Hija de ningún mundo (La guerra de los corazones perdidos 1) 34 #2
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—Confieso, Tisaanah, que ha merecido la pena afrontar mi primer evento de las Órdenes en los últimos casi diez años solo por ver la cara que han puesto cuando has terminado con ellos.

—No he terminado con ellos. Apenas he empezado.

Me había pasado la noche cortándome en pedacitos para su consumo, obligando a la gente a reparar en mí, restregándole mi dolor por la cara, y tenía la sensación de haberme... agotado por dentro. ¿Y para qué? ¿Para ver sus miradas de espanto? ¿Con eso me bastaba?

«No es suficiente. Nunca es suficiente».

—El primer paso es obligarlos a hacer frente a la realidad —dijo Max, como si hubiera oído las dudas que me rondaban la cabeza—. A la gente le cuesta hacer eso, pero esta noche ha ocurrido, lo he notado. Hasta a Zeryth, y eso que suele tener la cabeza tan metida en su propio culo que no ve nada.

—Pero debo decidir qué hacer a continuación.

—Y lo harás. Sabes que no te lo diría si no lo creyera de verdad.

Max lo creía, yo sabía que era así. Y, por razones que no alcanzo a comprender, no le sostuve la mirada lo suficiente para que lo viera todo, en toda su hondura. En su lugar, le dediqué una sonrisa desganada.

—Ahora mismo lo que necesito es quitarme este vestido.

En cuanto pronuncié esas palabras, noté que mi propia frase me acaloraba y me pregunté si el oportuno parpadeo extra de Max y su discreto cambio de postura eran imaginaciones mías.

—Comprensible —se limitó a decir, en cambio—. Descansa un poco.

—Buenas noches.

Volví a mi cuarto y cerré la puerta. Me quité los incómodos zapatos y me llevé las manos a la espalda para soltarme los broches del vestido...

y solté un gruñido de dolor. Unos pelos que se me habían soltado del moño durante la velada se habían enredado en el cierre de la nuca.

Me peleé con él unos minutos más y luego, temiendo hacerme sangre, me rendí con un gesto de frustración y volví furiosa al salón.

—Se me ha enganchado.

Max soltó el libro que estaba leyendo.

—Se te ha enganchado.

—Sí, el pelo al vestido... —contesté, señalándome el cuello—. ¿Me... me ayudas...?

Se quedó allí pasmado, más de la cuenta. Y en ese tiempo se me pasó una imagen por la cabeza: sus manos y mi piel, la seda roja en el suelo... Meneé la cabeza para deshacerme de ella. «¡Por todos los dioses, Tisaanah, contrólate!».

—Pues vas a tener que ponerte a la cola de todas las demás mujeres que quieren que las desnude —contestó.

Puse los ojos en blanco, me di la vuelta y me levanté el pelo.

—¿No me he ganado el primer puesto?

Una risa por lo bajo.

—Supongo que eso es innegable.

Lo oí acercarse y, de pronto, tenía sus manos en la nuca. Sentí un hormigueo en el cuero cabelludo mientras suavemente, muy suavemente, me soltaba el pelo del cierre y me alisaba los mechones sueltos contra el cuello.

Parpadeé.

—Sujétate el pelo más arriba —me dijo con una voz un poco ronca.

Obedecí y se puso manos a la obra, convirtiendo la tensión en concentración absoluta.

—¡Por los Ascendidos! Pero ¿qué has hecho? Lo tienes todo enredado...

— ¡ Ayyy !

—Perdona, perdona, es que tengo que sacártelo de esta parte y... ¡La madre que...! Tienes un hilo suelto enredado aquí también. ¿Quién te ha cosido esta cosa?

—¡Tuve que hacer unos arreglos! —dije a la defensiva—. Y no soy muy buena... persona que cose.

—Costurera. Se dice «costurera». Aguanta, que tengo que...

Yo no estaba preparada para todas las sensaciones que me recorrieron por dentro a la vez cuando su aliento me calentó la nuca, su boca tan cerca de mi piel que notaba el roce de sus labios.

Inspiré hondo.

El doloroso tirón de pelo desapareció.

Había roto el nudo con los dientes, entendí.

—Perdona —susurró—, lo he tenido que cortar.

Me solté el pelo y me agarré enseguida el vestido.

—¿Me desabrochas el de abajo también? —dije con un hilo de voz.

Llevó los dedos a mi espalda, al delicado broche dorado que tenía entre los omóplatos.

—¿Este?

—Sí.

Obedeció, pero dejó las manos allí y, con el pulgar, me dibujó un círculo suave que me produjo un escalofrío de la punta de los pies a la entrepierna.

