Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 35
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Cuando me desperté a la mañana siguiente, demasiado temprano después de haber dormido a trompicones, Max ya se había levantado.

Estaba sentado a la mesa del comedor con una carta en la mano. Me la pasó en silencio. «Tisaanah», ponía en el frente, con una caligrafía perfecta.

Agradeciendo la distracción, la abrí.

Tisaanah:

Fue un placer verte en las celebraciones de anoche. Desde luego, causaste impresión. Parece que a muchos de los invitados les ha asaltado un interés súbito por las causas humanitarias de Threll. Curiosa coincidencia, ¿no?

Pero, por desgracia, no es ese el motivo de esta misiva. Quería hablar de tus pruebas contigo. Los resultados suelen enviarse por carta y no estarán disponibles hasta dentro de una o dos semanas. No obstante, preferiría entregarte los tuyos en persona.

Por favor, ven a la Torre de la Medianoche al mediodía. Mis secretarios estarán aguardando tu llegada, a solas.

Tenemos mucho de que hablar.

Z.

La leí y se la pasé por encima de la mesa a Max, que la leyó también.

—Parece que me toca volver a la capital —dije.

—Parece que nos toca —replicó Max.

Nos miramos y se desató entre los dos una curiosidad angustiosa.

Traté de convencerme de que no estaba nerviosa.

Traté de convencerme de que no estaba nerviosa mientras repasaba mentalmente aquella carta, mientras valoraba los posibles resultados, mientras me toqueteaba las uñas, viendo cómo las torres iban surgiendo ante mí.

Max y yo sabíamos perfectamente qué quería decir aquel «a solas» —«no vengas con Max»—, pero como de todas formas yo no confiaba en mi aptitud para trasladarme a la ciudad mediante un estratagrama, él me llevaría a las torres antes de la reunión. Y yo agradecía su compañía.

—Igual han cambiado de opinión —dije, en un tono tímidamente esperanzado—. Respecto a lo de mandarme a Threll con ayuda.

—Igual.

Oí lo que Max no estaba diciendo en voz alta: que parecía demasiado fácil.

Y, aunque habría preferido no estar de acuerdo con él, en el fondo pensaba lo mismo.

La noche anterior había llamado mucho la atención, sí, pero seguía pareciéndome solo un primer paso de una lucha mayor, no una victoria en sí misma.

Fruncí el ceño, pensativa, recordando la velada.

—Puede que haya algo más.

—¿A qué te refieres?

Me rondaba la cabeza una frase, una cosa que me había dicho Zeryth mientras bailábamos, y que me había hecho albergar una pizca de esperanza.

—Anoche, Zeryth me dijo que tenía que ponerme a prueba y que la había superado. Pensé que se refería al examen, pero a lo mejor era por otra cosa.

Un segundo de silencio.

—Ponerte a prueba —repitió Max en voz baja, extraña.

—Sí. —Empecé a subir la escalinata de acceso a las torres, absorta en mis pensamientos—. Igual por lo que pedí han...

—¿Te dijo que tenía que ponerte a prueba?

—Sí. ¿Qué...?

Un tirón del brazo interrumpió mis pensamientos. Me volví, y solo mirar a Max bastó para que no terminara la pregunta. En cuestión de segundos, se había quedado pálido. Sentí una punzada de pánico en la garganta.

—¿Qué pasa? —No contestó. Se limitó a mirarme—. Max...

—Te dijo que tenía que ponerte a prueba —repitió.

Asentí confundida y él se quedó allí sin soltarme la muñeca, con la frente arrugada, los labios apretados, como si acabara de caer en la cuenta de algo terrible.

—¿Qué pasa, Max? —insistí.

Pero él volvió a mirarme, con los ojos muy abiertos, penetrantes.

—No vayas, Tisaanah.

Lo dijo tan rápido que las palabras se mezclaron en un solo sonido difuso y desesperado. Ni siquiera me quedó claro si lo había oído bien.

—¿Qué?

—Que no vayas a las torres, a la reunión. No vayas.

—Es que... —Su cara de pánico absoluto me hizo polvo—. Tengo que ir.

Negó con la cabeza, rotundamente.

—No, no tienes que ir. No «tienes que» hacer nada.

—Pero... —Estaba confundida. Aquello era lo que tanto me había esforzado por conseguir, ¿no?—. No lo entiendo.

—Escúchame —me dijo, apretándome la muñeca.

Se acercó un poco más y me miró con una intensidad desesperada—.

Te ofrezcan lo que te ofrezcan, te den lo que te den, te pidan lo que te pidan, tú di que no, ¿de acuerdo?

Aunque te digan que mandan un ejército a Threll hoy mismo.

Aunque te den todo lo que quieras, di que no.

