Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 36
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Todo lo que había en el despacho de Zeryth parecía demasiado caro para tocarlo.

Era una estancia grande, espaciosa y meticulosamente decorada: los muebles tenían detalles de platino, las cortinas eran de gasa blanca vaporosa; de las paredes curvadas colgaban hermosos cuadros clásicos de paisajes...

La sala era más del tamaño de una casa que del típico despacho.

La mitad del muro exterior estaba ocupada por un ventanal inmenso, por el que podía verse un buen trecho de mar revuelto desde una altura verdaderamente vertiginosa.

El despacho de Zeryth se encontraba en la penúltima planta de la Torre de la Medianoche.

En la planta superior, me había dicho muy cordial mientras subíamos, era donde vivía.

Ahora estaba sentada en un silloncito de terciopelo blanco, delante de un escritorio de mármol y caoba. Zeryth se instaló en su sitio, se recostó en el asiento, subió los pies al borde del escritorio y me estudió con aquella sonrisa suya omnipresente.

Nura estaba delante del ventanal, muy tiesa, con las manos cogidas a la espalda. Cuando Zeryth le ofreció asiento, se limitó a negar con la cabeza. Él se encogió de hombros y puso los ojos casi en blanco.

—Bueno, Tisaanah —me dijo—. Gracias por reunirte con nosotros.

Yo tenía los dedos entrelazados delante de mí, porque la presión me bajaba los latidos de un corazón que amenazaba con desbocarse.

Custodié con esmero mis barreras mentales: no quería que Zeryth ni Nura supieran lo nerviosa que estaba, y menos cuando todavía no había conseguido quitarme de la cabeza la cara de Max y seguía resonándome en los oídos su voz, suplicándome que me marchara.

—Estamos aquí para hablar de mis pruebas, ¿no? —dije.

—Sí. —Zeryth bajó los pies de la mesa e, inclinándose hacia delante, ensanchó la sonrisa—. ¡Has aprobado! ¡Enhorabuena!

Esperé a que continuara, pero no añadió nada más. Nura se paseaba a su espalda, dando pasos largos y lentos.

—Estupendo —contesté por fin, sin entusiasmo.

—¿Te sientes orgullosa de ti misma?

—Sí, pero me interesa más lo que viene después.

Nura siguió paseándose.

A Zeryth pareció satisfacerle mi respuesta.

—Desde luego. Por eso te hemos pedido que vinieras a vernos hoy, a fin de cuentas... —A media frase, giró bruscamente la cabeza y le lanzó a Nura una miradita—. ¿Es necesario que andes rondándome de ese modo?

—No ando rondándote —replicó ella, rondándole por encima del hombro.

—Hoy estás un poco irritable. ¿Nerviosa? Toma asiento y relájate —le dijo, señalándole el silloncito vacío de mi lado.

—Prefiero estar de pie.

Empezaba a agotárseme la paciencia.

—¿De qué hemos venido a hablar? —los interrumpí.

Zeryth se volvió de pronto hacia mí. Era asombrosa la rapidez y la fluidez con que cambiaba de expresión, cómo se desvanecía su cara de frustración absoluta.

—Esto no se ha hecho público aún, pero a primera hora de esta mañana hemos recibido noticias tremendamente sobrecogedoras.

Nuestra reina Sesri se ha visto obligada a desposeer a otra familia de nobles, esta vez ryvenais.

Casi dos centenares de soldados y civiles han muerto en el enfrentamiento resultante.

¡Por todos los dioses! ¡DOSCIENTOS!

—Participaron magos en ambos bandos —terció Nura.

—Y la cosa va a ir a peor —dijo Zeryth—. Habrá represalias, y ha quedado claro que se está gestando una rebelión mucho mayor contra la reina...

—La guerra civil es inevitable —lo cortó Nura—. Estamos a las puertas de una guerra que causará tantas bajas como...

Zeryth volvió a girarse bruscamente, y su compostura se hizo pedazos para dar paso a una mirada asesina.

—Deja ya de rondarme y de interrumpirme.

—Ya te he dicho que no te estoy rondando.

—¡Siéntate!

Nura torció la boca con desprecio.

—No soy una cría.

—No, pero eres mi subordinada. —Zeryth sacudió un dedo y el otro silloncito se arrastró rechinando por el suelo de baldosas como si una mano invisible tirase de él con fuerza—. ¡Siéntate!

Ella se dejó caer a plomo en el asiento, con una expresión gélida en el rostro.

Yo me quedé callada, procurando no reaccionar de forma visible. Me pregunté si aquello sería un numerito que habían montado para mí.

Nura se aclaró la garganta, mirando aún a Zeryth con cara de odio, y continuó:

—Como decía, nos encontramos en una situación que podría ser tan mortífera como la última guerra ryvenai.

—Nura y yo luchamos en esa guerra, y ninguno de los dos deseamos repetir las cosas que vimos o vivimos. —La irritación de su voz se había esfumado tan rápido como había aparecido—. Estoy seguro de que Maxantarius te ha manifestado sentimientos similares.

Ni siquiera me gustaba cómo sonaba el nombre de Max en boca de Zeryth.

—Eso es terrible, pero no entiendo qué tiene que ver conmigo.

Zeryth se inclinó hacia delante, con una sonrisita.

—Ya te dije que te estábamos poniendo a prueba.

—Para mi ingreso en las Órdenes —contesté, haciendo un esfuerzo por controlar el tono de voz.

—Para algo más que eso.

Pensé en todo lo que no tenía sentido antes: en su insistencia en que me sumara al asalto a Tairn, en las incisiones de las que Willa me había sacado sangre, en el interés inusual de Nura en mí, en el examen tan raro que me habían hecho...

Pero me negué a que me cambiara el gesto.

