Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 37
50%

37

—Espera —le dije a Zeryth cuando se disponía a escribir—, que aún no he expuesto las condiciones.

—Pensaba que nuestras condiciones eran sencillas: tú juras lealtad a las Órdenes en lo relativo al uso de esa arma y, cuando termine la guerra, cuentas con nuestro apoyo en Threll.

—Yo no he accedido a nada de eso —espeté, y, tras ponerme en pie, planté las manos al borde de la mesa y me incliné hacia delante, obligando al archicomandante a mirarme desde abajo—. Además, es demasiado vago.

Con la que le había montado antes a Nura, pensé que mi comentario desataría una reacción similar en él, pero no: se mostró inmutable.

—Muy bien. ¿Qué preferirías tú?

—Que vayamos primero a Threll.

Parpadeó. Si mi respuesta lo había dejado atónito, aquel parpadeo, una pausa momentánea, fue el único indicio.

—Estamos al borde de la guerra. Las syrizen jamás prescindirían de los efectivos necesarios para acompañarte, y no nos sobran ese tiempo y esos recursos para emprender una guerra completamente distinta en Threll.

—Lo entiendo, pero, si esa arma es tan poderosa como decís, solo me hará falta un poco de ayuda para ese viaje. Luego contaré con todo su respaldo cuando nuestra labor en Ara se haya completado.

Parpadeó de nuevo.

—Me estás diciendo que quieres ir dos veces.

—Sí, quiero sacar a mis amigos de la hacienda de los Mikov ahora, y más adelante, volver con un ejército para operar a mayor escala.

Se lo dije como si la sola idea de hacerlo de otro modo fuera absurda.

Se hizo un breve silencio.

—Habrá que probarla —le comentó Nura a Zeryth—. Tendrá que aprender a usarla. Eso lo podemos hacer en Threll. Con los estratagramas que has ido poniendo, podríamos llegar allí enseguida.

Zeryth asintió con la cabeza, encogiéndose un poco de hombros.

—Me parece justo.

¿Debía preocuparme verlo tan despreocupado?

Levantó la pluma, pero lo detuve de nuevo.

—Espera. Haz una lista.

—¿Una lista?

—Sí. —Me erguí y crucé los brazos—. Vamos a ser muy muy específicos.

—Si eso te deja más tranquila... —respondió Zeryth.

Escribió un uno, con una letra preciosa. Luego me miró, enarcando las cejas expectante.

—¿Por dónde empezamos?

Seguí apoyada en aquel escritorio y le dicté mis condiciones hasta que se me adormecieron las muñecas. Concreté hasta la última palabra, obligándolo a tachar frases que me resultaban demasiado vagas, fijándome en cada letra, señalando bien los plazos para evitar posibles lagunas.

Sabía que estaba renunciando a algo valioso, o al menos más valioso, desde luego, de lo que ellos me querían hacer creer.

Y mentiría si dijera que no estaba disimulando el pánico y la incertidumbre, pero me centré en el hecho de que, por fin, mis dedos agotados estaban a punto de asirse a lo que había ido a hacer a Ara.

Un pacto de sangre no podía romperse; sus cláusulas se debían cumplir, y si me andaba con sumo cuidado, podía garantizarme la seguridad de los míos y el logro de mis objetivos con un solo documento. Si lo conseguía, me daba igual lo que me pasara a mí.

Delimité la duración y los fines de mi viaje inicial a Threll; especifiqué que había que recuperar a Serel, que su búsqueda debía proseguir cuando yo hubiera vuelto a Ara si no lo localizábamos durante el periodo de entrenamiento de dos semanas en Threll, aunque me juré que eso no ocurriría.

Detallé el número de soldados que enviarían conmigo a Threll cuando hubiese concluido mi labor en Ara, cuánto tiempo se quedarían allí y que nuestra misión no se daría por terminada hasta que se derrocara por completo a los señores de Threll.

Me erguí por fin, disimulando una mueca cuando un dolor intenso me rodeó las muñecas entumecidas.

—Y quiero que se atienda a Vos —añadí—. Lo que le quede de vida. —Hice una pausa y reformulé la frase—. Quiero que Vos reciba mil lys al mes durante los próximos ochenta años. Y que se le proporcionen una casa y todos los cuidados sanitarios y las medicinas que pueda necesitar.

—Eso es una suma considerable —observó Zeryth, pero anotó mis palabras tal cual se las dije, sin protestar más.

Me detuve junto al ventanal y contemplé el hermoso océano. El cielo había empezado a teñirse de naranja; la luz se había vuelto más intensa y deslumbrante según se hacía de noche. Habían pasado horas. Me acudió una idea a la cabeza y una especie de tristeza se me instaló en el estómago.

