Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 38
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Nura se excusó casi de inmediato en cuanto salimos del despacho de Zeryth y se largó sin despedirse siquiera.

Zeryth me dio un paño para que me presionara con él la herida del antebrazo y, mientras avanzábamos por el pasillo, vi como la sangre iba impregnando el tejido blanco. Ninguno de los dos dijo nada.

Me condujo a una estancia pequeña, austera, sin ventanas, de paredes blancas y suelos blancos.

Pese a la ausencia de luz natural, estaba profusamente iluminada, ignoro cómo, y solo había dos muebles en el centro: dos camas corrientes.

En una de ellas estaba tumbado un hombre alto y delgado, de cincuenta y tantos años, que llevaba una túnica gris, a juego con las sábanas. No se movía en absoluto.

La otra cama estaba vacía.

Cada vez me costaba más contener el miedo, sobre todo cuando seguí a Zeryth al centro de la estancia y reparé en que el hombre de la cama tenía sujetas las extremidades con unas cinchas. Miraba fijamente al techo, con los ojos vidriosos.

—Túmbate —me dijo el archicomandante, señalándome la cama vacía.

Traté de convencerme de que no tenía miedo e hice lo que me pedía.

Giré la cabeza. El hombre volvió la suya hacia mí y sus ojos me miraron sin verme, sin pestañear. Estaba lacio, con un brazo colgando por el borde de la cama, la mandíbula descolgada y la boca abierta.

Zeryth se inclinó sobre mí. El techo brillaba tantísimo que veía su figura a contraluz.

—Te voy a ser sincero, Tisaanah. Esto te va a doler una barbaridad, pero te prometo que no vas a morir, aunque te lo parezca.

Bueno, era un consuelo.

Asentí, pese a que, al mirar un segundo al hombre que tenía tumbado al lado, me pregunté si se podía decir que no estaba muerto.

Zeryth se situó entre las dos camas, le cogió el antebrazo inerte al hombre, le remangó la túnica y dejó al descubierto un montón de cicatrices sobre cicatrices.

Luego se llevó la mano al cinto y sacó la daga, que seguía manchada de nuestra sangre.

No dudó en hacerle otro tajo a aquel tipo inconsciente, y le dejó una estela roja en el brazo.

Vi que los ojos se le contraían levísimamente, lo justo para que se notase que se trataba de una reacción de verdad, y se me revolvió el estómago.

Luego Zeryth se volvió hacia mí. Me retiró el paño con el que aún me apretaba el brazo y lo dejó con cuidado en la cama, a mi lado.

—Perdóname por esto —me dijo, y yo hice una mueca cuando me ensanchó el tajo del antebrazo.

Posó sus ojos en mí y nos miramos un segundo.

—¿Tienes miedo? —me preguntó.

—No —mentí.

Soltó una carcajada, como si fuera obvio que no estaba diciendo la verdad. Luego giró la cabeza y le crujió el cuello varias veces.

—¡Por los Ascendidos! No estoy yo para estos trotes. A la de tres, ¿preparada?

No lo estaba, pero cabeceé afirmativamente.

—Uno, dos...

Y sé, ¡lo sé!, que no llegó a decir tres antes de que el mundo se volviera blanco y, de pronto, me fuera imposible respirar.

El dolor me corría, lacerante, por las venas, los músculos, los globos oculares, como si unas criaturas con dedos de alambre de púas reptaran por mi interior.

Logré levantar la cabeza lo justo para verme el brazo, entre los dedos de Zeryth.

Supuse que alucinaba cuando vi aquellas volutas atroces de rojo y negro brotando en espiral de mi carne supurante, alzándose al aire como flota el pelo bajo el agua, fundiéndose con la plata carmesí del brazo inerte de aquel hombre.

La blancura luminosa, la nada de aquella estancia me asaltaba, me ahogaba. Sentí como si me extrajeran las vísceras y me las recolocaran del revés.

No caí en la cuenta de que estaba gritando hasta que observé que no oía nada y que tenía la garganta destrozada.

Solo pensaba en una cosa: que Zeryth debía de haberme mentido, porque aquello no podía ser otra cosa que la muerte.

Se me descolgó la cabeza. Se me nubló la visión. Se extinguieron mis alaridos cuando mi garganta perdió el control de mi voz, aunque siguiera aferrándose a ella con todas sus fuerzas.

Y lo único que oí antes de sumergirme en una oscuridad cegadora fue una voz que me susurraba, repitiéndose obsesivamente: «Casa, casa, casa, casa».

— Casa .