—¿Para qué, entonces?

Nura y Zeryth se miraron. A Zeryth se le borró la sonrisa de los ojos, aunque siguiera adherida a sus labios.

—Para que empuñes un arma —respondió Nura.

Y cuando Zeryth se giró de nuevo hacia mí, aquella sonrisa había vuelto con todo su esplendor deslumbrante, con destellos de luz en los dientes.

—Para que seas un arma —la corrigió—. Lo bastante poderosa como para salvar a nuestra nación y a la tuya.

Me limité a parpadear.

Tenía muchísimas preguntas, pero me bailaban delante de la cara en semejante revoltijo que me veía incapaz de entresacar una.

—¿Qué clase de arma? —decidí preguntar al final.

—Es una forma de magia pura —contestó ella—. Es muchas veces más poderosa que cualquier poder natural de cualquier mago de Ara o de otro lugar. Rivaliza incluso con el poder de los extintos fey.

—Lo bastante poderosa como para poner fin a una guerra antes de que empiece siquiera —añadió Zeryth—. Sin ella, la Gran Guerra Ryvenai habría durado mucho más y habría sido mucho más sangrienta.

—¿Que sea un arma? —repetí.

Seguro que lo había entendido mal...

—Sí, formará parte de ti —me dijo con toda naturalidad, como si estuviéramos hablando del tiempo—. Igual que te corre la magia por las venas, pero... más.

«Ah, ¿y ya está?».

—¿Para siempre?

—No, se puede retirar, y se retirará.

—¿Y por qué tengo que ser yo?

No lo entendía. ¿Por qué iban a confiarme algo supuestamente tan poderoso? ¿Por qué iban a querer que una forastera fragmentada pusiera fin a su guerra?

Nura se revolvió en el asiento y luego se levantó, como si no pudiera evitarlo, y cruzó los brazos.

—Es muy... selectiva con sus anfitriones.

¿Selectiva? ¿Anfitriones?

—Habláis de ella como si fuera una persona.

—Toda magia elige a su mago, en cierto sentido —dijo Zeryth con desenfado, y su respuesta me pareció deliberadamente esquiva.

—Pero, si ya se ha usado antes, ¿por qué necesitáis otro mago?

Nura había vuelto a pasearse nerviosa.

—Nuestro último anfitrión ya no está dispuesto a colaborar.

Por la forma en que lo dijo...

«Sin ella, la Gran Guerra Ryvenai habría durado mucho más y habría sido mucho más sangrienta».

Tenía ante mí un rompecabezas. Empecé a colocar las piezas mentalmente y, poco a poco, fueron encajando.

«Maxantarius Farlione es prácticamente el único responsable del final de la Gran Guerra Ryvenai».

Miré enseguida a Nura.

«Te ofrezcan lo que te ofrezcan, te den lo que te den, te pidan lo que te pidan, tú di que no».

—Max —murmuré—. Era Max.

Nura agachó la cabeza un poquitín.

—Sí. El único.

Se me heló la sangre.

—Te daremos un entrenamiento específico —dijo Zeryth—, pero lo más importante es que esto te otorgará poder más que suficiente para alcanzar tus objetivos en Threll, de sobra para liberar a tus amigos y a quien quieras.

Aunque no fuera así, viajarás con refuerzos.

Todo ello a cambio de tu servicio en nuestro conflicto, claro.

—Pero no lo entiendo...

—Creo que lo más importante que debes entender, Tisaanah, es que te estoy ofreciendo todo eso por lo que tanto has luchado —dijo mientras se recostaba en el asiento—. ¿Qué más quieres?

En cierto sentido, tenía razón: respaldo, poder, recursos, todo lo que había ido a buscar allí.

Cerré los ojos, inspiré hondo.

Las palabras de Max me resonaban en los oídos: «Aunque te den todo lo que quieras, di que no. Prométemelo».

Me pregunté si aún estaría fuera. Me imaginé levantándome, saliendo a grandes zancadas de aquel despacho, abrazándolo a la entrada de las torres, diciéndole que me equivocaba, subiéndonos a un barco por nuestra cuenta.

«Di que no».

Al abrir los ojos, vi que Zeryth me miraba expectante, y abrí la boca para hablar.

«Di que no».

—Quiero un pacto de sangre.

Y al pronunciar aquellas palabras, mi fantasía se desintegró como cenizas esparcidas al viento.

El archicomandante enarcó las cejas y soltó una carcajada.

—¿Un pacto de sangre? —repitió incrédulo—. ¿Quién te ha hablado a ti de los pactos de sangre?

—Sabes de sobra quién le ha hablado de los pactos de sangre —espetó Nura, a la que aquello no le parecía tan divertido.

—¡Por todos los Ascendidos! —exclamó Zeryth, meneando la cabeza, con una sonrisa risueña en los labios—. Ese hombre es de lo más macabro.

Me obligué a hablar con calma y seguridad en mí misma, como cuando, a los doce años, había intentado comprar mi libertad por cincuenta míseras monedas de plata. Me sentía de pronto como aquella niña, aunque jamás fuera a permitir que se me notara.

—Prefiero ser macabra a traicionada —repliqué con frialdad—. Si hago esto por vosotros, quiero que las condiciones queden claras y asegurarme de que se van a cumplir.

Zeryth se recostó en el asiento y me miró divertidísimo.

Acto seguido abrió un cajón de su escritorio, metió la mano una vez y sacó un papel de color crema; luego sacó una pluma plateada y, por último, extrajo una daga curva, cuyo filo refulgió, al desenvainarla, con la luz que entraba a chorro por los ventanales, y la dejó con cuidado en la mesa.

—Muy bien, Tisaanah —me dijo con aquel brillo en los ojos mientras se remangaba la camisa de seda—. Hagamos un pacto.