenacidad que me permitía volver a creer en alguien después de tanto tiempo, fuera precisamente lo que me la había arrebatado.
A pesar de todo, la admiraba, aunque la odiara.
Y solo entonces me quedó claro: todos aquellos pasitos nos conducían directamente al abismo.
Cuando quise darme cuenta, ya era demasiado tarde.
—Dime que eso no es de ella —rugí con tal frenesí y desesperación que casi no me reconocía.
«¡Mira que soy gilipollas, joder!».
Me había quedado allí, mirando las puertas, con los puños apretados, mucho después de que ella se marchara.
Me sentía como una prenda con un hilo suelto que ella se había llevado consigo para luego ir tirando de él poco a poco.
Un buen rato después, conseguí al menos moverme.
Entonces fui a la Torre de la Medianoche, me planté en el vestíbulo y esperé pacientemente.
Pasaron horas. El ajetreo y el bullicio cotidianos de las torres menguaron y acabaron extinguiéndose. Me levanté, me senté, me paseé, volví a sentarme.
«¡Mira que soy gilipollas, joder!».
Cuando se abrieron las puertas de la columna principal y un rostro familiar me saludó, la miré y sentí que, de pronto, se me iba toda la sangre del cuerpo.
—Dime que eso no es de ella —repetí, agarrando a Nura del brazo.
Ella se miró y se vio de pronto las salpicaduras de rojo en la chaqueta blanca.
—Tranquilo, es que se ha emocionado un poco con su primer pacto de sangre.
Me lo dijo como si fuera a aliviarme. ¡A aliviarme!, en vez de confirmar mis mayores temores.
—¿Un pacto de sangre? —dije con voz ronca.
Le apreté el brazo sin querer. Me miró la mano y luego la cara, y suspiró.
—Ven conmigo —me dijo mientras señalaba el pasillo con la cabeza.
—Nura, ¡que los Ascendidos me asistan como...!
—Tú ven conmigo —insistió, y puso la mano encima de la mía un segundo; luego se apartó y enfiló el pasillo.
Un pacto de sangre. Un puto pacto de sangre.
Fue como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo moverse.
Y luego la seguí.
Nura me llevó por una serie de tortuosos pasillos blancos hasta que llegamos a una puerta corriente, muy alejada del jaleo de los vestíbulos.
Sus aposentos, deduje, cuando abrió con la llave y me invitó a entrar.
Era un espacio tan limpio, tan sobrio y tan angustiosamente vacío como todo lo demás de aquel condenado lugar, todo muebles blancos sobre suelos blancos y arrimados a paredes blancas.
Nura cerró la puerta de un empujón, cruzó el salón y fue a su alcoba. Me quedé a la entrada, mirándole la espalda mientras empezaba a desabrocharse la chaqueta ensangrentada.
—¿Dónde la tenéis?
Quizá aún hubiera esperanza. Quizá aún hubiera tiempo. Quizá me equivocara.
Nura señaló el techo con un dedo.
—Arriba, recuperándose.
«Recuperándose».
Tuve que hacer un esfuerzo por pronunciar las siguientes palabras.
—Le habéis dado a Reshaye. Eso era lo que le estabais pidiendo que hiciera.
Era la primera vez que exponía en voz alta mi teoría, y estaba deseando equivocarme.
Pero Nura dijo:
—Sí.
Joooder. ¡Joooder!
—Era una buena candidata —continuó—. Y ahora mismo la necesitamos. Estamos al borde de algo peor que lo de la última vez.
No podía hablar. Apreté los puños a los lados hasta que me temblaron. La estancia se iluminó de pronto de forma grotesca, cuando todas las luminarias se encendieron a la vez.
—Hasta para ti —dije con un hilo de voz—. Hasta para ti, esto es... es...
—Cálmate.
—¡Esa cosa habría que destruirla, y lo sabes!
—Es demasiado útil. —Nura me miró de reojo, y algo de aquella mirada me fastidió: me fastidió lo mucho que la hacía parecerse a la chica de la que me había enamorado cuando teníamos veinte años y éramos mucho más felices y más estúpidos que ahora—.
No va a pasar lo de la otra vez, Max. Además, tampoco ha hecho nada que no quisiera hacer.
—¡Porque no lo sabe, Nura!
—Habría hecho lo que fuera por salvar a los suyos, y habría dado igual que lo supiera.
Tenía razón, y yo lo sabía y me repateaba, porque en otro tiempo yo había hecho exactamente lo mismo. Me había sentado en el despacho del archicomandante a que me ofreciera todo lo que había deseado en la vida. Cosas egoístas, mezquinas. Bastó con eso para que les vendiera mi alma.