¡Le temblaba la voz!

Abrí la boca, pero las palabras no salieron enseguida.

—¿Porque no van a cumplir sus promesas?

Soltó un sonido que casi parecía una carcajada, pero más fea, más bronca.

—No va de eso, Tisaanah. Nada de esto va de eso.

Abrí la boca otra vez y la cerré.

—Entonces, ¿de qué va? —dije al final.

Max me miró en silencio, apretando la mandíbula.

Claro, ¿qué otra cosa podía esperar?

—No me lo vas a decir.

—No puedo.

Una frustración amarga me recorrió de arriba abajo. Seguramente entendía el peso de lo que me estaba pidiendo que hiciera, o más bien que no hiciera, y, aun así, ahí estaba, ¿guardando sus secretos?

—No es justo —dije en voz baja—. Sé que odias las Órdenes, pero...

—Yo te acompaño —me soltó de sopetón—. Podemos ir a Threll hoy.

No necesitamos al Ejército. Podríamos hacerlo tú y yo solos.

Ya encontraremos la forma. —Sus palabras se me colaron dentro y me aporrearon el corazón con una contundencia que me dejó sin habla un instante—.

Es en serio, Tisaanah, de verdad. Ahora mismo.

Podemos ir ahora mismo —insistió, levantando la mano para señalar el mar.

Pero sus ojos no abandonaban los míos, y yo me ahogaba en aquel hilo que conectaba nuestras miradas.

—Si las Órdenes me ofrecen apoyo, lo necesito —respondí con aspereza—. No tengo nada más.

—Me tienes a mí —contestó sin dudarlo, sin pausa, acercándose.

Se me encogió el pecho. Quería deshacerle la arruga de desesperación del entrecejo, calmarle el músculo que le vibraba en el cuello y delataba la intensidad de su angustia.

Quería aceptar el beso que me había perdido la noche anterior.

Pero, sobre todo, más que nada, ¡que nada! , quería decirle que sí.

Pero aquello no iba de mí.

Y eso lo sabía él también. Yo lo notaba en la angustia de su rostro: que los dos entendíamos que lo que me proponía era una fantasía, que los dos solos jamás podríamos lograr lo que yo quería hacer, ¡necesitaba hacer!

Le cogí una mano.

—Tienes que decirme por qué.

Y con eso quise decir: «Dame una razón, la que sea, para aceptar tu propuesta».

Esbozó una sonrisa.

—¿Confías en mí?

¡Por los dioses que sí! Más que en nadie.

—Confío en que intentas protegerme por encima de todo lo demás.

Se ofendió un poco, lo vi en su cara.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Que estoy dispuesta a hacer sacrificios que tú no —contesté con tranquilidad.

Me apretó la mano. Apenas respiraba, apenas parpadeaba.

—Tu amigo podría estar muerto, Tisaanah —murmuró, y me pareció que le dolía tanto decirlo como a mí oírlo—. ¿Y si es así? Igual vas allí y ya no está.

Solo de oír mi mayor temor condensado en unas palabras se me hizo un nudo en la garganta.

—Lo sé.

Y lo sabía. Sabía que era improbable que Serel hubiera sobrevivido. Sabía lo frágil que era su carne, lo fácil que iba a ser que un esclavo joven muriera por la crueldad, la maldad o el simple descuido de los señores de Threll.

—Pero esto no es solo por él —susurré—. Son muchísimos.

Porque, a fin de cuentas, otros habían hecho ya sacrificios terribles por mí.

¿Cómo no iba a compensarlos? ¿Cómo iba a negarme a hacer lo que fuera por devolverles el favor?

Ese era mi destino. Aunque aquella parte de mí que subyacía a todo aquello, la que, pegada a la pared, se había ahogado la noche anterior en la sensación del aliento de Max, no quisiera nada más que lo que tenía delante.

Nos miramos un buen rato.

—Tisaanah, ¡por favor! —me dijo por fin—. Prométemelo.

Me zafé de su mano y le cogí la cara con las mías. Me bebí sus rasgos. Luego acerqué su rostro al mío y lo besé en la frente. Inhalé despacio su aroma a cenizas y lilas, saboreándolo, y, al exhalarlo, le susurré contra la piel:

—Te prometo que no me va a pasar nada.

Le di la espalda antes de que pudiera decirme nada más y, sin mirar atrás, subí la escalinata que conducía a la entrada de la torre. Hasta que no abrí aquellas puertas pesadas, no me volví para lanzarle una última mirada. Lo vi allí de pie, viéndome marchar.

Me despedí con la mano, pero no me correspondió. Y, al agarrar con manos temblorosas el pomo de la puerta para cerrarla a mi espalda, me pregunté si habría cometido el mayor error de mi vida.