—Te estaba pellizcando la piel. Tienes una marca roja.

Reí sin ganas, entrecortadamente.

—Seguro que queda de maravilla entre las cicatrices de mis otras batallas.

Volvió a pasarme el pulgar por la marca, luego dijo con una risa ronca:

—Si lo de esta noche ha sido una batalla, Tisaanah, has salido victoriosa. —Se me cortó la respiración—. Has sido despiadada.

Lo dijo casi en un susurro cargado de una especie de adoración, como si no supiera que estaba hablando en alto. Y se quedó allí, rozándome la espalda con los nudillos, como si de alguna forma extraña nos hubiéramos quedado atrapados en el tiempo.

Se me cerraron los ojos sin mi permiso. Confié en que no notase lo que me costaba respirar, ni que se me había puesto la carne de gallina.

No era ajena a las caricias. Eran una herramienta profesional, una de las armas que podía blandir para mantenerme con vida.

Antes siempre habían sido una exigencia, una orden, un medio para llegar a un fin.

Pero aquellas no. Aquellas eran un murmullo que me traspasaba las cicatrices de la espalda y que iba más allá de todas aquellas ofensas terribles, algo que existía solo en el aquí y el ahora, que no pedía nada a cambio.

¿Cuánto hacía que no me tocaban de ese modo, con un afecto desinteresado?

Mi cuerpo no sabía qué hacer, salvo rendirse, pedir más. ¡Y por los dioses que quería más!

Noté que se apartaba.

—No —le susurré sin apenas darme cuenta.

Un silencio. Noté de nuevo su aliento en la nuca, en la curva de la oreja.

—No, ¿qué?

«No pares. No pares nunca».

Volví la cara. Tenía la suya tan cerca que casi me rozó la mejilla con la nariz.

El espacio que había entre los dos vibraba de tal forma que todo mi mundo se redujo a aquella escasa distancia en la que nuestro aliento se fundía.

Me miraba fijamente, con los ojos penetrantes, concentrado, y sin embargo...

Sin embargo, lo conocía lo bastante bien para verlo.

Para ver que estaba tan aterrado como yo.

Me había pasado la vida suplicando que me miraran. «Mírame», ronroneaba a los hombres para los que bailaba. «Mírame», le había exigido a Esmaris en su último aliento. «Mírame», le ordenaba a todo el que me escudriñara la espalda maltrecha.

A todos y cada uno de ellos les enseñaba pedazos tan fragmentados como yo misma, trocitos bien escogidos de un todo.

Pero era allí, en la mirada de Max, donde se me veía entera, donde estaban todas las partes de mi ser, por dispares que fueran. Y nada me había inundado jamás de un pánico tan dulce y angustioso.

Miré su boca y me pregunté cómo sería mostrarle otra vulnerabilidad, otra verdad, permitirme ese anhelo.

«No, ¿qué?».

«No dejes de tocarme, de verme, de necesitarme».

Pero me obligué a sonreír de nuevo con desenfado.

—Que no me halagues —le solté—. No te pega.

Y entonces, de repente, se había ido. Se apartó tan bruscamente que me quedé allí plantada ante una ausencia súbita e inmensa.

—Deberías dormir un poco —me dijo demasiado rápido, y, mientras asentía con la cabeza, junté las manos para que no viera cómo me temblaban.

—Buenas noches, Max —murmuré.

—Buenas noches, Tisaanah.

Y sentí que no dejaba de mirarme mientras enfilaba el pasillo. Seguía allí de pie, inmóvil, cuando cerré la puerta de mi cuarto.

Esa noche soñé que llamaban a mi puerta.

Soñé con el calor abrasador de una piel, con unos labios que me besaban el cuello, los pechos, la cara interna de los muslos, con un dolor abrumador en la entrepierna, con el desgarro frenético de la ropa.

Soñé con unos ojos azules que conocía bien, cargados de deseo, con una voz que había oído muchas veces, de pronto entrecortada y desesperada, gimiéndome en la boca.

Soñé con el deseo húmedo que me consumía, me perdía, me destrozaba, con el sabor de su sudor, salado, metálico y...

Metálico y...

En un instante desapareció todo.

Soñé con un mundo de pronto frío, salvo por la quemazón de la sangre que me impregnaba, el fuego de aquellos besos de despedida, manchas escarlata dejadas por todas las personas a las que había abandonado.

En la frente, en la mejilla y en montones de sitios más, en centenares, por todos los lugares de mi cuerpo que los labios de Max habían recorrido.

El deseo se transformó en un miedo terrible.

Grité su nombre.

Pero él ya se había ido.