—¿Ya está completa la lista? —preguntó Zeryth.

—Falta una cosa. —Una de las más importantes, me dije sin apartar la vista del océano—. Maxantarius Farlione quedará liberado de las Órdenes, y de todos los pactos, acuerdos o contratos. De cualquier cosa que lo vincule a vosotros.

Nura, que había estado inmóvil todo ese tiempo, con las manos cogidas a la espalda, se volvió hacia mí al oír aquello.

Zeryth rio.

—¡Vaya, qué tierno! —ronroneó, pero yo no escuchaba más que el roce de la pluma en el papel.

Recordé la conversación que había tenido con Willa nada más llegar a la cabaña de Max, la amenaza velada de posibles consecuencias que daba a entender que pisaba terreno peligroso.

—Además —añadí—, se le perdonará cualquier cosa que pueda haber hecho en el pasado. Borrón y cuenta nueva.

—Borrón y cuenta nueva —repitió el archicomandante, y la sonrisita le deformó las palabras—. Ya nos gustaría a todos, ¿verdad?

Aun así, lo anotó.

Y luego guardamos silencio durante varios segundos interminables, mientras el tictac del reloj resonaba por la inmensa estancia.

Miré de pronto a Zeryth, que había vuelto a recostarse en su asiento, y me estudiaba con afable paciencia.

—¿Ya está?

Tenía los papeles esparcidos delante de él, tres páginas escritas en las que se detallaba todo lo que yo había querido en la vida, tres páginas que garantizaban la seguridad de los míos y una oportunidad, ¡al menos una!, de llevar una vida mejor para miles de personas.

Y tres páginas que volvían a convertirme en esclava.

—Esas son mis condiciones —contesté.

Zeryth recibió mi respuesta con una sonrisa fácil, haciendo girar la pluma entre los dedos.

—Excelente. Las nuestras son sencillas. Adoptarás el arma de inmediato y, cuando vuelvas de tu entrenamiento inicial en Threll, seguirás al servicio de las Órdenes mientras dure la guerra. Cuando ya no te necesitemos y hayas concluido tu propia misión, se te extraerá el arma y serás libre.

Fruncí el ceño.

—Demasiado vago. Las guerras pueden eternizarse.

La que había hecho pedazos a mi gente había durado casi cien años. No estaba dispuesta a comprometerme a una servidumbre indefinida.

—Nuestra intención es que termine cuanto antes. Por eso hacemos esto.

—Si bastara con la intención...

Zeryth rio.

—Cierto. Muy bien. —Lo valoró un momento y me propuso—: Siete años.

—Cuatro.

—Con todo esto —dijo, señalando las páginas que tenía en el escritorio—, comprenderás que necesitemos una garantía de que vamos a conseguir lo que queremos.

Vamos a hacer una inversión considerable en ti, sobre todo si tienes en cuenta que nos estás obligando a renunciar a nuestro plan alternativo —dijo, señalando con unos golpecitos el nombre de Max en el contrato.

Procuré que no se me notara el arranque de rabia que me retorció las entrañas al oír aquello. Genial. Si así iban a ser las cosas... Parpadeé y oí claramente la voz de Esmaris: «Vales mil monedas de oro».

—Quiero añadir una cosa más —dije—, y luego te doy una respuesta.

Zeryth me miró sorprendido y expectante.

—Mis condiciones se cumplirán aunque yo muera.

—Me esperaba algún comentario ocurrente, alguna gracia, pero el archicomandante se limitó a asentir y escribir en el papel—.

Cinco años —le dije cuando terminó—. Cinco o hasta que acabe la guerra o hasta que las Órdenes decidan liberarme, lo que ocurra primero.

Nura se volvió hacia nosotros. Zeryth y ella se miraron como si mantuvieran una conversación silenciosa.

—Muy bien —contestó Zeryth por fin, y anotó aquello en el pergamino con movimientos suaves y ondulantes. Luego juntó las tres páginas y dibujó un estratagrama en la primera, plantando un elegante círculo de tinta sobre nuestro contrato—. Entiendo que nunca has hecho esto —me dijo.

Cogió la daga, extendió el brazo sobre el escritorio y, con un movimiento fluido, se pasó la hoja por la piel, creando un reguero rojo que se vertió sobre el estratagrama.

—Te toca. —Hizo girar la daga para ofrecerme la empuñadura. La hoja le pringó de sangre los dedos—. Basta con un poco de...

Pero cogí el arma decidida y, sosteniéndole la mirada, me hice un corte en el brazo sin vacilar, ni siquiera cuando profundicé tanto que salpiqué de carmesí la chaqueta de Nura, la página del contrato y aquel mármol tan caro y tan bonito.