Al menos yo me lo merecía, pero Tisaanah, ¡por todos los Ascendidos!, Tisaanah y sus causas nobles...
No me dio tiempo a meditar lo siguiente que salió por mi boca.
—Lo hago yo —dije con desesperación—. Lo hago yo. Quítaselo y dámelo a mí.
Nura se había desabrochado ya media chaqueta, pero al oír aquello se detuvo en seco, y luego se volvió despacio hacia mí. Por un instante, la vi verdaderamente triste, y la crudeza de aquella mirada podría haberme sobresaltado en otras circunstancias.
—No lo dirás en serio.
—Lo hago ahora mismo —le dije, subiéndome ya la manga para dejar al descubierto el antebrazo y la cicatriz del último pacto que había hecho hacía ya un montón de años—. Esa cosa y yo ya nos conocemos. Lo voy a manejar mejor. A mí me hará caso.
Nura estaba negando con la cabeza.
—Max...
—¡Tú hazlo! —dije, y me acerqué dando tumbos—. Si esto era lo que queríais todos, ¿a que sí? Además...
—¡Ya es tarde, Max! —Su voz cercenó la mía, con potencia de sobra para resonar y quedar suspendida en el aire. Soltó un suspiro y agachó la mirada—. Ya es tarde —repitió, más serena—. Y aunque no lo fuera...
Yo aún me sujetaba la manga a la altura del codo.
Me miré la mano temblona, el tatuaje del sol que llevaba en la muñeca, la cicatriz de más abajo...
, todos los signos del compromiso que había tenido en su día con las Órdenes, las marcas que me habían dejado después de arrebatármelo todo y deshacerse del resto.
Como iban a hacer con Tisaanah.
Para colmo, la aterradora verdad empezaba a calar en mí: no podía hacer absolutamente nada para impedirlo.
No levanté la vista, pero oí a Nura soltar un suspiro largo, oí caer al suelo su chaqueta.
—Y aunque no lo fuera —masculló—, dudo que nadie quiera jugar con ese tipo de fuego nunca más, de todas formas.
Despacio, alcé la mirada, pero volví a apartarla enseguida.
—Vístete —murmuré.
—¿Por qué?, ¿acaso te incomoda?
Se volvió hacia mí por completo, presentándome su cuerpo desnudo...
y las cicatrices de quemaduras que lo cubrían.
Absolutamente toda aquella piel albina de valtaina estaba salpicada de rojo y morado, fundida en algo casi irreconocible.
Las cicatrices le iban desde los dedos encogidos de los pies hasta más allá de la clavícula, pasándole por el cuello y terminando detrás de la oreja izquierda.
Se las tapaba con las chaquetas de cuello alto y manga larga, pero se le veían los bordes por la nuca, si sabías donde mirar.
Los sanadores habían conseguido a duras penas salvarle la cara, prácticamente arrancándole la piel y dejándola crecer de cero.
No contesté.
Solo le había visto el cuerpo así una vez, después de la guerra, después de lo de Sarlazai, de lo de mi familia.
Se había plantado a la puerta de mis aposentos y casi nos habíamos devorado el uno al otro con una intensidad frenética, desbordada.
Pero todo lo relativo a nuestro encuentro amoroso parecía tóxico, como si pretendiéramos resucitar algo muerto follando, y haciendo como si ninguno de los dos percibiera el hedor.
Ni siquiera hablamos. Cuando terminamos, se volvió de lado y se vistió, y tardé años en volver a verla.
Lo cierto era que me incomodaba verla así.
Y eso me hacía sentir mal, porque había sido yo quien se lo había hecho.
—Los dos hicimos nuestros sacrificios —dijo en voz baja.
Casi me dio la risa. Sacrificios . Si lo quería llamar de ese modo... Asesinato, masacre, sacrificios ... Claro.
Hacía ocho años, el segundo peor día de mi vida, Nura y yo nos habíamos visto de pronto en medio de un caos sangriento, en las montañas, librando una batalla que no podíamos confiar en ganar.
Y ella se me había metido en la cabeza y me había obligado a arrasar la ciudad entera de Sarlazai, una traición que les otorgó la victoria, acabó con centenares de personas y me destrozó por dentro.
Y aun con todo, a veces se me olvidaba que, cuando tomó aquella decisión, estaba convencida de que iba a morir por ella. Sacrificios.
Solo pensar en aquel día hacía que me ardieran las fosas nasales del hedor a carne quemada. Y estábamos a punto de volver a meternos en lo mismo. ¡Tisaanah estaba a punto de que la metieran en eso!
Nura se me acercó, con el semblante imbuido de una ternura que no le veía desde hacía muchos años.
—Tú y tu sensiblería, Max —me susurró—. Lo siento mucho, de verdad.
—Dime que no la llevaste conmigo para esto —le espeté—, que no la he estado preparando para esto.
Se hizo el silencio.
—Nura...
—Esa cosa está obsesionada contigo. Se nos ocurrió que a ella le costaría menos controlarla porque está conectada contigo, que sería más fácil que la cosa la aceptara.
—Solté un sonido estrangulado, a medio camino entre la carcajada amarga y el gruñido, como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago—.
Pero lo que te dije aquel día iba en serio.
Pensaba... pensaba que te iría bien tener algo que hacer con tu vida.
—Me giró la cabeza hacia sí—. Ayúdanos a ayudarla, Max. Tú puedes orientarla en este trance.
Me aparté.
—¡Ni de coña!
¡Con lo que me había hecho esa cosa a mí! ¡Después de lo que le había hecho yo a Tisaanah, aunque fuera sin querer!
Le lancé una mirada asesina.
—Seguro que estás a punto de decirme que es una orden.
Asomó a sus labios una sonrisita.
—Tiene que ser una petición, porque así lo ha estipulado ella en su pacto.
—¿Que ha hecho qué?
Volvió de unas zancadas al armario.
—Ha sido lista —me dijo—, muy específica en sus requisitos.
No podríamos incumplir nuestras promesas aunque quisiéramos, y una de ellas es sobre ti.
—Eligió otra de sus chaquetas blancas idénticas—.
Que se te exima de todas tus obligaciones para con las Órdenes.
Borrón y cuenta nueva. Enhorabuena: eres un hombre libre.
Me abandonaron las palabras.
No me la merecía. Nadie se la merecía.
Nura se puso la chaqueta, cubriéndose la piel con aquel blanco inmaculado. Aún llevaba la prenda abierta cuando se volvió de nuevo hacia mí, pensativa.
—Lo intenté —dijo—. Yo intenté manejar esa magia, pero se negó a aceptarme.
—Lo dijo como si fuera una gran vergüenza, un terrible fracaso—.
No acepta a nadie, y lo hemos intentado muchos.
Pero entonces... apareció ella, y desde el principio tuve un fuerte presentimiento.
A lo mejor porque es de Threll, o por otra cosa, no sé, pero en cuanto probó su sangre, le gustó.
Frunció el ceño sobre aquella mirada penetrante y apretó la boca. Conocía bien aquel gesto: estaba celosa. ¡Celosa!, pero no por mí, sino ¡por la magia! Le daba envidia que Tisaanah consiguiera que aquella cosa la hiciera pedazos.
La rabia me devoró de forma tan absoluta que terminó extinguiéndose y, de pronto, me sentí entumecido, como si todas mis emociones se hubieran convertido en ese pitido ensordecedor que queda después de un gran estruendo.
No podía. No podía hacer aquello. No podía ver cómo esa cosa destruía a Tisaanah igual que me había destruido a mí, porque lo iba a hacer, aunque ella fuera mejor de lo que era yo en todos los sentidos: más fuerte, más bondadosa, más digna. Otra luz más que apagar. Otra herramienta que esgrimir.
Y yo se la había puesto en bandeja.
Nura se abotonó la chaqueta, cubriéndose así las cicatrices y, con ellas, ese vislumbre de vulnerabilidad humana.
—Ella ha tomado su decisión, Max. Ahora tienes que tomar tú la tuya.
—No me queda otra —espeté, y me dirigí a la puerta.
—¿Adónde vas?
A cualquier parte, mientras estuviera lo más lejos posible de allí, de aquella condenada torre, de aquellas personas ¡y de aquella cosa!
—No pienso formar parte de esto, Nura. No lo voy a hacer.
«No puedo. No puedo hacerlo».
Abrí de golpe la puerta y enfilé aquellos pasillos tortuosos y asfixiantes, que me ahogaban en un espacio abierto.
No había más sonido que el de mis pasos rápidos, recordatorio de todo aquello de lo que no lograba escapar, pero lo único que oía yo era la voz cantarina de Tisaanah, ese día que pasamos juntos en la ciudad hacía unos meses.
La oía una y otra vez, a cada paso.
«Como me pierda, ya no me vuelves a encontrar».
«Ya no me vuelves a encontrar».